Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 16
43%

Capítulo 16

El móvil de Julia vibró en el bolsillo del pantalón justo cuando estaba inspeccionando el intestino delgado de un hombre de ochenta y tres años.

La familia había insistido en una autopsia.

Por lo visto, unos y otros andaban a la greña por la herencia y querían descartar que el cabeza de familia hubiera tenido una muerte no natural.

Inconcebible que los parientes se acusaran de asesinato unos a otros.

Julia dejó que las asas intestinales se deslizaran de vuelta a la bandeja de acero inoxidable, se quitó un guante y sacó el teléfono.

—Schwarz —contestó sin mirar la pantalla.

—Necesito tu ayuda —oyó decir a Florian—. Alina Petrowa solo está dispuesta a que la interrogues tú. Por lo visto, la idea se la ha metido en la cabeza su abogado. No me preguntes por qué. Puede que tenga que ver con su situación de residencia. Tú no eres policía y ella cree que puede fiarse de ti.

Julia le echó un vistazo al muerto. Casi había terminado la autopsia, pero Lenja no estaba, así que no podía salir corriendo sin más.

—Espera un momento. Ahora te llamo —le pidió a Florian y salió de la sala de autopsias en busca del doctor Neumann.

Si no recordaba mal, estaba practicando otra autopsia al mismo tiempo en la sala contigua.

Empujó las pesadas puertas y vio a su colega, que en ese momento extendía un lienzo sobre el cadáver de la mesa.

—Doctor Neumann, ¿podría hacerme un gran favor y terminarme una autopsia? Tengo que ayudar a la policía judicial en un asunto urgente. —Julia le explicó en qué punto estaba.

El doctor Neumann asintió.

—Con mucho gusto. Por cierto… —Se acercó a ella y bajó la voz—. ¿Cómo está Lenja Nielsen? Esta mañana ha salido corriendo del edificio llorando. Le he ofrecido mi ayuda, pero ni siquiera ha reparado en mí. Espero que no se haya muerto nadie de la familia.

—No, no. No es nada tan grave, pero ha tenido un disgusto en su vida privada. La he mandado a casa.

El doctor Neumann la miró con curiosidad. Julia ya se temía que fuera a preguntarle de qué se trataba exactamente.

—Entiendo. Por supuesto, quedará entre nosotros —se limitó a decir.

—Gracias. —Julia se sintió aliviada. Esperó a que se llevaran el cadáver de la sala del doctor Neumann y después lo acompañó hasta la sala donde ella estaba practicando su autopsia. Su colega no se lo pensó dos veces y se hizo cargo del trabajo mientras Julia recogía sus cosas.

—Gracias por su ayuda —se despidió y salió del instituto.

Por el camino avisó a Florian, y un cuarto de hora después llegó a la comisaría. Florian le dio un beso fugaz en la mejilla.

—Alina Petrowa espera en la sala de interrogatorios cinco.

Ha entrado sin su abogado, el pijo rubio, el mismo que representa a Burakow.

Pregúntale qué hizo en las pausas de la grabación y si Pavlo Burakow estuvo todo el tiempo con ella.

A lo mejor se enreda en contradicciones.

Y enséñale, por favor, una foto de Nils Deuss.

Quiero ver qué cara pone y si conoce al hombre.

—Florian le puso en las manos su cuaderno de notas y un bolígrafo—.

Martin y yo estaremos detrás del espejo.

Si quieres interrumpir, basta con que digas que necesitas una pausa.

Julia asintió. Había asistido ya a muchos interrogatorios, pero siempre junto a Florian o Martin Saathoff. Así, completamente sola, se sentía un poco cogida por sorpresa. Aun así, no dejó que se le notara y abrió la puerta.

Alina Petrowa, una mujer menuda y delicada, con una melena increíblemente larga, estaba sentada muy erguida en la silla y volvió la cabeza hacia Julia cuando entró.

—¿Es usted la doctora Schwarz? —preguntó y le tendió la mano derecha.

