Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 6
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Capítulo 6

Julia leyó el resultado del test: su sospecha se confirmaba.

—Formaldehído —dijo pensativa y contempló las orejas exangües que ya había separado del cadáver de la joven.

—Casi diría que alguien se ha servido en el instituto de anatomía —bromeó Lenja, pero acababa de decir en voz alta lo que Julia estaba pensando.

—Creo que después de la autopsia deberíamos pasarnos por allí —repuso Julia y siguió examinando la piel del cadáver—. Pero antes tenemos que averiguar la causa y la hora de la muerte.

Habían desnudado por completo a la muerta y tampoco en los brazos habían encontrado rastros de violencia.

El cuerpo parecía casi intacto. A Julia le extrañaba.

Casi siempre había señales de defensa. Por débil que fuera una víctima en comparación con su agresor, nadie se rendía sin oponer resistencia.

Pero en ella no había absolutamente nada que apuntara a una pelea.

Julia se preguntó si la víctima y el asesino se conocían.

Quizá la mujer había dejado entrar a alguien en su piso y luego la habían envenenado.

Sería una explicación posible. Sin embargo, no encontraba indicios externos de esa hipótesis.

Había venenos clásicos que se delataban con relativa rapidez.

Una intoxicación por monóxido de carbono, por ejemplo, producía livideces cadavéricas de un rojo claro; el cianuro, a menudo, un olor a almendras amargas; y la atropina, un veneno neurotóxico procedente de la belladona, provocaba una dilatación de las pupilas.

Podría alargar esa lista hasta el infinito.

Pero en la mujer de la mesa de autopsias no había nada parecido.

Tendría que tomar un buen número de muestras en el examen interno, eso estaba claro.

Quizá a la muerta la habían matado con una sustancia que solo podía detectarse en el laboratorio. Julia frunció el ceño y miró a Lenja.

—Vamos a repasar la piel otra vez de arriba abajo. Tú te encargas del lado izquierdo y yo del derecho. Solo quiero asegurarme de que no hay ninguna señal externa de la causa de la muerte. Tenemos que ser minuciosas.

Lenja asintió y se puso manos a la obra de inmediato. Empezaron por el cráneo y bajaron sistemáticamente hasta los pies.

—Nada —gimió Lenja mientras inspeccionaba los muslos, y negó con la cabeza—. Si no le hubieran cortado las orejas ni la hubieran encontrado atada con correas a una camilla en un contenedor, casi creería que fue una muerte natural.

Julia no contestó. Examinaba los espacios entre los dedos de los pies con la máxima concentración, ayudándose de otra lámpara. Tres puntos diminutos de un rojo oscuro entre el primer y el segundo dedo le llamaron la atención.

—He descubierto algo —anunció y señaló los puntos—. Son marcas de punción. Muy finas. —Levantó la vista hacia Lenja—. Creo que los pinchazos no son de una jeringuilla normal, porque apenas se ven. Es posible que se usara una pluma de insulina o alguna otra aguja muy fina.

Lenja abrió los ojos de par en par.

—¿Quieres decir que pudieron matarla con una sobredosis de insulina?

—Puede ser —asintió Julia—. No hemos visto otras marcas de punción.

Así que, por lo visto, la muerta no era una diabética que tuviera que pincharse con regularidad.

Una sobredosis alta de insulina provoca una hipoglucemia.

La víctima entra en coma y muere. No sería el primer asesinato con insulina.

Tenemos que extraer ahora mismo humor vítreo y tejido de alrededor de las marcas de punción; así podremos demostrar la sobredosis.

—¿Y si resulta que sí era diabética? —preguntó Lenja, escéptica.

—Eso lo veremos enseguida en sus órganos internos. En ese caso, los riñones deberían presentar alteraciones. Tendríamos que encontrar una degeneración grasa y opacidades de un tono entre amarillo y rojizo.

Julia cogió el bisturí y practicó una incisión arqueada en el cráneo.

—Empecemos por la cavidad craneal y luego miramos el abdomen.

Abrió la bóveda craneal y fue seccionando con mano experta las distintas capas de tejido humano.

Después de tantos años, Julia ya no sentía repugnancia al hacerlo.

Al contrario: le parecía fascinante lo mucho que se parecían los cuerpos humanos por dentro, cuando por fuera su aspecto podía variar tanto.

Esperó a que Lenja inspeccionara también el cerebro, que no presentaba ninguna anomalía.

Después siguieron hacia la cavidad abdominal y tomaron numerosas muestras de fluidos corporales y de tejido, hasta que por fin tuvieron en las manos un riñón completamente sano.

—Pues la muerta no era diabética —concluyó Julia y colocó el órgano en la báscula—. Aunque, por supuesto, aún tenemos que esperar a los resultados del laboratorio.

