Capítulo 12
Sobre Colonia había caído la noche. La lluvia repiqueteaba contra los cristales del coche de Florian.
Los limpiaparabrisas chirriaban y barrían el cristal cada vez más deprisa.
Julia tiritaba a pesar de que la calefacción estaba al máximo.
No tenía ni idea de lo que la esperaba. Solo sabía que la esposa de un tal Nils Deuss lo había encontrado muerto en el dormitorio de ambos.
Absorta, miraba por la ventanilla y veía pasar volando las luces de la ciudad.
Martin Saathoff, que se había acomodado en el asiento trasero, estornudó estrepitosamente.
No era de extrañar, con aquel frío y aquella humedad.
Julia deseaba que nevara y que la ciudad resplandeciera de un blanco limpio.
Pero eso pasaba muy de tarde en tarde en Renania.
En vez de eso, los habitantes tenían que soportar aquel tiempo gris y desapacible, y confiar en que el invierno pasara pronto.
Florian tomó una curva y entró en una zona residencial.
Las luces azules parpadeantes de la policía se reflejaban multiplicadas por mil en las gotas de lluvia del parabrisas y les indicaban el camino.
Florian se dirigió directamente hacia una agente, bajó la ventanilla y le mostró la placa.
La mujer, algo corpulenta, asintió y retiró la barrera.
—Pueden aparcar ahí detrás. Tienen que ir al número cinco, tercera planta.
Siguieron adelante en silencio y se bajaron delante del edificio.
Corrieron hacia el portal con las manos sobre la cabeza para escapar del aguacero.
Julia pisó un charco y maldijo por lo bajo al notar el agua helada calándole los calcetines.
Cuando por fin estuvo dentro, se sacudió las gotas del abrigo y echó a andar deprisa tras Florian y Martin Saathoff.
En la tercera planta había un ir y venir de policías, y la policía científica también había llegado ya.
A cada segundo salían fogonazos de flash del piso hacia el rellano de la escalera.
Un policía joven, con la cara pálida, estaba apoyado junto a la puerta de entrada y asintió sin fuerzas cuando Florian lo saludó.
—Nunca había visto nada tan horrible —jadeó, visiblemente afectado—. No entiendo cómo lo aguantan ustedes en la policía judicial.
—Uno se acostumbra a todo. —Florian le sonrió al joven para darle ánimos—. Incluso a las crueldades más espantosas de las que es capaz el ser humano. Al final es solo cuestión de tiempo. Lo mejor es que salga usted fuera y respire un poco de aire fresco.
El policía asintió y bajó las escaleras mientras ellos entraban en el piso.
Todas las puertas estaban abiertas. A la izquierda quedaban el baño y la cocina.
A la derecha, el salón. Al fondo, de donde venían los fogonazos, tenía que estar el dormitorio.
A pesar de toda la gente que iba y venía, en el aire flotaba un olor metálico. Sangre.
Julia vio al hombre muerto sobre la cama.
Tendría unos treinta años; yacía boca arriba con los brazos extendidos a ambos lados, de modo que le recordó a una cruz humana.
Las piernas estaban sujetas por los tobillos con bridas.
En el torso desnudo distinguió las marcas de una atadura anterior.
El hombre tenía los ojos desorbitados. Las pupilas sin brillo miraban fijamente un punto del techo.
La punta de la lengua asomaba entre los labios entreabiertos, y en el cuello se apreciaban varias marcas de estrangulamiento.
Pero lo peor eran las manos. Julia apenas podía apartar la vista.
Igual que al primer cadáver le habían cortado las orejas, a este hombre le habían cortado las manos y se las habían sustituido por otras ajenas, mucho más pequeñas.
Julia conocía muy bien aquellas manos. Aquellos dedos delicados le habían llamado la atención en el catálogo del Instituto de Anatomía.
Eran dos manos de niño magníficamente conservadas.
Julia tragó saliva. Incluso después de varios años de experiencia profesional, aquella imagen la desbordó durante unos segundos.
Se enfrentaban, sin ninguna duda, al mismo asesino.
Las manos pequeñas estaban cosidas de forma chapucera a los muñones, demasiado grandes, con el mismo hilo azul que en la primera víctima.
Un feo reborde rojo de sangre y carne desgarrada rodeaba la pieza anatómica.
Julia reprimió el impulso de separar las manos del cadáver con unas tijeras.
Le costó apartar la mirada y concentrarse en las demás partes del cuerpo.
Esta vez sabía lo que tenía que buscar. El muerto no llevaba zapatos.
Se centró en el pie derecho e iluminó con la linterna el espacio entre los dos primeros dedos.
Tres marcas de punción de un rojo oscuro le daban, con toda probabilidad, la causa de la muerte.
—Tengo que confirmarlo con el laboratorio, pero todo apunta a que el asesino ha vuelto a actuar con insulina —anunció, mirando a su alrededor.
