Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 13
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Capítulo 13

Dos años antes

Anne sentía la indiferencia que le daban las pastillas.

El efecto no duraría demasiado, porque había insistido en una dosis baja.

Al menos así sus miedos desaparecían durante un tiempo.

Lo malo era que entonces apenas notaba nada, porque también los sentimientos buenos se le apagaban.

Los días pasaban de largo ante ella. Uno tras otro.

Su marido y todo su entorno la trataban como si fuera de cristal.

Hasta el doctor Reuscher, su terapeuta, asentía mucho más de lo necesario.

Pero, a diferencia de todas las demás personas que revoloteaban a su alrededor, él la ayudaba.

Con él podía abrirse. No le exigía olvidar lo ocurrido.

Al fin y al cabo, una violación no se podía borrar de la mente sin más.

Cada maldito día se acordaba de aquellos momentos espantosos.

Los recuerdos le brotaban de golpe. A veces los desencadenaba un ruido concreto.

Una tos o un crujido. También podía ser una persona.

Un hombre que se pareciera al agresor, Frank Laganis, o una voz que sonara como la suya.

En esos segundos volvía el mismo pánico de aquella noche.

Viajaba atrás en el tiempo y lo revivía todo de nuevo.

Entonces no ayudaban ni las pastillas. Pero desde que iba a la consulta del doctor Reuscher sabía manejar mejor esos flashbacks, como los llamaba él.

Había aprendido a controlar la respiración y, con ella, el miedo. Sin pensarlo, Anne respiró hondo.

—¿Estás bien?

Ni se había dado cuenta de que su marido estaba allí, tumbado a su lado en la cama, con una revista entre las manos.

Ella había encendido el televisor, pero no lo miraba.

Anne había estado completamente absorta en sus pensamientos.

Ahora volvía a caer en la cuenta: era viernes.

Un día que ya no le gustaba. Antes lo esperaba con ilusión; ahora le producía pavor.

A veces sentía verdadero miedo del comienzo del fin de semana y de todo el tiempo que tendría que pasar con su marido.

Tiempo en el que él la miraría con aquel brillo en los ojos.

Tiempo en el que querría estar cerca de ella, mientras que ella preferiría esconderse dentro de un grueso capullo de algodón.

A menudo, demasiado a menudo, cedía a sus necesidades.

Pero eso se iba a acabar a partir de ahora.

Anne lo miró. Él sonreía con los labios un poco apretados. Ella cogió aire a toda prisa y se serenó.

—El doctor Reuscher ha dicho que tenemos que interrumpir nuestra rutina de los fines de semana durante una temporada —empezó con cautela.

—¿A qué te refieres exactamente, cariño? —preguntó su marido, torciendo ligeramente el gesto.

—Necesito mi espacio… más espacio… para poder volver a ser yo misma. —Se le quebró la voz y apartó la mirada.

—Creía que ya estabas mejor —murmuró él, decepcionado—. ¿Cancelamos la excursión de mañana? Puedo hacerlo ahora mismo.

—No. No. No me refería a eso. Me refería a lo otro.

A lo… ya sabes. —No fue capaz de decirlo.

Quería hablar del sexo de los viernes por la noche, que era casi una cita fija.

Llevaban años celebrando así el comienzo del fin de semana, y Anne, en realidad, no había querido que la violación le destruyera también ese ritual.

Pero el doctor Reuscher la había convencido de que en ese momento era más importante que pensara en sí misma.

Su marido frunció el ceño y la miró con intensidad. Luego pareció comprender.

—Pero si tú misma dijiste que debíamos comportarnos con la mayor normalidad posible.

—Sí, es verdad. Pero el doctor Reuscher dice que no me hace bien.

—Podemos prescindir del sexo sin problema. Si no lo disfrutas, yo soy el último que te va a obligar a nada.

Anne vio la decepción en sus ojos.

—Creía que poco a poco volvías a ser la de antes —añadió con cuidado.

—Todavía no lo has entendido —replicó, negando enérgicamente con la cabeza—. La antigua Anne está muerta. Murió el día en que un monstruo abusó de ella. ¡Nunca volveré a ser la Anne que fui! —La vehemencia de sus propias palabras la asustó. Pero se alegraba de haberlo dicho por fin.

—De acuerdo, Anne —dijo su marido, levantando las manos en gesto conciliador—. Sabes que haría cualquier cosa por ti. Y si necesitas distancia, si ahora mismo no soportas la cercanía física, lo acepto, por supuesto.

¡Maldita sea! Era tan condenadamente comprensivo y bueno con ella que se le saltaron las lágrimas sin más.

No se merecía en absoluto un hombre como él.

Saltó de la cama y corrió a la ventana. La abrió y sintió en la piel el aire helado del invierno.

Le habría gustado congelarse hasta convertirse en un bloque de hielo; así no tendría dentro, a todas horas, todos aquellos sentimientos.

Sentimientos que se abrían paso a través del manto de algodón de los medicamentos y con los que no sabía lidiar.

—Gracias —musitó con la voz ahogada y se dio la vuelta—. Estoy trabajando en mí, de verdad.

—Lo sé, Anne. —Su marido asintió—. Y te doy todo el tiempo que necesites. Lo superaremos juntos. No tengo ninguna duda.

Se volvió de nuevo hacia la ventana y se quedó mirando afuera.

Un pájaro picoteaba la hierba grisácea del jardín delantero en busca de algo que comer.

Al poco se dio por satisfecho y se alejó volando entre protestas por encima del seto bajo y recortado.

Vivían en una casa grande, pero Anne ya no era capaz de disfrutar de aquel lujo.

Miró hacia las casas vecinas y se preguntó si tras aquellos muros, lejos de la vista de todos, se estarían viviendo tragedias parecidas.

No reparó en el hombre del otro lado de la calle, apoyado con indolencia contra la farola, hasta que fue a cerrar la ventana.

El cono de luz le iluminaba la cara y Anne parpadeó, espantada.

Tenía que estar alucinando. Frank Laganis estaba en la cárcel.

No podía estar bajo aquella farola. Cerró la ventana de un golpe y volvió a meterse en la cama casi a rastras, pálida como la cera.