Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 10
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Capítulo 10

—La historia que nos quiere colar Pavlo Burakow es cada vez más disparatada —refunfuñó Martin Saathoff sin apartar los ojos de la pantalla del experto informático—.

Estoy deseando echarle un vistazo a esa página web tan turbia e interrogar a esa mujer.

Ese tipo no cuenta más que patrañas. Lo huelo a kilómetros.

—La cuestión es si tiene algo que ver con la muerta del contenedor. Burakow y Alina Petrowa no serían la primera pareja en matar juntos. —Florian se volvió hacia Julia—. ¿Habéis encontrado en la autopsia indicios de dos autores?

—No hemos encontrado ni un solo rastro de ADN ajeno. —Julia negó con la cabeza, con la vista clavada en la pantalla. El experto informático de la policía estaba superponiendo las fotografías de las dos orejas: las del Instituto de Anatomía y las del cadáver—. Por desgracia.

El programa empezó a pitar. El experto informático se frotó las manos.

—Coincidencia —dijo con aire triunfal—. Las dos orejas derechas encajan casi a la perfección.

—¿Y qué pasa con la muesca del borde? —Julia se subió las gafas por el puente de la nariz.

—Por eso lo he dicho: casi a la perfección.

—El informático sonrió—. La muesca no encaja.

Pero déjenme seguir con la oreja izquierda.

—Repitió el procedimiento y esta vez ya nadie habló.

Todos miraban absortos la pantalla: las imágenes de las orejas se superponían como por arte de magia.

Y, en efecto, volvió a sonar un pitido. En el borde superior del monitor se iluminaron unas letras rojas.

—Coincidencia del cien por cien —leyó Julia en voz alta—.

Vaya. El pabellón auricular es muy característico de cada persona, así que tienen que ser las mismas orejas.

Eso significa que el asesino entró a robar en la universidad para hacerse allí con piezas anatómicas.

Nunca me había encontrado con algo así. ¡Es repugnante!

—Por lo menos ahora sabemos que no tenemos que buscar el cadáver de un hombre con las orejas amputadas —masculló Martin Saathoff, satisfecho.

Florian, en cambio, paseó una mirada inquieta por el grupo.

—Si partimos de que fue realmente el asesino quien robó las piezas anatómicas, me pregunto por qué se llevó veinte de golpe. Espero que no pretenda coserlas también en alguna parte.

Julia, que se había relajado visiblemente con las palabras de Saathoff, dio un respingo. Todavía no se le había ocurrido esa posibilidad.

—Pero también puede que las piezas anatómicas cambiaran de manos —apuntó Saathoff—. Si al final fueron estudiantes los que entraron a robar, a lo mejor revendieron las orejas.

—¿Al asesino? Poco probable. A mi juicio, lo de coser las orejas lo tenía planeado expresamente.

Piensa un momento en todo el instrumental del contenedor.

Era demasiado importante para él como para dejar el material en manos de unos estudiantes o de otros ladrones.

—A Julia el razonamiento le pareció convincente.

Tampoco Martin Saathoff puso objeciones.

—¿Qué pensará hacer el asesino con las orejas de la muerta? —preguntó Julia y se imaginó al criminal guardándolas como trofeo en el mueble del salón. O peor aún: cosiéndoselas a una nueva víctima.

—Venga, no os pongáis en lo peor tan pronto —gruñó Saathoff, que se incorporó frotándose los riñones—.

Ahora vamos a ocuparnos de la muerta del contenedor.

Los compañeros me acaban de mandar un mensaje.

Esta mañana, una mujer ha denunciado la desaparición de su compañera de piso. Parece que encaja todo.

Tres minutos después estaban sentados en el despacho de Florian estudiando la denuncia de desaparición. Jana Petersmann, veintiséis años. Julia contempló a la rubia, extraordinariamente guapa, que sonreía pícara a la cámara.

—¿No tiene profesión? —preguntó Julia, extrañada por lo escueto de la información sobre la víctima.

En realidad solo conocían el nombre, la dirección y la edad.

No constaban ni padres ni hermanos, y la denuncia tampoco decía gran cosa sobre su desaparición.

La compañera de piso se había limitado a comunicar a la policía que Jana Petersmann no había vuelto a casa como estaba previsto y que, además, no cogía el móvil.

Florian tecleó el nombre de la víctima en el buscador de su ordenador. Sorprendentemente, Jana Petersmann parecía no existir en el mundo digital. No tenía perfil de Facebook, y su nombre tampoco aparecía en Instagram ni en ninguna otra red social.

—Para su edad, eso es muy poco habitual —observó Florian.