Florian y Martin Saathoff estaban junto a la cama con el gesto descompuesto. Tenían los ojos clavados en las manos del cadáver.
—Ahora entiendo por qué el policía de ahí fuera tenía náuseas —masculló Saathoff, apretando los labios—. Maldito malnacido.
—Sigo sin comprender por qué lo hace —dijo Florian—.
¿Por qué corta partes del cuerpo y las sustituye acto seguido?
—Se pasó la mano por el pelo rubio sin apartar la vista de las manos infantiles—.
Pensemos en Jana Petersmann, la primera víctima.
Era una ladrona. Él le corta las orejas.
Hasta ahí, todo encaja. Pero ¿por qué le cose unas nuevas?
—¿Y qué significan las manos amputadas? —Martin Saathoff se encogió de hombros—. Que yo recuerde, antiguamente a los ladrones les cortaban las manos. ¿Es que ese hombre de ahí también era un ladrón?
—Eso no se puede afirmar sin más. —Julia dejó que el pie del cadáver se deslizara de nuevo sobre la sábana y se incorporó—.
En otras épocas, en casi todas las culturas se aplicaban las llamadas penas especulares.
El castigo se ejecutaba en la parte del cuerpo con la que se había cometido el delito.
Normalmente se roba con las manos; en consecuencia, se cortaban.
Antaño se recurría a las orejas solo para no mermar la capacidad de trabajo.
Hay muchos otros delitos que se cometen con las manos. No tiene por qué ser un robo.
—Como las manos siempre están de por medio, puede ser cualquier cosa, desde una simple falsificación hasta un asesinato —dijo Martin Saathoff, mirando a Julia pensativo—. Lo más probable es que con el motivo estemos completamente desencaminados.
—Especular no sirve de nada. —Florian suspiró—.
Tenemos que hablar cuanto antes con Nicole Deuss, la mujer del muerto.
Ella lo encontró. ¿Qué me dices de las marcas de estrangulamiento del cuello?
La primera víctima parecía completamente intacta.
Aquí, en cambio, es evidente que el asesino empleó la violencia.
Julia examinó a fondo las marcas de estrangulamiento.
Eran superficiales y apenas habían dañado las capas inferiores de la piel.
El asesino probablemente había utilizado un pañuelo o una bufanda.
Una cuerda habría penetrado más hondo y habría dejado un dibujo trenzado en la piel.
Le tiró de un párpado al muerto, pero no halló petequias debajo.
—Lo estrangularon, pero no murió de eso. —Señaló los antebrazos, que no presentaban ni arañazos ni ninguna otra lesión—. Tampoco él parece haberse defendido de su asesino. Doy por hecho que también lo sedaron.
—En la puerta del piso no había señales de que la forzaran. Se la abrió él mismo a su asesino. Tenemos que averiguar si la víctima y el asesino se conocían. —Florian se dio la vuelta y fue al salón. Julia y Martin Saathoff lo siguieron.
Una mujer demacrada, con un ojo hinchado y el labio partido, estaba hundida en un sillón. En la mano sostenía un pañuelo de papel arrugado. Las lágrimas le goteaban desde las mejillas al jersey desteñido.
—Buenas noches, señora Deuss, lo siento muchísimo —empezó Florian con cautela, poniéndose en cuclillas a su lado—. Me llamo Florian Kessler y este es mi compañero Martin Saathoff. Nosotros llevamos la investigación. La doctora Schwarz es médica forense y nos apoya.
Nicole Deuss levantó la vista un instante; luego los ojos se le vaciaron otra vez y se le llenaron de lágrimas al momento. Julia se sentó con Martin Saathoff en el sofá.
—Lo he encontrado en la cama al volver del hospital —sollozó de pronto, respirando con evidente dificultad. Julia se levantó y rodeó la mesa del salón. Le puso a la mujer las manos en los hombros con suavidad.
—Intente sentarse lo más recta posible. Así le entrará mejor el aire. —Le recorrió con el dedo la espalda a Nicole Deuss y notó un vendaje—. ¿Se ha roto una costilla?
—Sí, pero no es para tanto —asintió Nicole Deuss—.
Solo duele un poco. Nils no lo hizo a propósito.
—Estrujaba el pañuelo entre las manos—. Es que a veces pierde los nervios.
Eso ya se lo he explicado a la agente en el hospital.
No quiero poner una denuncia y meter a Nils en problemas.
Al fin y al cabo, estamos casados. —Su mirada se desvió hacia la puerta y sollozó con fuerza—. Estábamos casados —añadió, temblando.
Durante un momento nadie dijo nada. Florian mantuvo el gesto neutro, pero Julia intuía lo que le pasaba por la cabeza. Aquel malnacido de Nils Deuss había mandado a su mujer al hospital de una paliza.
—¿A qué hora ha llegado usted a casa? —preguntó Florian.