Capítulo 8 #2
—¿Y bien? —le preguntó a Julia, expectante, pero ella se encogió de hombros.
—No tengo nada que añadir al reconocimiento del doctor Neumann —respondió, evasiva, porque no quería entrar en otra discusión delante de la víctima.
El fiscal jefe Kreitz se volvió hacia Christian Moeller.
—Acompañe a la señora Graupel al taxi, por favor. La llevará a casa —dijo y pasó por delante de Julia en dirección a la puerta.
—Venga, señora Schwarz. Tenemos que hablar.
—¿Puedes poner al día a Florian Kessler y a Martin Saathoff? —le pidió Julia a Lenja.
Lenja asintió. Julia siguió al fiscal jefe hasta su propio despacho y cerró la puerta tras de sí.
—Señor Kreitz, entiendo la presión a la que está sometido. Ya le he explicado al señor Moeller que desde la medicina forense no podemos demostrar la violación.
Bjoern Kreitz alzó las manos por encima de la cabeza.
—Natalie Graupel es ya la octava víctima de ese agresor. Tengo que detenerlo a toda costa.
—El señor Moeller me ha contado que, en realidad, las pruebas son sólidas. ¿Por qué necesita más con tanta urgencia?
—Ya sabe usted cómo son estas cosas en los tribunales. —Kreitz la miró fijamente—. La jueza que lleva el caso es muy garantista, por decirlo con suavidad. El sospechoso es padre de familia, sin antecedentes, de buena posición. En la acusación tiene que cuadrar absolutamente todo.
—Al menos hay una cosa que puedo ofrecerle —repuso Julia—. Esta vez, la droga de sumisión debería poder detectarse. Así tendría usted una explicación creíble de por qué faltan todos los rastros de la violación.
—Eso ayudaría. —El fiscal jefe Kreitz suspiró—. Aun así, me temo que acabarán dejando libre a ese tipo. Tenemos que poder demostrar que estuvo realmente en el lugar de los hechos.
En ese momento, a Julia le vino de nuevo a la memoria el relato de Natalie Graupel.
—El agresor utilizó un condón y lo tiró en el lugar de los hechos. Si no lo han hecho ya, tienen que acordonar la zona cuanto antes y buscarlo. Lo más probable es que quede semen dentro. Con eso podrían atraparlo.
—Eso no nos lo había contado —declaró Kreitz. Miró a Julia como si acabara de caerle un rayo encima y el semblante se le iluminó—. Es usted la mejor de todas, señora Schwarz —añadió y salió como una exhalación del despacho de Julia.
Julia soltó el aire y negó con la cabeza mientras lo veía marcharse.
Solo cabía esperar que la policía científica encontrara el condón y que por fin se pudiera demostrar la culpabilidad del Hombre Lobo.
En cualquier caso, la colaboración con la fiscalía la estaba sacando de quicio.
Le gustaba la gente ambiciosa, pero la manera en que los fiscales trataban al doctor Neumann le parecía intolerable.
Y eso valía sobre todo para Christian Moeller.
Julia sabía que su propio carácter tampoco caía demasiado bien a algunas personas del instituto.
Le habían colgado el mote de Dama de Hielo porque a menudo parecía inaccesible.
Pero ella nunca se comportaba como aquellos dos fiscales.
Suspiró y ahuyentó aquellos pensamientos.
Quizá, en este caso, tampoco le correspondiera a ella juzgar.
Cogió el catálogo que le había dado el doctor Eichner en el Instituto de Anatomía y lo abrió por la ilustración de las dos orejas.
Luego colocó al lado su propia fotografía de la autopsia y contempló pensativa los dos pares de orejas.
La muesca de la oreja izquierda —la que ella misma había retirado del cadáver durante la autopsia— era la única diferencia clara.
Pero esa lesión podía haberse producido con posterioridad.
Por lo demás, la estructura del pabellón auricular parecía muy similar.
Era una verdadera lástima que no fuera posible un cotejo de ADN.
Marcó mecánicamente el número de Florian.
