Capítulo 8
—Escuche, señor Moeller —dijo Julia, tratando de no dejar traslucir su irritación con el joven fiscal—. Sería pedirle demasiado a esa mujer que se sometiera a un segundo reconocimiento, máxime cuando yo no voy a llegar a otra conclusión que mi colega.
Se habían retirado a una sala de reconocimiento vacía de la unidad ambulatoria de medicina forense. Al lado esperaba una mujer que había sido víctima de una violación. Christian Moeller, que hasta entonces le había parecido a Julia más bien un adolescente apocado, no estaba dispuesto a ceder.
—Yo creo que esa mujer empezará a encontrarse mejor en cuanto lo hayamos encerrado.
—Moeller se acercó tanto a Julia que su perfume seco le cosquilleó en la nariz—.
Por favor, examine a la víctima. Para nosotros es un caso muy importante.
Queremos meter entre rejas a ese violador en serie como sea.
Hasta ahora no lo hemos conseguido. Esta mujer es ya su octava víctima.
Por eso la policía judicial nos informó de inmediato y ordenó el reconocimiento en medicina forense.
La agresión se produjo hace solo unas horas y es ahora cuando hay más posibilidades.
Puede que a su colega, el doctor Neumann, se le haya pasado algo por alto.
—¡Ya está bien! —soltó Julia y rechazó las acusaciones con un gesto enérgico—.
El doctor Neumann es uno de los forenses más experimentados que trabajan en este instituto.
Tengo plena confianza en su capacidad, y usted no es quién para poner en duda su competencia.
—Por el rabillo del ojo, Julia advirtió que Lenja se encogía ligeramente al oír su tono.
El joven fiscal, en cambio, no pareció impresionarse demasiado.
Siguió allí plantado, imperturbable, mirándola con aire desafiante.
Julia no se inmutó y, en efecto, al cabo de un momento Moeller apartó la vista y se volvió hacia el fiscal jefe Bjoern Kreitz.
Estaba sentado en la otra esquina de la sala y a todas luces no quería inmiscuirse.
El fiscal jefe, alto y espigado, tenía fama de hueso duro de roer.
Sus mejillas enjutas y la mirada afilada de sus ojos oscuros seguro que intimidaban a más de uno de los criminales que llevaba al banquillo.
Pero Julia no iba a dejarse amedrentar por sus maneras.
Al fin y al cabo, no era una subordinada suya ni le debía nada.
—Una violación no siempre puede demostrarse desde el punto de vista médico —repitió el doctor Neumann, ya por quinta vez—.
Por lo visto, el agresor utiliza lubricante.
En la última víctima encontramos restos.
Por esa razón no hay lesiones en la zona vaginal ni en los muslos.
—Enmudeció de golpe: Kreitz se había levantado de la silla y lo atajaba con un gesto.
—Está bien, doctor Neumann —dijo, como si hablara con un colegial—.
Sé que ha hecho usted todo lo que estaba en su mano y no dudo de su capacidad.
Lo que pretendo es que aquí trabajemos con una doble verificación.
Usted conoce el caso del Hombre Lobo y sabe que por la ciudad anda suelto un violador en serie al que por fin tenemos que sacar de la circulación.
Ese hombre solo parará el día que esté entre rejas.
—Los ojos castaño oscuro de Kreitz se posaron en Julia—.
Querida doctora Schwarz, lo único que le pido es que le eche un segundo vistazo a la víctima.
He hablado con Natalie Graupel y está de acuerdo.
No deberíamos hacerla esperar mucho más.
En ese momento, Julia volvió a ser consciente de que la mujer violada esperaba a menos de cinco metros, en la sala de reconocimiento contigua, a que alguien se ocupara de ella.
Solo de imaginársela allí, sentada todavía medio desnuda en el sillón ginecológico —después de todo lo que le había sucedido hacía unas horas—, le recorrió un escalofrío helado.
—Está bien —dijo—. Examinaré a esa mujer, pero solo para que por fin pueda irse a casa a descansar.
—Se dio la vuelta sin dedicarles ni una mirada más a los dos fiscales.
Semejante comportamiento se salía de cualquier trato mínimamente cooperativo.
Apoyó una mano en el hombro del doctor Neumann para demostrarle de qué lado estaba y pasó a la sala de al lado.
Una mujer jovencísima estaba acurrucada en la camilla, junto al sillón ginecológico. Había encogido las rodillas y tenía la cara hundida entre los brazos. Al notar la presencia de Julia, levantó la vista. Le brillaban las lágrimas en los ojos.
—Me llamo Julia Schwarz. Soy la directora de este instituto y me gustaría examinarla —empezó con toda la suavidad posible y se sentó junto a Natalie Graupel en la camilla—. ¿Se encuentra medianamente bien?
—Sí —logró decir la joven, pálida, con la voz ahogada—. El fiscal ya me había avisado.
—Cuénteme brevemente qué le ha ocurrido. ¿Se ve capaz?
Natalie Graupel asintió y se enjugó las lágrimas de las mejillas. Julia le tendió un pañuelo y esperó a que se calmara.
