Capítulo 12 #3
—Entiendo —dijo Florian al cabo de un momento y se colocó delante de la caja azul para que Nicole Deuss no viera el contenido—. ¿Puede decirme aproximadamente a qué hora sonó el timbre?
—Casi exactamente a las cinco y media de la tarde. Acababa de ponerme a hacer la cena cuando entregaron el paquete.
—Gracias por toda la información —dijo Florian y acompañó a Nicole Deuss fuera de la cocina—. Ahora la llevamos al hospital. —Se volvió hacia Martin Saathoff—. ¿Te vienes?
—No, gracias. —Saathoff negó con la cabeza—. Cojo el autobús. Así llego antes a casa.
Por el camino, Julia habló por teléfono con el médico de guardia. No había ningún problema en volver a ingresar a Nicole Deuss en la planta. La dejaron en la entrada del hospital y la vieron desaparecer por la puerta giratoria.
—¿Quieres ir a casa? —preguntó Florian, acariciándole a Julia el hombro.
—No —respondió ella—. Después de este día espantoso necesito una copa de vino tinto, y quizá algo de pasta para acompañar.
—Estaba pensando exactamente lo mismo. —Florian sonrió—. Deberíamos intentar desconectar un poco. Vamos a Gallo. Seguro que aún tienen una mesa libre para nosotros.
Veinte minutos después entraron en el pequeño restaurante italiano en pleno centro de Colonia. Olía a una mezcla especiada de ajo y pesto. A Julia le rugió el estómago, expectante.
Florian pidió un chianti para los dos y brindó con ella mientras Julia estudiaba la carta.
—Por nosotros —dijo con una sonrisa seductora. A la luz de las velas, sus ojos azules parecían lagos profundos, y su pelo rubio resplandecía en contraste. Julia alzó su copa.
—¿Quieres que vuelva a quedarme a dormir en tu casa esta noche? —preguntó y notó que le subía el calor por dentro. Normalmente no era tan directa; esperaba a que Florian la invitara. Pero la propuesta pareció alegrarlo. Le sonrió radiante y casi la devoró con la mirada.
—En mi piso tienes preparado todo lo que necesitas para pasar la noche. —Sonrió con picardía y puso la mano sobre la de ella—. Ya sabes que, cuando llevas ese camisón transparente, no puedo resistirme.
Julia le apartó la mano, juguetona, y cogió su copa de vino.
Hacía poco, Florian le había regalado un camisón y un cepillo de dientes para que pudiera quedarse a dormir en su casa siempre que quisiera, sin cargar con sus cosas.
En cierto modo, era como si se hubiera medio mudado con él.
Lo miró y admiró su figura atlética. ¿Por qué querría aquel hombre maravilloso estar con una forense como ella?
Cuando volvía a casa por la noche, olía a muerte, o por lo menos a desinfectante.
Se hundió en su mirada cariñosa y sincera.
Probablemente nunca lo averiguaría, aunque quizá tampoco hiciera falta.
Tendría que atenerse a las palabras de su padre.
Ulrich Schwarz siempre tenía una frase a mano en cuanto ella le hablaba de Florian: los sentimientos hermosos no se pueden explicar.
Hay que tomarlos como son, y cuidarlos con mimo para que se hagan más fuertes y no se los lleve la primera tormenta.
Había batallado una eternidad con esas palabras.
Ya le habían traicionado gravemente la confianza una vez.
Pero cuanto más tiempo llevaba con Florian, más parecía que con él hubiera hecho pleno.
—Yo voy a tomar lasaña —anunció, apartando la carta.
—Yo, después de un día tan largo, necesito algo contundente. Me pido un filete —decidió Florian y llamó al camarero con un gesto.
—Tengo que ir un momento al baño. No te escapes —dijo tras pedir y se levantó.
—Seguro que no. —Julia sonrió mientras Florian cruzaba el restaurante y desaparecía al fondo.
Dejó vagar la mirada por los clientes. La mayoría parecían relajados y de buen humor.
Justo a su lado había una pareja —los dos rondarían los setenta— y se preguntó sin querer si ella, a esa edad, seguiría siendo igual de feliz con Florian.
La idea le gustó. Andaba dándole vueltas a ese pensamiento cuando se abrió la puerta y una pareja joven, muy abrazada, entró en el restaurante.
Se miraban enamorados mientras una camarera les buscaba una mesa libre.
Observó al hombre, delgado, que le daba la espalda.
Tendría veinticinco años como mucho. Su novia, también esbelta, tenía una larga melena oscura y, a pesar del frío, llevaba un vestido corto que realzaba sus piernas bien torneadas.
La camarera los llevó hacia una mesa en un nicho de la pared, a unos metros de Julia.
El hombre se dio la vuelta y, en ese mismo instante, Julia se quedó helada.
Casi sin pensarlo, sacó el móvil del bolso e hizo una foto con disimulo.
Conmocionada, lo vio inclinarse hacia la mujer y besarla en los labios antes de sentarse.
Ninguno de los dos se percataba de nada a su alrededor.
El joven no reparó en Julia. Solo tenía ojos para su novia.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Florian.
Julia ni siquiera se había dado cuenta de que había vuelto y de que estaba sentado otra vez a la mesa. Lo miró desconcertada.
—Creo que en aquella mesa está el novio de Lenja. Pero con otra.