Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 11
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Capítulo 11

—¡Ha tenido usted una suerte enorme! —le siseó el médico adjunto al oído, tan bajo que nadie más podía oírlo.

Teresa asintió, compungida, e intentó sonreír al darse cuenta de que el paciente la miraba expectante. El señor Wagner estaba ya de vuelta en su planta, y ella podía darse con un canto en los dientes de que hubiera sobrevivido.

—¿Cómo se encuentra hoy, señor Wagner? —preguntó, y la sorprendió su propia voz: sonaba firme. Y eso que cada fibra de su cuerpo estaba vibrando. Estaba mareada y completamente exhausta.

—Estoy estupendamente, doctora. —El paciente sonrió sin fuerzas, pero visiblemente satisfecho—. Gracias por salvarme la vida. ¡Quién iba a pensar que tenía un tumor tan grande en el estómago!

Teresa no logró articular palabra. El médico adjunto también guardó silencio.

¿Qué podían decir, al fin y al cabo? ¿Que Teresa había estado a punto de mandar al paciente al otro barrio?

Sin la rápida y excelente operación de urgencia del médico adjunto, el señor Wagner no estaría ahora allí, sino a dos metros bajo tierra.

A ese hombre solo unos minutos lo habían separado de la muerte.

Teresa se mordió la lengua y le tomó las constantes vitales al paciente sin decir nada, mientras el médico adjunto le palpaba el abdomen y comprobaba la sutura.

—Por precaución lo vamos a tener aquí unos días más. Me alegro de que se esté recuperando tan deprisa. —Esbozó una sonrisa profesional, le hizo una seña a Teresa para que lo siguiera y salió de la habitación con paso rápido. En el pasillo se detuvo y la miró con severidad.

—Querida colega, este es ya el tercer o cuarto error en muy poco tiempo. Espero de verdad que se centre usted y que, en el futuro, se lo piense bien antes de actuar.

Teresa abrió la boca para protestar. Al fin y al cabo, el señor Wagner ni siquiera había sido paciente suyo; ella solo había acudido en ayuda de la colega de la planta vecina.

Pero el gesto del médico adjunto no admitía réplica.

Era ella la que llevaba mucho más tiempo trabajando en el hospital y, por eso mismo, no podía escudarse en una médica de planta sin experiencia.

Al médico adjunto le empezó a sonar el busca.

Se dio la vuelta a toda prisa y se marchó como una exhalación.

Teresa respiró aliviada. Cierto que ahora tendría que hacer sola el pase de visita, pero al menos se ahorraba otro sermón.

Se arrastró hasta la sala de médicos y se sentó en una incómoda silla de plástico que se le clavaba en la espalda.

Agotada, tomó aire a bocanadas. En el fondo, no se merecía otra cosa.

Siempre había querido ser médica y se había ganado a pulso su puesto en aquel hospital.

Pero le costaba seguir el ritmo de los colegas y estar a su nivel.

Agarró el montón de historias clínicas y lo repasó.

A algunos pacientes había que reajustarles la medicación.

Una mujer con la tensión demasiado alta necesitaba un tercer fármaco para normalizarle los valores.

Para otro paciente pidió una resonancia magnética.

Al siguiente quería trasladarlo a una unidad de vigilancia.

Pero cuando llamó a cuidados intermedios, le dijeron que no quedaba ninguna cama libre.

Así que tendría que encargarse ella misma de la vigilancia.

Teresa soltó un gemido: eso significaba trabajo extra.

Ojalá, con todo aquel estrés, no cometiera otro error.

Con un nudo en el estómago, pensó en el último hospital en el que había trabajado.

Había ayudado a muchos pacientes y, aun así, no todo había ido sobre ruedas.

Se levantó y decidió continuar el pase de visita con el paciente que necesitaba vigilancia.

Mientras tanto, no podía dejar de pensar en su antiguo empleador, que al final la había puesto de patitas en la calle sin contemplaciones.

Y eso después de todas las horas extra y todas las renuncias que había soportado durante más de tres años.

Ni una palabra de agradecimiento, no digamos ya un elogio por su entrega.

Nada. Una breve conversación telefónica con el departamento de personal.

Una carta de despido impersonal y la mirada vacía de su jefe de entonces.

Teresa abrió la puerta de la habitación y apartó aquellos recuerdos ingratos. Esta vez todo iba a ser distinto.

—Buenos días, señor Kraemer, ¿cómo se encuentra? —preguntó con brío y dejó la historia clínica a los pies de la cama.

El anciano no reaccionó. Respiraba de forma superficial.

Los párpados le temblaban. Teresa se plantó a su lado en un instante y le tomó el pulso.

Después le auscultó los pulmones y se asustó.

Con cada respiración se oía un borboteo anómalo.

La frecuencia del pulso se disparó. Agarró el teléfono y pidió ayuda.

Quería hacerlo todo bien, costara lo que costara.

Antes incluso de que apareciera el colega, le inyectó al paciente medicación para estabilizarlo.

Por fin llegó el médico a toda prisa. Teresa informó con frases entrecortadas de lo que había hecho y recibió una mirada de aprobación.

—Yo me hago cargo del paciente. Buen trabajo —la elogió el colega y fue a buscar a dos enfermeros.

Teresa, con el corazón acelerado, los vio llevarse al anciano. Respiró aliviada. ¡Así que sí que funcionaba! Entró casi dando saltitos en la siguiente habitación. Se sentía mejor que en mucho tiempo.