Capítulo 12 #2
—Hacia las seis de la tarde. Por desgracia, el alta del hospital tardó una eternidad.
Quería llegar a tiempo de prepararle la cena a Nils.
No le gusta cenar tarde; en realidad, tendría que haber estado en la mesa a las seis.
Ya me estaba temiendo que volviera a enfadarse.
Pero cuando entré en el piso había un silencio raro, y entonces noté ese olor repugnante.
—Se interrumpió un momento y se pasó la lengua por los labios—.
Fui directa al dormitorio. Estaba allí tumbado, sin moverse.
Vi enseguida que estaba muerto. —Sollozó de nuevo y se enjugó unas lágrimas—.
¿Sabe? Éramos muy felices juntos, aunque desde fuera quizá no lo pareciera.
No sé qué voy a hacer ahora. ¿Cómo voy a arreglármelas sin Nils?
—Nos encargaremos de que reciba ayuda —prometió Florian—. Usted puede ayudarnos a encontrar al que le ha hecho esto a su marido. ¿Puedo hacerle unas preguntas más?
—Quiero que atrapen a ese canalla y lo metan en la cárcel para siempre —respondió Nicole Deuss, asintiendo con determinación.
—Haremos todo lo que esté en nuestras manos —repuso Florian—. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo contacto con su marido?
—Cuando me llevó al hospital. Después, nunca más —se lamentó Nicole Deuss con un deje de amargura en la voz, mientras las lágrimas volvían a correrle por las mejillas—.
No volvió a aparecer. Tampoco cogía el móvil.
Les pedí a los médicos que me dieran el alta antes de tiempo porque pensaba que estaba enfadado.
Siempre me dice que soy una quejica y que exagero muchísimo.
Que unos cuantos moratones no han matado nunca a nadie.
Julia contuvo la respiración para no gritar.
Había tratado ya con muchas víctimas de la violencia, pero nunca había visto una sumisión como la de Nicole Deuss.
¿Cómo podía una mujer dejarse tratar tan miserablemente?
Julia se odió por pensarlo, pero casi se alegraba de que aquel malnacido yaciera muerto en la cama.
Al menos ahora aquella mujer tenía la oportunidad de vivir sin violencia.
—¿Ha notado últimamente algo fuera de lo normal en su marido? ¿Estaba quizá más callado, o más agresivo que de costumbre? —preguntó Florian.
—No sé. —Nicole Deuss se encogió de hombros—. Llevaba unas semanas en paro, y estar sin hacer nada no le sentaba bien.
—¿Había discutido con usted o con algún conocido?
Sin querer, Nicole Deuss se llevó la mano al ojo hinchado.
—Estaba enfadado conmigo porque creía que yo había comprado algo por internet. Queríamos ahorrar mientras él no trabajara. Aparte de eso, estaba de bronca con su mejor amigo. Joerg le había prestado dinero y Nils no podía devolvérselo. Eran dos mil euros.
Florian soltó un silbido entre dientes.
—Es mucho dinero.
—Lo necesitó para el coche. —Nicole Deuss asintió—. Le trucó el motor. Adoraba aquel trasto y decía que podría venderlo por mucho más.
Florian le pidió los datos de contacto del amigo de Deuss, Joerg Kannen.
—¿Ha notado usted alguna otra cosa?
—No. —Nicole Deuss apretó los labios y reprimió otro sollozo.
—Llámeme si necesita algo o si se le ocurre algo más que pueda ser importante —dijo Florian, tendiéndole su tarjeta de visita, y se levantó.
—¿Quiere que la lleve de vuelta al hospital? —preguntó Julia, levantándose también—. Puedo hablar con la supervisora de la planta. Habría que tenerle la lesión en observación y en su piso ahora mismo seguro que no quiere quedarse. La policía científica todavía tiene para unas horas y ya es tarde.
Nicole Deuss se quedó mirando a Julia como si viniera de otro planeta. Pero luego asintió. Julia se adelantó hacia el recibidor. Una agente rubia le salió al encuentro.
—¿Es usted la forense?
—Sí, soy yo.
—Hemos encontrado un paquete en la cocina que debería ver.
Julia le pidió a Nicole Deuss un momento de paciencia y siguió a la agente. Sobre la mesa de la cocina había un paquetito gris. Al lado, una caja de plástico azul oscuro. Julia supo al instante lo que contenía.
—No puede ser —soltó, sorprendida, y se llevó un momento la mano a las gafas.
No había ninguna duda. En la caja había dos orejas humanas.
Desprendían la nota dulzona de la descomposición.
En los bordes había sangre adherida. La piel se veía grisácea.
Por lo visto, el asesino no se había molestado en refrigerar ni conservar las orejas.
Su tamaño solo permitía una conclusión: pertenecían a una mujer y, con toda probabilidad, procedían de la primera víctima, Jana Petersmann.
Un análisis de ADN lo confirmaría. Julia se giró de golpe y llamó con la mano a Florian, que seguía en la entrada.
—Tenemos las orejas de Jana Petersmann —explicó y examinó mejor el paquete. Llevaba pegada una etiqueta dirigida a Nils Deuss. Faltaba el remitente, y tampoco había sello ni número de seguimiento.
—Creo que ya sé cómo consiguió el asesino que Nils Deuss le abriera la puerta —dijo Julia, señalando la etiqueta—. Entregó este paquete en persona.
—Eso sería una buena noticia. Así, con suerte, el malnacido aparecerá en alguna cámara de seguridad.
Voy a pedir que lo comprueben ahora mismo.
—Florian se dirigió a la agente que había avisado a Julia y le pidió que buscara cámaras delante del edificio o en el aparcamiento.
Enfrente del bloque había, en todo caso, un pequeño supermercado. Quizá allí hubiera algo.
Florian se puso a caminar arriba y abajo por la estrecha cocina. Se le había formado una arruga en el entrecejo. Pensaba intensamente. Saathoff también se había unido a ellos.
—Pero ¿qué clase de malnacido enfermo es este? —maldijo, arrugando la nariz—. Estas cosas apestan una barbaridad. Yo pensaba que eran sus trofeos, y ahora resulta que las mete en una caja de plástico y se las manda a su siguiente víctima.
—Nada de esto encaja —convino Florian—. Supongamos que el asesino entrega el paquete en persona.
¿Cómo entró entonces en el piso? Lo normal habría sido que Nils Deuss cogiera el paquete, cerrara la puerta y lo abriera después.
El asesino no habría tenido ninguna posibilidad de entrar; al menos, no sin dejar rastro.
—Yo estaba delante cuando llegó el paquete —dijo de pronto Nicole Deuss, y todos se volvieron sobresaltados.
Nadie había notado que estaba en la puerta de la cocina observándolos.
Julia se preguntó si habría visto el contenido de la caja.
Pero tenía el gesto relajado. Por lo visto, no tenía ni idea.
—Yo estaba aquí, cocinando. Sonó el timbre y Nils abrió.
Justo después irrumpió con el paquete y discutimos.
Creía que yo había pedido algo, y se puso furioso.
Tan furioso que… en fin… me pegó y me llevó al hospital.
El paquete se quedó sin abrir en la mesa de la cocina.
—Nicole Deuss enmudeció y se quedó mirándose las puntas de los pies.