Capítulo 15
Jana Petersmann había sido una mujer extraordinariamente atractiva; en eso Florian tenía que darle la razón a su compañero.
Contempló una gran ampliación suya colgada en la pared, junto a la cama de su habitación.
Normalmente, al inspeccionar un piso, habría esperado encontrar fotos de viajes o cuadros de algún artista.
Con veintiséis años, Jana Petersmann probablemente ya era demasiado mayor para pósteres de estrellas del pop.
Pero aquellas fotos suyas hacían pensar en una persona bastante pagada de sí misma.
Entretanto, la policía científica había puesto la habitación patas arriba.
Además, habían recabado datos muy interesantes sobre la primera víctima.
Jana Petersmann había trabajado para una agencia de chicas de compañía que había montado con sus compañeras de piso.
Para Florian se trataba más bien de prostitutas, porque la oferta de la página web no dejaba lugar a dudas.
Pero Carina Muehlheim, la compañera de piso de Jana, insistía en que lo suyo era, sobre todo, el servicio de acompañantes.
—¿Cuándo vio usted a Jana Petersmann por última vez? —preguntó Florian, apartándose de la foto gigante.
Carina Muehlheim, una rubia menuda y de aspecto frágil, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama de Jana Petersmann y se enrollaba un largo mechón de pelo en el dedo.
—Hace exactamente cuatro días. Ya me dio mala espina cuando volví a casa a la mañana siguiente y Jana no estaba. ¿Sabe? Antes éramos tres. Ivy murió hace unos meses. Una sobredosis. Y ahora lo de Jana. No me lo puedo creer.
Florian observó a Carina Muehlheim. No le pareció precisamente triste.
Por supuesto, no debía sacar conclusiones precipitadas.
Cada cual vivía el duelo a su manera. Pero el rostro de Muehlheim parecía impasible.
Quizá fuera por todo el bótox y demás rellenos que, por lo visto, se había inyectado.
Los labios le recordaban a una lancha hinchable.
Aquella cara artificial no le gustaba nada.
—¿Y dónde estuvo usted mientras tanto? Según nuestros forenses, Jana Petersmann murió hace tres noches.
—Estuve acompañando a un cliente. Fuimos a un concierto. Música clásica, y después a cenar a un restaurante elegante.
—¿Y luego? —preguntó Martin, apoyado en el marco de la puerta y garabateando en su bloc de notas—. ¿Qué hizo después de la cena?
Carina Muehlheim le lanzó a Martin una mirada hostil y se volvió otra vez hacia Florian, como si no hubiera oído la pregunta.
—Intimamos —susurró y le dedicó a Florian una sonrisa cómplice.
—¿A qué hora volvió a casa?
La sonrisa de Carina Muehlheim se ensanchó.
—No volví —explicó—. Es uno de mis clientes habituales. Siempre me quedo a pasar la noche con él.
Florian le pidió el nombre y la dirección para poder comprobar su declaración.
—Y es de suponer que Jana Petersmann también tenía un cliente antes de desaparecer. ¿Tiene usted acceso a su agenda?
—Claro. Puedo buscarle el nombre. Pero créame: Jana no tenía relaciones íntimas con los clientes. Compartíamos la página web, sí, pero a Jana le interesaban más, ¿cómo lo diría?, los encuentros de una sola vez. Quedaba con ellos en un hotel por horas.
—¿Qué me está insinuando? —Florian frunció el ceño—. ¿Que Jana Petersmann quedaba con sus clientes en un hotel por horas, sin sexo? ¿Y qué hacía entonces?
—No fue idea mía, sino de Ivy. —Carina Muehlheim puso los ojos en blanco—. De niña, Jana sufrió abusos de su tío. Apenas soportaba la cercanía de los hombres, ya me entiende. Por eso quedaba con ellos, tomaban algo y ella esperaba a que se durmieran.
—O sea, ¿que les echaba algo en la copa y luego los desplumaba? —Florian ya intuía adónde quería llegar Carina Muehlheim.
—Se lo cuento solo para que detengan a ese malnacido —dijo Muehlheim, asintiendo apenas—. Y ahora voy a mirar la agenda. —Se levantó y se fue con paso altivo a su habitación. Al poco regresó con un portátil.
—Todas usábamos una agenda común, por si en algún momento algo se torcía. Cada cita se anotaba con el nombre y el teléfono del cliente. —Abrió el portátil y pulsó unas cuantas teclas con las puntas de los dedos.
—Georg Findel fue su último cliente. Lo pescó por Tinder . Él lo quería normal.
Florian tragó saliva.
—¿Y qué significa eso de normal?
Carina Muehlheim se encogió de hombros.
—Pues eso, nada de fetiches ni rollos raros. Hay tipos que se corren chupándote los dedos de los pies. A Jana eso no le iba. Ella se buscaba tíos normalitos y les birlaba el dinero de la cartera.
—¿Jana Petersmann tenía problemas últimamente? ¿Se comportaba de un modo extraño?
—No. Estaba de duelo por Ivy. Eran íntimas amigas y se conocían desde hacía mucho. Yo no llegué hasta hace dos años.