—Mira primero en nuestras bases de datos, anda —le pidió Martin Saathoff.

Florian abrió una ventana nueva y volvió a introducir el nombre de la muerta. La base de datos tardó un rato en mostrar un resultado.

—No puede ser —soltó Florian—. Jana Petersmann pasó realmente unos meses en la cárcel. No me lo esperaba.

—¿Y qué es lo que hizo? —Saathoff se inclinó hacia el monitor—.

La ficharon un sinfín de veces por hurtos en tiendas.

Luego robó un BMW y lo dejó hecho chatarra.

—Se incorporó y negó con la cabeza—. Qué barbaridad.

En la foto se la ve guapísima. Si no le hacía ninguna falta robar.

Seguro que habría encontrado a un montón de tíos encantados de mantenerla.

Florian le lanzó a Martin Saathoff una mirada elocuente. Este levantó de inmediato las manos en gesto defensivo.

—Solo digo las cosas como son —se justificó—. No sería mi tipo.

Julia sonrió para sus adentros. Se imaginaba qué tipo de mujer le rondaba a Saathoff por la cabeza. Al instante le vino a la mente la imagen de su ayudante Lenja.

—Vale —dijo—. Tenemos una víctima que hace cuatro años cumplió condena por robo. Desde entonces, por lo visto, no ha vuelto a meterse en líos. ¿Sabemos algo más sobre ella?

Florian aporreó el teclado y sacó de una base de datos el carné de conducir de Jana Petersmann.

—En el registro de tráfico de Flensburg, desde luego, no tiene ni un punto —anunció—. Hay un Polo matriculado a su nombre. Lo conduce desde hace dos años.

—¿Qué pasa con su familia? —preguntó Julia—.

Quizá a través de ella encontremos una pista que lleve al asesino.

Que le corte las orejas y las sustituya por otras tiene que significar algo.

—Solo que a ella no se le ocurría qué. Llevaba horas dándole vueltas a la cabeza.

¿Quién iba a entrar a robar en el Instituto de Anatomía para llevarse piezas anatómicas y luego cosérselas a sus víctimas?

Miró a Florian. Tenía la atención perdida en la lejanía.

Estaba reflexionando. Julia admiraba su capacidad para meterse tanto en la piel del asesino como en la de la víctima.

—Supongamos que quería quedarse con las orejas de ella como trofeo —murmuró Florian al cabo de un rato—.

Puede que aun así sintiera la necesidad de dejarla otra vez completa.

—Se rascó la barbilla, con los ojos todavía fijos en un punto lejano—.

Es posible que quisiera castigarla y que por eso se las cortara.

—¿Castigarla? —masculló Saathoff, frunciendo el ceño—. Pero si ya estaba muerta. Podría haberle cortado también las extremidades. Ya no habría cambiado nada.

—Para el asesino, sí —replicó Florian—. No dejó ni un solo rastro, ni en el lugar de los hechos ni en el cadáver.

Eso significa que preparó su crimen hasta el último detalle.

Lleva planeándolo por lo menos unas semanas.

Al fin y al cabo, el robo en el Instituto de Anatomía fue hace ya dos semanas.

Quería cortarle las orejas, y para eso tenía buenos motivos.

Y lo de coserle unas orejas nuevas lo tenía igual de previsto desde el principio.

—Podría tener algo que ver con el sexo de la víctima —conjeturó Julia—. Quiero decir: ¿por qué tuvo que coserle a una mujer precisamente unas orejas de hombre demasiado grandes? Estéticamente no era ninguna obra maestra.

—¿Y había piezas anatómicas de mujer en el catálogo del Instituto de Anatomía? —Florian la miró.

—No —respondió Julia después de coger la carpeta y hojearla—. Tienes razón. Aquí solo está el par que desapareció. Parece que no tuvo elección.

—Si escribo cortar orejas en mi buscador, me salen unos resultados de lo más reveladores.

—Martin Saathoff levantó la mano e hizo una pausa hasta tener toda la atención de Florian y de Julia.

Luego continuó—. En la Edad Media, a los ladrones se les cortaban las orejas. ¿Y nuestra víctima no era una ladrona?

—Toma ya —soltó Florian y se puso en pie de un salto—. Puede que ahí hayas dado en el clavo. Solo queda por saber por qué le cosió otras orejas. A lo mejor quería dejar completa otra vez a la muerta, o por alguna razón las otras le parecían mejores.

En ese mismo instante sonó el teléfono. Florian se giró de golpe y descolgó. Se le petrificó el gesto.

—Han encontrado otro cadáver —dijo después de colgar—. El policía dice que a la víctima le han amputado las manos.