Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 9
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Capítulo 9

—Maldita sea, Nicole, ¿has vuelto a pedir algo por internet?

—La ira se le extendió por las entrañas como lava incandescente.

¿Cuántas veces habían hablado de eso en las últimas semanas?

¿Es que hablaba con la pared? No tenían dinero, y a su señora esposa no se le ocurría nada mejor que fundirse los ahorros.

Le arrancó el paquetito de la mano al repartidor y le cerró la puerta del piso en las narices.

Solo faltaba que encima esperara una propina.

Por si acaso, Nils echó un vistazo por la mirilla y comprobó con satisfacción que el repartidor ya bajaba las escaleras dando brincos.

—¡Nicole! —bramó Nils, e irrumpió en la cocina con el paquete—. ¿Qué demonios has vuelto a pedir? ¿No te he dicho que ahora mismo no estamos para compras? —Levantó la caja y la sacudió con furia.

Nicole estaba junto al fregadero lavando vasos. Con toda la calma del mundo, dejó un vaso y agarró el siguiente. ¿Acaso no lo había oído? Ni siquiera lo miró.

—¡Maldita sea! ¡Haz el favor de contestarme! —le gritó directamente al oído. Por fin ella dio un respingo. Ya era hora. Con la mano libre la agarró del pelo y le echó la cabeza atrás de un tirón.

—¿Qué hay aquí dentro? —Estampó el paquete contra la mesa de la cocina y la agarró del brazo.

Nicole cayó de rodillas con la cara desencajada de dolor.

Se inclinó sobre ella. Tan cerca que olió el café que debía de acabar de tomarse.

Mejor haría en currar en vez de tanta pausa para el café.

Apretó todavía más, hasta que por fin ella soltó un grito. Ya está. Sí que se podía.

—¿Qué has comprado?

—Nada —susurró ella.

—¿Nada? ¿Y entonces qué es esto? —La soltó y cogió el paquete—. ¿Eh? ¿Qué es?

Ella se daba la buena vida a costa de él, y él deslomándose por una miseria.

Vale, últimamente ya no. Vivían a costa del Estado.

Aun así, la vida era agotadora. Nicole le crispaba los nervios una barbaridad.

Se pasaba el día dándole la murga. Que se buscara un trabajo.

Que aquí y allá andaban buscando gente. Se comportaba peor que su madre.

La muy estúpida no tenía ni idea de hasta qué punto estaba él al borde del abismo.

Se había adueñado de su piso y se creía que, por limpiar cuatro cosas, tenía algún derecho sobre él.

Si ya ni siquiera abría las piernas para él.

Se lo quitaba de encima con excusas. Y él no era tonto.

En las últimas cuatro semanas ya le había asegurado dos veces que tenía la regla.

Como si él no supiera que eso pasaba solo una vez al mes.

Había buscado tampones en el cubo de la basura.

Nada. La muy lagarta le mentía. Y eso no le gustaba un pelo.

El puño le salió solo y aterrizó en las costillas de ella.

Algo crujió y Nicole soltó un alarido de dolor.

Se echó atrás y la vio poner los ojos en blanco.

—¡Estúpida! No montes el numerito —la increpó.

Nicole no reaccionó. Los párpados le temblaban y respiraba de una forma extraña, superficial y acelerada.

¡Maldita sea!

—¿Nicole? —La agarró por los hombros y la zarandeó.

Nada.

Lo que le faltaba. Es que aquella mujer no servía absolutamente para nada.

No podía quedarse KO así, sin más. Si ni siquiera le había pegado en serio.

De pronto le dio por pensar qué pasaría si la muy lagarta la palmaba ahora.

Entonces le tocaría pagarlo a él, y se pudriría durante años en el trullo.

¡Mierda! La levantó y se cargó al hombro aquel cuerpo menudo.

En unos pocos pasos llegó a la puerta del piso y la llevó escaleras abajo.

Por suerte, su coche estaba aparcado delante del portal.

En diez minutos, Nils llegó al hospital más cercano.