—¿Tenía novio?
Carina Muehlheim miró a Florian como si viniera de otro planeta.
—No lo dirá en serio, ¿verdad? ¿Cómo iba a funcionar eso en nuestro negocio? Además, Jana no quería novio. A ella solo le interesaba la pasta.
—¿Y la familia? ¿Seguía en contacto con los suyos?
—No. Nunca hablaba de ellos. Todas hemos cortado con nuestros padres y hermanos. No era precisamente el mejor ambiente.
La dureza que le asomó a los ojos al decirlo era muy elocuente.
Florian prefería no saber qué le había pasado a aquella joven ni qué la había empujado a la prostitución.
Aun así, no podía dejarla allí sin más. Tenía toda la vida por delante, y Florian sabía a qué peligros se exponía a diario.
El asesinato de Jana Petersmann era el mejor ejemplo.
—Conozco a una trabajadora social muy agradable que puede ayudarla a buscar un piso nuevo.
Hasta ahora seguro que se repartían el alquiler.
Sola le va a costar pagarlo. —Florian se interrumpió: vio que Carina Muehlheim se cerraba en banda.
Necesitaría tiempo para superar la pérdida de su compañera de piso y adaptarse a la nueva situación.
Le puso su tarjeta de visita en la mano.
Luego salió del piso con Martin. De camino a la comisaría, sus pensamientos giraban en torno a los dos asesinatos, en los que nada acababa de encajar.
Orejas amputadas y manos amputadas. Una mujer muerta y un hombre muerto.
¿Por qué los había elegido el asesino? ¿Porque Jana Petersmann era una ladrona y Nils Deuss un maltratador?
La hipótesis parecía plausible. Florian pensó en todas las demás piezas anatómicas robadas del Instituto de Anatomía.
Solo de imaginarlo, una oleada de náuseas le subió desde el estómago vacío.
—¿No te parece raro que Jana Petersmann se prostituyera y que su cadáver lo encontrara precisamente un actor porno? —irrumpió Martin en sus pensamientos—. Quiero decir: a lo mejor él quería rodar una película con ella y ella se negó. La dejó inconsciente y luego la mató.
—Tiempo no les faltó aquella noche —convino Florian, deteniéndose ante un semáforo en rojo—.
Según el experto informático, Pavlo Burakow y Alina Petrowa hicieron muchas pausas durante la grabación.
—Florian apartó de su mente el recuerdo del material grabado.
Le había repugnado ver al calvo abalanzarse sobre aquella mujer menuda.
¡Sexo en sitios insólitos! ¿Por qué tenía que ser precisamente un contenedor de almacenaje medio destartalado?
Se preguntaba muy en serio quién veía por gusto vídeos como aquellos, sobre todo teniendo en cuenta que Pavlo Burakow era cualquier cosa menos un adonis.
—¿Cuánto tiempo nos queda para hablar con Alina Petrowa? —quiso saber y pisó el acelerador a fondo cuando el semáforo se puso en verde.
—Treinta minutos —respondió Martin—. Quizá deberíamos intentar retener a esos dos una noche en la comisaría. Seguro que tienen mucho que callar, ¿o tú qué opinas?
—Desde luego, tuvieron la oportunidad, y a la hora de la muerte estaban cerca del lugar del hallazgo. Lo que no acabo de ver es qué relación podían tener Burakow y Petrowa con Nils Deuss.
—Los técnicos siguen analizando el ordenador de Deuss.
A lo mejor resulta que se tragaba esos pornos —masculló Martin, mirando ceñudo por la ventanilla—.
Lo único que no me cuadra de ese Burakow son esas malditas inyecciones de insulina.
Me parece demasiado complicado. Ese calvo no tiene pinta de andarse con sutilezas.
Yo me lo imagino más bien con un cuchillo o con otra arma.
Y además está el asunto de conseguir la insulina.
En el mercado negro no es problema, vale, pero un cuchillo lo compras en cualquier supermercado.
También en eso Florian tuvo que darle la razón a su compañero.
Todavía estaban muy al principio de la investigación.
No solo tenían que hablar con Alina Petrowa, sino también con el amigo de Nils Deuss.
Al fin y al cabo, este le había prestado dinero y no lo había recuperado.
Con eso, Joerg Kannen ya tenía un motivo.
Y tampoco podían descartar que Nicole Deuss desempeñara algún papel en los asesinatos.
Su marido la había mandado al hospital a palizas más de una vez.
A pesar de su declaración, a Florian no le extrañaría que hubiera buscado la manera de librarse de él.
Florian aparcó el coche delante de la comisaría. Antes incluso de llegar a su despacho, les salió al paso una compañera alterada.
—No traigo buenas noticias —soltó atropelladamente—. Alina Petrowa se niega a hablar con nosotros.
—Pero ¿entonces para qué ha venido? —preguntó Florian, atónito. Aquella mujer era, como mínimo, una testigo importante. Necesitaban su declaración.
—Dice que solo habla con una mujer —continuó la agente—. Pero conmigo tampoco quiere hablar. Quiere a esa forense. Solo va a hablar con Julia Schwarz.