—Me han dicho que estuvo usted en un bar, ¿no? —preguntó Julia por fin, para que Natalie Graupel arrancara a hablar.
—Sí. Estaba con una amiga en el Moonlight.
Creo que alguien me echó algo en la copa.
De repente me entró un mareo tremendo. Todavía recuerdo que me sujetaron y me llevaron fuera.
Al salir al aire libre me encontré mejor, pero de pronto se me nubló la vista.
Perdí el conocimiento y no volví en mí hasta que todo había pasado.
—Sollozó con fuerza y hundió la cara entre las manos—.
Estaba tirada medio desnuda en la hierba de detrás del aparcamiento, y a mi lado, en cuclillas, estaba ese tipo con la máscara de lobo.
Al principio pensé que había ido a parar a una película de terror, pero entonces lo vi quitarse el condón y tirarlo.
Dijo que lo había pasado bien conmigo, y en ese momento comprendí que me había violado.
—De acuerdo. Lo siento muchísimo, de verdad. Ahora me gustaría examinarla otra vez brevemente. Podemos empezar aquí, en la camilla —dijo Julia y señaló la toalla que cubría las piernas desnudas de la mujer—. ¿Me permite? —preguntó y no retiró la toalla hasta que Natalie Graupel asintió.
—Túmbese boca arriba y relájese. Primero solo voy a examinarle la piel en busca de contusiones o arañazos. ¿Sintió dolor después de lo ocurrido?
—Estaba todavía demasiado aturdida y tenía un miedo espantoso.
—Natalie Graupel negó con la cabeza—. Por suerte, el Hombre Lobo se largó sin más.
Yo me quedé tumbada en la hierba. No sé cuánto tiempo.
En algún momento me encontró mi amiga. Se pasó media noche buscándome y me llevó al hospital.
Allí, la médica avisó enseguida a la policía.
—Dio un respingo cuando Julia le recorrió el muslo con el dedo.
—¿Le duele? —preguntó Julia y siguió palpando con cuidado.
—No. Me hace cosquillas.
Julia no encontró lesiones externas. Le examinó también los brazos, las manos y las uñas.
—¿Le ha tomado mi colega muestras de las uñas?
—De todos los dedos. —Natalie Graupel asintió con la cabeza—. Me explicó que a lo mejor yo había arañado al Hombre Lobo y que por eso podía haber partículas de su piel debajo de las uñas.
—Así es —murmuró Julia y le pidió a la paciente que tomara asiento en el sillón ginecológico—.
Será muy rápido —prometió. Sabía lo desagradable que resultaba aquella exploración precisamente para las víctimas de una violación.
Tenían que sentarse en aquel aparato, reclinarse y separar mucho las piernas mientras ella les dilataba la vagina con un espéculo y buscaba lesiones o restos de secreciones.
Tomó otra muestra. Con toda seguridad sacaría a la luz el lubricante, pero ningún rastro de semen.
Suspiró. Estaba segura al cien por cien de que el doctor Neumann ya había hecho exactamente lo mismo.
Prefirió no volver a extraerle sangre ni pedirle una muestra de orina.
El fiscal jefe no podía esperar de verdad que hiciera algo así.
Cuando Julia notó que la joven empezaba a temblar, se dio todavía más prisa.
—Ya hemos terminado —anunció poco después y ayudó a Natalie Graupel a bajar del sillón—. Ya puede vestirse.
Julia la acompañó hasta la cortina gris tras la que podía cambiarse.
—Siento de veras que haya tenido que pasar dos veces por todo esto. Sé lo duro que debe de ser. Pero queremos estar seguros de que no se nos escapa nada —dijo Julia con delicadeza.
Natalie Graupel suspiró y, de pronto, Julia volvió a acordarse de sus palabras.
—Por cierto, ¿la ha traído la policía directamente del hospital hasta aquí?
—Sí, me explicaron que era imprescindible que me examinara un médico forense, porque ese tipo probablemente ya había violado a varias mujeres.
Natalie Graupel salió de detrás de la cortina. Seguía terriblemente pálida.
—¿Quiere que le dé un tranquilizante? Conozco además a un psicólogo excelente que puede ayudarla a asimilar esta experiencia tan terrible.
Natalie Graupel apretó los labios. Probablemente no quería volver a llorar. Julia dio un paso hacia ella y estrechó entre sus brazos a aquella mujer menuda y frágil.
—No pasa nada. Llore tranquila. Desahoga mucho. Nadie espera de usted que se contenga.
A Natalie Graupel se le escapó un sollozo profundo.
Ahora las lágrimas le corrían a raudales por las mejillas.
Julia lo notaba en la blusa, que se le iba humedeciendo en el hombro.
Esperó a que el temblor que le recorría el cuerpo se apagara.
Luego sacó una caja de tranquilizantes del armario de los medicamentos.
—Tenga, si quiere, tómese una pastilla. De momento la ayudará.
Aun así, debería buscar cuanto antes apoyo psicológico.
—Julia le dio la tarjeta de un psicólogo especializado en víctimas de la violencia.
Luego acompañó a Natalie Graupel a la sala de al lado, donde el fiscal jefe Bjoern Kreitz la recibió con gesto preocupado.