Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

Tres años y medio antes

Anne notaba su mirada taladrándola y, aunque el hombre estaba sentado a varios metros, era como si la tocara.

Se encogió sin querer y deseó en el acto no haber puesto nunca los pies allí.

En aquella sala destartalada donde lo que le había ocurrido se trataba como un caso cualquiera.

Como si ella no fuera más que un titular del periódico.

Como si se pudieran despachar los hechos y seguir viviendo sin más.

—¿Qué ocurrió exactamente después de que se bajara usted del tren de cercanías? —preguntó la jueza, una mujer de rostro enjuto y ojos amables. Le hizo a Anne un gesto de ánimo con la cabeza, como si quisiera decirle que estaba de su lado.

Anne tragó saliva. El recuerdo de aquella noche irrumpió en su conciencia con tal fuerza que de pronto se sintió paralizada. Lo único que consiguió fue girar la cabeza con cautela. Hacia él. Hacia el hombre que le había hecho aquello.

Estaba sentado junto a su abogado defensor y sonrió con sorna cuando sus miradas se cruzaron. Ella apartó la vista de inmediato y se quedó mirando una zona porosa del suelo, como si así pudiera desterrar de su memoria aquella cara. Y cómo la había tocado. Su aliento y aquellos gemidos repugnantes.

—Comprendo que esta declaración le resulte difícil. Pero tiene que describirnos los hechos para poder respaldar el proceso. Por favor, inténtelo. —La jueza se inclinó hacia delante con gesto benevolente y le sostuvo la mirada. ¡Habla, o tendré que soltarlo! , parecían decir sus ojos.

Anne carraspeó con torpeza.

—Sí… bueno… después de una fiesta de empresa volví a casa en el tren de cercanías —empezó insegura y notó que todos los ojos de la sala estaban puestos en ella—.

Ya en el tren, ese hombre no dejaba de mirarme.

—Esta vez Anne prefirió no mirar en su dirección.

Aun así, sus miradas no le pasaron inadvertidas.

Se le contrajo el vientre como si la estuviera agrediendo de nuevo.

Tenía la sensación de que cada una de sus palabras la arrastraba otra vez a lo sucedido aquella noche.

La invadió un dolor insoportable. Un dolor que, lo sabía, no podía estar ahí.

Y que, sin embargo, era tan real que se levantó de un salto y huyó de la sala.

La jueza gritó su nombre. Varias veces. Pero no podía volver.

No aguantaba ni un segundo más cerca de aquel monstruo que la desnudaba con la mirada.

Una mano la agarró del brazo y la atrajo hacia sí.

—Anne, ¿qué haces? —En la cara de su marido se leía la incredulidad—. Tienes que declarar. ¿O quieres arriesgarte a que no lo condenen? La acusación necesita tu testimonio.

—Pero si encontraron su semen dentro de mí —musitó sin fuerzas, señalándose el vientre, como si su marido no supiera exactamente dónde la había manchado el fluido de aquel asqueroso.

—Anne, tranquilízate. Tú puedes. Eres una mujer fuerte. Estoy contigo. —Le hablaba con mucha suavidad. Su mano aflojó un poco la presión—. Ven, volvemos a entrar.

La llevó consigo por la sala del tribunal, con las piernas temblándole, hasta devolverla a su silla. A Anne le costaba respirar. La presencia de aquel malnacido era insoportable. Lo oía respirar. De pronto, él se puso en pie.

—Señor Laganis, debo llamarlo al orden —tronó por la sala la voz severa de la jueza—. Siéntese de nuevo o le impondré una buena multa.

Aquel nombre le sonó extraño en los oídos.

No encajaba con el monstruo que se había abalanzado sobre ella.

Ahora sí miró en su dirección. Al menos volvía a estar sentado en su sitio.

Tenía los labios apretados en dos líneas finas.

La miraba con rabia. Algo en sus ojos le dio de pronto fuerzas.

Quizá fuera porque aquel tipo no era en realidad ningún monstruo todopoderoso contra el que no pudiera defenderse.

Solo era un delincuente repugnante y pervertido.

Así lo había llamado siempre su marido. Por eso estaban hoy allí.

Anne se rehízo y prestó su declaración sin tomar aliento ni una sola vez.

Quería que aquel tipo acabara entre rejas.

Cuando terminó, sintió las manos de su marido sobre los hombros.

La levantó y ella se dejó caer sin fuerzas en sus brazos.

No dijo ni una palabra en todo el camino: ni al salir del edificio del tribunal ni de vuelta a casa.

Cuando por fin se tumbó en su cama, se le cerraron los párpados.

Se durmió temblando, perseguida por los ojos gélidos de Laganis, que seguramente ya no la soltarían nunca.