—Hola, ¿te ha puesto ya Lenja al corriente? —preguntó sin más preámbulos.
—Sí. Martin ha hablado con ella. Ha dicho que ibas a pasarte enseguida con unas fotos que teníamos que comparar.
Julia sonrió. En realidad no tenía pensado pasarse a ver a Florian.
Pero ahora, al oír su voz, la asaltó de pronto una punzada de añoranza.
Además, podía esperar los resultados allí mismo.
Quería saber a toda costa si las orejas cosidas procedían del Instituto de Anatomía.
En ese caso, al menos, no tendrían que temer otra víctima.
—Un momentito —dijo y fue pasando los mensajes en el ordenador. Efectivamente, ya habían llegado los primeros resultados de laboratorio de la autopsia. Repasó los datos por encima: le daban la razón.
—Por cierto, nuestra víctima murió efectivamente de una sobredosis de insulina —le explicó a Florian—. La muerte se produjo la noche anterior al hallazgo del cadáver, entre la una y las cuatro.
—Eso significa que pudo haber sido Pavlo Burakow —concluyó Florian.
—Yo creo que sí. Pasó toda la noche en el recinto y habría tenido tiempo de sobra. Puede que incluso fuera un asesinato cometido a medias con la mujer que vimos en las imágenes de las cámaras de seguridad. ¿Habéis averiguado ya su identidad?
—Seguimos en ello. Tengo que colgar. Date prisa.
La línea quedó muda. Julia agarró su bolso, el catálogo de Anatomía y las fotografías de la autopsia.
No habían pasado ni veinte minutos cuando entró en la comisaría, donde ya la esperaban. Una agente joven, con el pelo rapado, acompañó a Julia a la primera planta, a las salas de interrogatorios.
—El inspector Kessler ha dicho que lo espere usted aquí. —Abrió un cuarto estrecho que se ocultaba tras el falso espejo de la sala de interrogatorios—. Pavlo Burakow se ha presentado con su abogado y lo están interrogando —añadió a modo de explicación y le indicó a Julia con un gesto que entrara.
Julia se sentó justo delante del falso espejo.
Pavlo Burakow parecía haber envejecido diez años.
Tenía arrugas profundas marcadas en la frente.
Miraba el tablero de la mesa con ojos vidriosos y se toqueteaba nervioso la barba con los dedos de la mano derecha.
Junto a él estaba sentado un hombre rubio, con la raya al lado y un traje azul oscuro.
Por lo visto, su abogado. Tenía la mirada clavada en Florian, sentado frente a él.
Julia solo podía verlo de espaldas. Martin Saathoff ocupaba la silla contigua.
Se había recostado y le dejaba a Florian llevar la conversación.
Julia llegó justo a tiempo: Florian se estaba presentando a sí mismo y a su compañero.
—Es muy de agradecer que haya venido usted a vernos por iniciativa propia. Por cierto, nosotros también nos habríamos puesto en contacto con usted en breve, porque han surgido novedades en el caso de asesinato que nos ocupa.
—Si me permiten intervenir un momento —dijo el abogado de Burakow tras carraspear—. Mi representado ha comparecido porque tiene algo sumamente importante que comunicar. Quiero subrayar que deseamos mostrarnos deliberadamente cooperativos.
—Eso suena bien —respondió Florian en tono neutro.
Aunque Julia no le veía la cara, sabía que había puesto su gesto de póquer.
Florian era un hombre empático, pero también sabía ser tan insondable como un lago profundo.
Julia contempló su espalda ancha y fuerte.
Era triatleta y muy atractivo. Le encantaba su pelo rubio, que contrastaba con la media melena negra de ella, y sus ojos azules, que en ese momento le quedaban ocultos.
Vio que el abogado animaba a Pavlo Burakow con un golpecito en el hombro. El calvo asintió, vacilante, y tomó aire.
—No les he contado todo —empezó, paseando la mirada, inseguro, entre Florian y Martin Saathoff—. Lo de la mujer muerta me descolocó por completo. —Respiraba con dificultad y se pasó la mano por la calva.