Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Aquí, en la primera mesa de autopsias, es donde la policía aseguró los restos de fibras.

Creo que también pudieron obtener huellas dactilares.

Pero no estaban registradas en ninguna base de datos.

—El doctor Eichner pasó de largo junto a la mesa y se dirigió a una puerta al fondo de la sala, que abrió.

—Tenemos que bajar un piso, a las catacumbas.

Allí guardamos las piezas anatómicas. Síganme, por favor.

—Les indicó con un gesto que entraran en una escalera oscura y encendió la luz, que se extendió fría y parpadeante.

En los tiempos de estudiante de Julia, y mucho antes de la última reforma, al sótano del Instituto de Anatomía lo llamaban simplemente «el gabinete de los horrores».

Cuando llegaron abajo, el olor a formol se intensificó de golpe.

En las cubas de inmersión alicatadas, dispuestas una junto a otra, se conservaban unos sesenta cadáveres.

Sobre cada cuba colgaba una hoja con la fecha de entrega del cuerpo y un número de identificación.

Eso era todo. Los datos personales no se comunicaban.

En las cubas yacían cuerpos completamente anónimos, sin nombre, sin edad, sin dato alguno.

Casi como si esas personas nunca hubieran existido, como si no tuvieran familia, nadie que las echara de menos.

Julia tragó saliva y clavó la vista en el número de la primera cuba.

Entregado hacía tres días. Un cadáver listo para que los estudiantes lo despiezaran trozo a trozo.

—Cada difunto recibe un número de identificación antes de la entrega.

Ese número se mantiene hasta la incineración, al final del semestre.

Durante el periodo lectivo, los cadáveres que usamos para las prácticas de disección se guardan en la cámara frigorífica, un piso por encima de nosotros, para que los estudiantes los tengan más a mano.

Pero eso ya lo conoce usted por experiencia propia.

—El doctor Eichner sonrió y les indicó a Julia y a Lenja que lo siguieran.

Atravesaron el enorme sótano y entraron en una sala más pequeña, donde se sucedían estanterías con las más diversas piezas anatómicas.

La primera estantería estaba vacía. Se detuvo ante ella con expresión afligida.

—Todo lo que había aquí ha desaparecido —explicó con la voz ligeramente quebrada. Julia notó hasta qué punto le afectaba el incidente. Se pasó la mano, nervioso, por el pelo ralo.

—Como ya he mencionado, se trataba de un total de veinte piezas anatómicas: manos, orejas, un cerebro y órganos internos. —Rodeó la estantería, abrió el cajón de un escritorio estrecho y volvió con una carpeta de archivo.

—Gracias a Dios tenemos todas las piezas registradas en nuestro catálogo. —Pasó unas cuantas páginas y acabó señalando con el dedo una fotografía de una oreja humana.

Julia sacó de inmediato su propia imagen del bolso y la puso al lado.

—Lástima que su foto no sea muy nítida —murmuró y analizó el hélix, el reborde engrosado del pabellón auricular, que discurría con bastante regularidad—. Es otra oreja —afirmó y señaló una muesca discreta.

—Pero eso también podría ser una lesión posterior. —El doctor Eichner frunció el ceño—. En mi opinión, las orejas podrían coincidir. Fíjese en el lóbulo. Es carnoso y muy marcado. Y si comparamos la segunda oreja que le cosieron a su víctima con la foto del catálogo, no se aprecian diferencias.

—Deberíamos pedirle a un experto informático que superponga las fotografías —propuso Lenja, que hasta entonces se había mantenido en un segundo plano.

—Es una buena idea —convino Julia y miró al doctor Eichner con gesto interrogante—. ¿Nos facilitaría el catálogo? Se lo entregaré al inspector que dirige la investigación de este asesinato.

—¿Serían tan amables de hacer unas cuantas copias en color? —Al doctor Eichner no parecía hacerle gracia; aun así, asintió—. Esta carpeta es todo lo que queda de las piezas de la estantería uno.

—Por supuesto. Le pediré a mi secretaria que digitalice las fotografías. Así seguro que no vuelven a perderse.

—Gracias. Es muy amable por su parte. Si repasa el catálogo, la equis roja le indicará si una pieza ha desaparecido.

Hasta ahora tenía la esperanza de que reaparecieran de algún modo.

Si de verdad hay estudiantes detrás del robo, pronto tendría que remorderles la conciencia.

Pero como, por lo visto, las piezas han ido a parar a manos de un loco, tendré que hacerme a la idea de que están perdidas.

—Soltó un profundo suspiro y le entregó el catálogo a Julia—.

¿Tienen alguna pregunta más o puedo ayudarlas en algo?

Julia negó con la cabeza.

—Gracias. Ya nos ha hecho avanzar un buen trecho. Me pondré en contacto en cuanto tenga novedades sobre las orejas.

Atravesaron de nuevo el sótano de las cubas de inmersión alicatadas y volvieron a subir las escaleras. Cuando llegaron arriba, sonó el teléfono de Julia. Al reconocer el número del instituto, contestó.

—Doctora Schwarz, necesito su ayuda —susurró el doctor Neumann, agitado—. El fiscal jefe Kreitz está aquí con su colaborador, el señor Moeller, y quieren de mí declaraciones sobre el caso del Hombre Lobo que no puedo hacer.

—Voy de camino —respondió Julia y se despidió a toda prisa.