—La misma. El inspector Florian Kessler me ha dicho que usted prefiere hablar conmigo y no con la policía.

—Así es. Pavlo la vio a usted en el recinto de contenedores.

Dijo que era médica y que seguro que no tenía intención de causarme problemas.

—Alina Petrowa hablaba con un marcado acento ruso.

Parecía segura de sí misma y, aun así, en la frente se le formaba una fina película de sudor.

Mantenía las manos escondidas bajo la mesa.

Por el movimiento de los hombros se notaba que se estrujaba los dedos.

Aquella mujer estaba tan delgada que tenía la cara hundida y la barbilla muy marcada.

Julia prefería no imaginar en qué condiciones tan duras debía de vivir.

—¿Puede contarme qué hizo aquella noche en el recinto de contenedores? Me interesan sobre todo las pausas de la grabación.

—Grabamos un porno. Claro que hicimos algunas pausas, es lo normal.

—¿Y dónde estaba Pavlo Burakow en esos ratos? ¿Estuvieron juntos?

Alina Petrowa levantó la vista al techo e hizo memoria. Puso las manos sobre la mesa y fue estirando los dedos uno tras otro. Por lo visto, estaba contando.

—Creo que fueron cuatro o cinco pausas. En las dos primeras, Pavlo estuvo conmigo, pero luego le entraron muchas ganas de mear. En la siguiente interrupción salió un momento a tomar el aire. Ya sabe cómo son los hombres… él… ¿cómo decirlo? Esa noche no estaba muy en forma.

—Entiendo —dijo Julia y tomó nota. Fue más bien un gesto para salir del paso, porque sabía que Florian y su compañero seguían la conversación y grababan cada palabra. Sencillamente, todavía no se había metido en el papel. Pero entonces se le ocurrió la siguiente pregunta.

—¿Y por qué no fueron juntos al recinto de contenedores? Según tengo entendido, Pavlo Burakow llegó una hora antes que usted.

—Él se encargó de los preparativos. Yo todavía tenía que ducharme y arreglarme para la grabación.

—¿Y qué preparó exactamente? —Julia frunció el ceño—. Al fin y al cabo, él no tenía coche. Usted llegó más tarde con el coche.

—Es verdad. Todo el material lo habíamos llevado al contenedor al mediodía.

La policía puede comprobarlo fácilmente.

Solo tienen que mirar las imágenes de la cámara de seguridad.

Pero no montamos nada. Pavlo se adelantó y colocó las cámaras.

Siempre rodamos desde varios ángulos y, como no tenemos operador de cámara, hay que dejarlo todo bien colocado de antemano.

—Ya veo —murmuró Julia—. ¿Y cuánto tiempo estuvo usted sola en esas pausas?

—Uf… vaya preguntas. No se lo puedo decir con exactitud. ¿Diez minutos, veinte quizá?

Tiempo suficiente para reducir a alguien e inyectarle una sobredosis de insulina, pensó Julia.

Aunque no para esperar a que muriera, amputarle las orejas y coserle después dos ajenas.

Julia reflexionó. Cabía la posibilidad, claro, de que Burakow hubiera rematado su obra a lo largo de varias pausas.

Su víctima estaba sedada e indefensa. No hacía falta que se quedara al lado esperando a que el corazón se parara.

Podría haber puesto la dosis letal y vuelto a la grabación del porno sin que Alina Petrowa se enterara de nada.

¿O habrían actuado los dos juntos? Oportunidad, desde luego, no les había faltado.

—¿Había trabajado ya otras veces en ese recinto de contenedores?

—La verdad es que no. Creo que en las últimas semanas estuvimos allí tres veces en total. Siempre con un tema distinto, claro.

Julia miró a Petrowa con gesto interrogante.

En el fondo no quería saber la respuesta.

No quería ni imaginarse a una mujer entregándose a un hombre por dinero o por coacción.

Para Julia, aquello pertenecía a épocas oscuras, y esperaba que algún día desapareciera del todo de un mundo libre e igualitario.