Continuaron con el resto de los órganos de la cavidad abdominal, los examinaron y los devolvieron después a su posición original. Cuando terminaron de suturar con esmero todas las aberturas, Julia se quitó los guantes de goma y los tiró al cubo de la basura.

—Recapitulemos la autopsia —dijo Julia—.

La mujer estaba, por lo visto, perfectamente sana.

No es de extrañar. Tenía como mucho veintitantos años.

Puede que solo veinticinco. Aparte de las orejas amputadas, no hay el menor indicio de violencia externa.

No fue violada. Es posible que la redujeran, por ejemplo, con droga de sumisión o incluso con cloroformo.

De otro modo no se explica la ausencia de heridas de defensa.

Tampoco hemos encontrado partículas de piel ajena bajo sus uñas.

—Se pasó la mano por el pelo, pensativa—.

Tenemos que averiguar por qué el asesino le amputó las orejas y le cosió otras.

A mí el trabajo no me parece de un profesional, pero tampoco de un principiante absoluto.

Lo mejor será empezar a buscar allí donde resulta más fácil conseguir partes del cuerpo humano en formol.

—Llamó a un asistente para que devolviera el cadáver al cajón frigorífico y se puso en camino con Lenja.

Ni treinta minutos después entraban en el Instituto de Anatomía de la Universidad de Colonia.

Julia se sintió transportada de inmediato a sus años de estudiante mientras recorrían los pasillos del viejo edificio y se detenían ante el despacho del profesor Kallendorf.

El hombre debía de ser ya un anciano. Durante la carrera, él le había conseguido un puesto en medicina forense.

Ella había querido entrar allí a toda costa, porque tras la muerte de su hermano pequeño, Michael, no había vuelto a encontrar la paz.

A los doce años, Michael había sido víctima de un asesino de niños y, pese a todos los esfuerzos, la policía no había logrado atrapar al culpable durante años.

Julia respiró hondo y llamó a la puerta de su antiguo profesor.

—Adelante —respondió una voz femenina clara. Era la actual secretaria del profesor Kallendorf.

Hacía más de una década que Julia no pisaba aquel despacho y, aun así, apenas había cambiado nada.

—Me llamo Julia Schwarz. Soy la directora del Instituto de Medicina Forense, y esta es mi ayudante, Lenja Nielsen. Necesitamos tratar un asunto urgente con el profesor Kallendorf. Se trata de un caso de asesinato.

—Por supuesto —respondió la secretaria con los ojos muy abiertos y cogió el teléfono—. Están de suerte: el profesor no tiene ninguna cita en este momento. Ahora le aviso.

Un minuto más tarde, Julia abrió la puerta del despacho y vio a su antiguo profesor, que apenas había cambiado.

Quizá la melena gris brillaba con un tono algo más plateado y en la cara habían aparecido algunas arrugas más, pero los ojos del profesor relucían tan despiertos e inteligentes como en sus tiempos de estudiante.

—Julia Schwarz —la saludó el hombre, de casi setenta años, y se levantó de su sillón giratorio—.

Es un placer dar la bienvenida a la directora del instituto forense.

¿Cuánto hace que no nos vemos? —Le tendió la mano—.

Tiene usted buen aspecto —comentó y dirigió entonces la mirada a Lenja—.

Usted, en cambio, no estudió conmigo —observó y señaló una mesa redonda de reuniones con varias sillas—.

Siéntense y cuéntenme en qué puedo ayudarlas.

Julia presentó brevemente a Lenja.

—La señora Nielsen es de Finlandia y estudió allí —explicó y a continuación sacó de su bolso unas fotografías de la muerta y de las orejas cosidas—. Por cierto, la última vez nos vimos en su conferencia sobre toxicología forense. Una aportación muy interesante, en mi opinión.

—Vamos, Julia, no me diga. —El profesor Kallendorf esbozó una sonrisa—. Seguro que no pude contarle gran cosa nueva. —Cogió las fotos y las estuvo mirando un buen rato.

—Por lo que veo, se enfrentan a un caso de asesinato de lo más retorcido. ¿Quién le cose a una mujer unas orejas de hombre medio descompuestas? ¿Y qué las trae por aquí exactamente? Supongo que la autopsia ya está concluida.

—Así es —respondió Julia—. Sospechamos que a la muerta la mataron con una dosis alta de insulina.

Aunque los resultados del laboratorio aún no han llegado.

No encontramos huellas físicas de abuso sexual.

Las orejas se amputaron post mortem y se sustituyeron por las de un hombre.

Las suyas han desaparecido, y su identidad también sigue sin aclararse.

Hemos venido porque las orejas cosidas estaban conservadas en formol y nos preguntamos si alguien pudo robarlas de la universidad.

¿O se le ocurre a usted algún otro lugar?

Me temo que, si no, tendremos que ponernos a buscar a una víctima masculina.