Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Lo que me cuenta me recuerda en cierto modo a Frankenstein.

—El profesor Kallendorf escuchaba con atención y se dio unos golpecitos en la sien—.

Hace unas décadas participé en un caso en el que un asesino quería crear un ser humano nuevo y mejor a partir de restos de cadáveres.

—Volvió a contemplar las fotos y negó con la cabeza—.

Aquí, sin embargo, solo se trata de las orejas.

Qué extraño. ¿La víctima era dura de oído, o incluso sorda?

—Si oía mal, no lo sabemos. En todo caso, no llevaba audífono y, por lo demás, estaba completamente sana.

—Volviendo a su pregunta —dijo el profesor Kallendorf y se levantó con un quejido—.

Pues sí: hace dos semanas hubo un robo en nuestro instituto.

Se llevaron veinte piezas anatómicas. Se ocupó del asunto el doctor Eichner, mi colaborador científico.

Esperen, lo llamo para que se lo cuente él mismo. Él sabrá si entre ellas había orejas.

El profesor Kallendorf fue a su escritorio y llamó por teléfono.

Poco después entró en el despacho un hombre de unos treinta y cinco años, espigado, de pelo rubio ralo y con gafas.

Saludó primero a Julia con un apretón de manos flojo y después a Lenja.

Kallendorf esperó a que el doctor Eichner tomara asiento a la mesa de reuniones y lo puso brevemente al corriente.

—¿Puede describirles a las señoras el robo, por favor? —le pidió a su colaborador y le acercó las imágenes de la muerta y de las orejas cosidas.

El doctor Eichner contempló las fotos y se rascó la cabeza un buen rato. Entornó los ojos al llegar a la foto de las orejas. Luego dejó las imágenes y miró a Julia largamente antes de empezar a hablar.

—Como ya ha mencionado el profesor Kallendorf, hace dos semanas entraron a robar en el instituto.

La policía sigue sin saber quién está detrás.

Yo, personalmente, doy por hecho que fueron unos cuantos estudiantes que querían hacer una prueba de valor o montar una fiesta.

Porque no solo robaron piezas anatómicas: también pintarrajearon paredes y ensuciaron las mesas de autopsias de la sala de anatomía.

Encontramos restos de fibras encima. La policía científica aseguró algunas huellas, pero, como digo, hasta ahora no han identificado a ninguno de esos vándalos.

—El doctor Eichner hizo una breve pausa y suspiró—.

Por desgracia, estos excesos se repiten cada cierto tiempo.

Entre los estudiantes, por ejemplo, se considera una prueba de valor pasar la noche en la sala de autopsias o junto a un cadáver.

Normalmente no rompen nada ni dejan suciedad.

Por eso, en la gran mayoría de los casos hacemos la vista gorda.

Pero este robo superó todo lo que habíamos vivido en los últimos años.

Sospecho que se llevaron las piezas como trofeos.

Fue una broma de pésimo gusto. Todavía sigo reponiendo las que faltan.

Usted misma sabe lo laborioso que es elaborar buenas piezas anatómicas.

Solo puedo alegrarme de que cada año aumente el número de personas que donan su cuerpo a la ciencia.

Julia dio unos golpecitos sobre la fotografía de las orejas masculinas.

—¿Puede decirnos si estas piezas desaparecieron en el incidente?

—Han desaparecido orejas, ojos, manos y toda una serie de órganos internos.

—El doctor Eichner ladeó la cabeza, dubitativo—.

También hay un corazón y un cerebro. Con mucho gusto les copio mis anotaciones.

—Volvió a echar un vistazo a las fotos—.

Aunque no me puedo imaginar que el robo en nuestro instituto tenga algo que ver con este asesinato espantoso.

—¿Es posible hacer un cotejo de ADN? Seguro que registraron los datos del donante.

—Por desgracia, no. Por protección de datos, no nos facilitan los nombres de los donantes.

Todo está completamente anonimizado. Pero, si quieren, les enseño las dependencias de donde robaron las piezas.

Así pueden llevarse de paso la lista. Hay algunas fotos de las piezas desaparecidas; podríamos cotejarlas con las suyas.

—El doctor Eichner se levantó y le hizo un gesto a Julia con la cabeza.

—Con mucho gusto —respondió ella y se puso también en pie. Lenja la siguió, mientras el profesor Kallendorf seguía sentado.

—Hónrenme pronto con otra visita. Quiero saber cómo acaba este caso —dijo y sonrió.

Julia se despidió de él y siguió con Lenja al doctor Eichner a toda prisa; con sus largas piernas, parecía volar por los pasillos estrechos. Las condujo directamente a las salas de anatomía.

—Los autores entraron primero en la sala de anatomía número tres y desde allí llegaron al sótano, donde guardamos las piezas anatómicas —explicó—.

Cerramos con llave todas las noches, pero no sirvió de mucho.

Forzaron la puerta. La policía aseguró todas las huellas e interrogó a los estudiantes y a todos los empleados, desde el conserje hasta el personal docente y los ayudantes estudiantiles.

Por desgracia, no dieron con los autores.

El doctor Eichner abrió la puerta y al instante les golpeó el hedor a formol.

No es que en el instituto forense oliera bien, pero su olor no llegaba a la nota punzante del conservante.

Julia arrugó la nariz y entró. Cinco mesas de autopsias se alineaban a cierta distancia unas de otras.

Sobre ellas colgaban lámparas y sistemas de ventilación, moles imponentes de acero inoxidable que daban a la sala un aire aún más irreal.

Julia recordaba demasiado bien sus primeros intentos de diseccionar un cadáver.

Le había costado un enorme esfuerzo cortar la carne de un ser humano, aunque los cuerpos conservados en formol se diferenciaran mucho de un muerto sin tratar.

Aquellos cadáveres pálidos y exangües tenían algo artificial y apenas recordaban a la persona viva que un día hubo detrás.

Todo lo contrario que los muertos de medicina forense.