—Hay de todo: desde sexo tierno con una virgen hasta sexo duro en el contenedor de la dominatrix. Procuramos variar —explicó Petrowa.

Julia no respondió. Carraspeó y buscó en el cuaderno de notas la siguiente pregunta. Por suerte, le llamó la atención la foto de Nils Deuss que Florian había metido entre las páginas. La sacó.

—¿Conoce usted a este hombre?

Alina Petrowa contempló la foto un buen rato. Al final negó con la cabeza.

—A ese tipo no lo he visto en mi vida.

—¿Está segura? —A Julia le pareció percibir un destello en los ojos de Petrowa.

—Completamente segura.

—Entonces, por ahora no tengo más preguntas. —Julia se levantó y evitó mirar hacia el espejo. Alina Petrowa se puso también en pie y pasó muy pegada a Julia al cruzar la puerta. Al hacerlo, le rozó apenas la mano libre.

—Gracias por hablar conmigo. Quizá volvamos a hablar pronto.

—En los ojos de Petrowa había una expresión extraña.

Julia asintió, desconcertada. La rusa le había puesto algo en la mano.

Una nota. Julia cerró el puño y acompañó a aquella mujer menuda por el pasillo.

La puerta de la sala contigua se abrió y salieron Florian y Martin Saathoff.

A Julia le habría gustado entregarles la nota, pero sabía que aquel mensaje era solo para ella.

Al final del pasillo los esperaba una agente.

—Yo llevaré a la señora Petrowa de vuelta con su abogado. Está abajo, en el vestíbulo.

—Adiós, señora Schwarz —dijo Alina Petrowa y le sostuvo la mirada a Julia.

Julia asintió y se despidió. Alina Petrowa se alejó junto a la agente por la moqueta gris hasta una puerta cortafuegos, y las dos desaparecieron tras ella. Julia miró a Florian y señaló el aseo, a unos metros. Entró y desdobló la nota con curiosidad.

«A las diez en el cine. Sola. Película: Batman. Fila 17, asiento 12, última fila a la izquierda. ¡No hable con nadie! Alina».

Julia leyó el mensaje dos veces. En el reverso venían la dirección y el nombre del cine.

Julia lo conocía. Estaba en el norte de Colonia.

El corazón le latía tan deprisa que le zumbaban los oídos.

Todo el tiempo había tenido la sensación de que Alina Petrowa callaba algo, y ahora parecía confirmarse.

Pero ¿cómo iba a reunirse con la rusa sin contárselo a Florian?

Era imposible ocultárselo. Por otro lado, Florian jamás la dejaría ir sola a ese cine, y entonces nunca sabrían qué quería contarle Alina Petrowa.

Quizá había visto al asesino. Habían robado veinte piezas anatómicas.

Tenían que impedir más asesinatos a toda costa.

Julia se quitó las gafas, pensativa, y sopesó los pros y los contras de sus opciones.

Vistas las cosas con objetividad, no tenía sentido dejar al margen a la policía.

Ella no era investigadora, por mucho que colaborase a menudo.

No podía poner en peligro la investigación, y eso era lo que haría si no informaba a Florian.

Volvió a doblar la nota y salió al pasillo.

—Tengo que enseñarte una cosa —le dijo a Florian, que la estaba esperando. Julia se aseguró de que nadie los oyera y tiró de él para apartarlo un poco—. Esto es absolutamente confidencial —susurró y le entregó la nota.

Florian leyó el mensaje y, al terminar, se le marcó una arruga profunda en el entrecejo.

—Sabes que no voy a dejarte ir sola a esa cita bajo ningún concepto.

—Contaba con ello —dijo Julia con un suspiro—. Pero si repasas todas las posibilidades y sopesas los pros y los contras, verás que no nos queda otra. —Le quitó la nota de las manos y le hizo un gesto para que la acompañara.

—¿Adónde vas? —preguntó Florian, sorprendido.

—A hacer preparativos —respondió Julia y no volvió la vista atrás.