Capítulo 5
Teresa se apartó un mechón de la frente con gesto cansado.
Hoy estaba sola con los treinta pacientes de su planta del hospital.
Se había dado de baja el compañero con el que solía repartirse el estresante día a día.
Cierto que tenía a su lado a una joven médica residente, pero aquella recién graduada, paliducha, llevaba poco más de un mes en el oficio.
En realidad servía, como mucho, para sacar sangre y controlar las constantes vitales.
Quizá pudiera echarle una mano con el ingreso de pacientes nuevos, pero probablemente ahí se acababa todo.
Teresa suspiró frustrada y echó un vistazo a unas cuantas historias clínicas.
No tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir a aquel día.
Aún no era mediodía y ya se sentía tan exprimida como si hubiera corrido un maratón por el desierto.
—¿Puedes ir a la habitación cuatro y tomar la tensión, por favor?
Yo voy enseguida —le dijo a la residente y estudió concentrada los datos de la paciente.
A la señora Meyer la habían ingresado con problemas circulatorios.
Su tensión arterial había alcanzado cotas de vértigo y habían conseguido bajarla con un medicamento de urgencia.
Pero un solo fármaco no solía bastar a la larga.
Muchos pacientes hipertensos tenían que tomar dos o tres a la vez.
La residente se marchó a toda prisa. En ese mismo momento sonó el teléfono.
—Buchholz —contestó Teresa y se levantó de un salto. Llamaba la residente de la planta vecina. Estaba completamente sola y necesitaba ayuda urgente. Un paciente vomitaba sangre a borbotones. Teresa echó a correr de inmediato.
Un hombre con la cara blanca como la cera yacía sin fuerzas en la cama. Teresa le tomó el pulso mientras un chorro de sangre de un rojo vivo volvía a salirle de la boca.
—Hace tres semanas tuvo un infarto —le explicó la médica, nerviosa—. Desde entonces toma anticoagulantes.
Teresa soltó una maldición. Los anticoagulantes aumentaban el riesgo de hemorragia gástrica, y el color de la sangre apuntaba precisamente a eso.
—Necesitamos una gastroscopia urgente para detener la hemorragia.
Llame al adjunto. Yo lo llevo a urgencias.
—Teresa soltó los frenos de la cama y salió disparada.
Ahora contaba cada minuto. Pulsó con fuerza el botón del ascensor.
Precisamente hoy el ascensor se tomaba su tiempo.
El paciente volvió a vomitar sangre. Los párpados le temblaban.
Teresa le puso una mano en el hombro para tranquilizarlo.
—Señor Wagner, intente respirar con calma. Vamos a ayudarle. Todo irá bien. —Esperaba haber sonado más o menos convincente, porque en realidad la situación era cualquier cosa menos buena. El hombre estaba al borde del colapso. Con un poco de mala suerte, no sobreviviría a la hora siguiente.
Por fin se abrieron las puertas del ascensor y Teresa metió la cama con el enfermo.
El corazón se le salía del pecho. Tenía que salvar a aquel paciente.
Esa era la razón por la que trabajaba en el hospital.
Quería salvar vidas y hacer el bien. El ascensor se detuvo y Teresa empujó la cama pasillo abajo a toda prisa.
Comprobó aliviada que el adjunto acababa de llegar.
La saludó con la cabeza y examinó al paciente.
—¿Dónde está la infusión? —le espetó—. Tenemos que estabilizarle la circulación.
Teresa miró al adjunto horrorizada. Con todo el ajetreo, se había olvidado de ponerle una infusión.
Maldita sea, aquello no debería haberle pasado.
Él no esperó su respuesta. Dio instrucciones con brusquedad a dos enfermeros, que se llevaron de inmediato al paciente al quirófano.
Teresa los vio ponerle un acceso venoso.
Una enfermera le colocaba electrodos en el pecho.
Un enfermero cerró la puerta y dejó a Teresa en el pasillo.
Se quedó allí de pie, conmocionada, incapaz de moverse durante unos segundos.
Había cometido un error. Otra vez. Se le quedaron las piernas como flanes.
De pronto notó el enorme agujero negro que tenía en el estómago.
Ni siquiera había desayunado. La invadió un ligero mareo.
Aun así, se metió en el ascensor para volver a su planta.
Tenía muchísimo trabajo por delante. Se comería una barrita de muesli a toda prisa y luego vería qué podía hacer por los demás pacientes.