Sentó a su mujer en una silla de ruedas que había en la entrada.

—Apenas respira —le explicó a una enfermera.

Ella le tomó el pulso a Nicole y, con gesto frenético, le arrebató la silla de ruedas.

Su mujer desapareció tras dos puertas correderas que se abrieron y se volvieron a cerrar automáticamente.

Se quedó mirando, algo desconcertado, hasta que al poco regresó la enfermera y se dirigió hacia él.

—De momento le vamos a hacer unas radiografías a su mujer —le dijo y lo examinó con mirada crítica—. Podría tener las costillas rotas y tenemos que descartar una lesión en el pulmón. ¿Y cómo ha sido?

—Se ha caído por las escaleras. Pero se pondrá bien, ¿verdad? —preguntó con las rodillas extrañamente flojas. De pronto estaba preocupado por Nicole. Claro que era una estúpida, pero él no había tenido intención de hacerle daño en serio. Su ira se había esfumado de golpe.

—Los médicos están haciendo todo lo que está en sus manos. —La enfermera adoptó una expresión impenetrable—. Lo mejor es que por ahora se vaya usted a casa. Ahora mismo no puede hacer nada por ella, y las pruebas llevarán su tiempo.

Se dio media vuelta, vacilante, y regresó al coche arrastrando los pies, con los hombros caídos.

La enfermera le había puesto en la mano un número de teléfono al que debía llamar al cabo de dos horas como muy pronto.

Tenía el estómago como si se hubiera tragado pedruscos de cantos afilados.

El puñetazo en las costillas había sido demasiado.

Tendría que haberse controlado. Todavía sentía clavada en la nuca la mirada de la enfermera.

Aquella mujer sabía perfectamente que él estaba detrás de las lesiones de Nicole.

Probablemente estuviera avisando a la policía en ese mismo instante.

Si Nicole moría, estaba perdido. ¡Maldita sea!

¿Cómo había podido perder los papeles de esa manera?

Y todo por aquel paquetito. Y eso que en la cajita no podía haber gran cosa.

A lo mejor Nicole se había pedido un pintaúñas.

Seguro que él podía permitirse esos cuatro euros.

Nils descargó un puñetazo contra el salpicadero y pisó el acelerador.

Diez minutos más tarde, de vuelta en el piso, fue a la cocina y fulminó el paquete con la mirada.

Aquel trocito de cartón tenía la culpa de su desgracia.

La rabia volvió a hervirle por dentro. Sacó un cuchillo del cajón y cortó el precinto para abrir el paquete.

Levantó la tapa y vio un papel blando que protegía el contenido.

Buscó una factura o al menos un albarán, pero no encontró nada.

Desplegó el papel despacio y sacó a la luz una caja de plástico azul oscuro de unos diez por cinco centímetros.

No se veía ninguna etiqueta. No parecía especialmente nueva.

Nils la abrió y arrugó la nariz. Le golpeó un olor repugnante, ligeramente dulzón.

Se quedó mirando el contenido y la dejó caer sobre la mesa de la cocina.

Nicole no había comprado nada de nada. En la caja de plástico había dos orejas cortadas.

Aquella imagen lo llenó de pánico. ¿Quién haría algo así?

Agarró el teléfono para llamar a la policía, y en ese momento sonó el timbre.

¡Maldita sea! El hospital la había avisado.

Aunque a lo mejor no era tan mala cosa. Así podían echarle un vistazo al paquete de inmediato.

Cruzó el pasillo a toda prisa y miró por la mirilla.

Efectivamente, delante había un policía.

Abrió la puerta de un tirón, pero, antes de que pudiera decir una sola palabra, un trapo apestoso le tapó la boca y la nariz.

Se desplomó y lo arrastraron de vuelta al interior del piso.

Todo ocurrió a una velocidad de vértigo.

Lo último que se le grabó a fuego en el cerebro fue la imagen que sus retinas habían capturado del interior del paquete. Después perdió el sentido.