Capítulo 4
—Pues yo juraría que el tío de la grabación es ese testigo —refunfuñó Martin Saathoff, que se pasó la mano por el pelo. Lanzó una mirada a Lenja y se hizo a un lado—. Mire usted misma. Asegura que ha saltado la valla, y en realidad ha entrado tan tranquilo por la puerta. ¿Por qué miente?
Lenja se abrió paso junto a Julia, que estaba detrás de Florian.
Les habían dado acceso al minúsculo despacho del recinto.
La habitación medía como mucho diez metros cuadrados.
El encargado no había podido decirles quién tenía alquilado el contenedor donde estaba la mujer muerta.
A cambio de tres meses de alquiler pagados por adelantado y en efectivo, había renunciado a anotar los datos personales.
Según decía, ni siquiera recordaba ya si el inquilino era un hombre o una mujer.
Florian estaba sentado ante el ordenador y había empezado a reproducir el vídeo de las cámaras de seguridad de la noche anterior.
En pocos minutos habían dado con el primer resultado: un hombre que entraba en el recinto poco después de medianoche.
Lenja observó la sombra negra que se colaba por la puerta de entrada y miraba nerviosa a todas partes.
—La verdad es que está bastante oscuro. Yo no reconocería al tipo ni aunque fuera mi novio.
Martin Saathoff enarcó las cejas y sonrió de medio lado.
—No seguirá con ese estudiante, ¿verdad?
La cara de Lenja se ensombreció al instante. Saathoff la miró sorprendido.
—Lo siento. No lo decía en ese sentido. Vaya, me parece que he metido la pata. —Cambió el peso de un pie a otro, azorado.
Julia sonrió para sus adentros. A veces maldecía al compañero de Florian, porque siempre se le iban los ojos detrás de las mujeres jóvenes.
Sin embargo, parecía interesarse de verdad por Lenja; de lo contrario, no se habría fijado ni de lejos en su mal humor.
Para Julia, Martin Saathoff no era precisamente de los más sensibles.
—No pasa nada. —Lenja hizo un gesto para quitarle importancia y le dejó sitio a Julia—. Anda, míralo tú otra vez. A lo mejor consigues distinguir algo.
Julia se ajustó las gafas y estudió al hombre durante un rato. Al mismo tiempo, evocó la cara del ladrón Pavlo Burakow.
—¿Podrías aclarar la imagen? —le preguntó a Florian, que había detenido el vídeo justo cuando el hombre entraba en el recinto.
—Marchando —respondió y subió el brillo.
Julia entornó los ojos y recorrió la pantalla con la punta del dedo. Era difícil decir si había pelo en aquella cabeza o si la borrosidad se debía a la mala calidad de la imagen. Se trataba de una toma nocturna: apenas se distinguían unos contornos imprecisos.
—¿Puedes reproducir el vídeo otra vez? No veo bien si este hombre está calvo. Pero de perfil deberíamos distinguir la barba cerrada.
Florian buscó un punto en el que el hombre miraba hacia un lado.
—Pues sí que lleva barba el tío. Podría ser Burakow de verdad —soltó Florian.
—Entonces sí que nos habría tenido bien engañados —gruñó Martin Saathoff—. La cuestión es por qué quiso hacernos creer que había saltado la valla. Deberíamos apretarle bien las tuercas a ese tipo.
—Paso el vídeo a nuestros técnicos. Quizá puedan sacarle más partido al material. En todo caso, la forma de andar de ese hombre encaja con la de nuestro testigo.
—Es raro que llamara a la policía. Sin su aviso, seguramente el cadáver no habría aparecido hasta semanas después, si no meses —hizo notar Julia.
—A muchos asesinos les gusta presentarse ante la policía judicial como testigos. A lo mejor este Burakow es uno de esos. —Florian dejó correr el vídeo—. A ver qué más pasó aquí esa noche.
Clavaron la vista en la pantalla, que no era precisamente grande.
Al principio no ocurrió absolutamente nada.
Florian pulsó el avance rápido. Aun así, la imagen parecía congelada.
En todo ese tiempo no se vio ni una mosca.
Nada. Lenja no paraba quieta. El cuartucho y el aire viciado les exigían una buena dosis de paciencia.
—Tengo que estirar las piernas —anunció Lenja al cabo de un rato, cuando seguía sin pasar nada.
—Ahí viene un coche —exclamó Florian y alzó de golpe el índice. El reloj de la grabación marcaba la una de la madrugada.
Lenja se quedó en la habitación y observó absorta la pantalla.
Un coche rojo se acercaba a la puerta. La ventanilla bajó y una persona intentó meter la llave en la cerradura de la columna.
Pero la distancia entre el coche y la columna era demasiado grande.
La persona se asomó por la ventanilla y lo intentó de nuevo.
Finalmente se bajó del coche y metió la llave en la cerradura. La puerta se abrió despacio.
—Es una mujer —soltó Julia—. Menuda y con el pelo largo. Desde luego, no es nuestra víctima.
—Cierto —gruñó Saathoff—. Avanza un poco más.
Florian siguió examinando a la mujer durante un rato y detuvo la grabación cuando cruzaba la entrada con su coche.
—Ahí está la matrícula. Se lee perfectamente. —La anotó, y la grabación siguió corriendo.
De nuevo tuvieron que armarse de paciencia. Entre las dos y las cuatro de la madrugada, en la entrada del recinto no se veía ni un alma. Hacia las cinco, un pájaro reparó en la cámara y la atacó. Se posó sobre la carcasa y se puso a golpear la lente con el pico.
—Si fuéramos unos amantes de los animales, estas imágenes serían el gordo de la lotería —gruñó Martin Saathoff, cada vez más frustrado.
En efecto, hacia las siete y media empezó a clarear. No había aparecido ningún visitante más, y ni el barbudo ni la mujer habían vuelto a salir.
—¿Hay también vídeo de la noche anterior? —preguntó Saathoff y bostezó con ganas.
—Por desgracia, no. Se graban encima cada veinticuatro horas. Si el cadáver se colocó en el contenedor antes de la noche anterior, no hay forma de ver al autor o a los autores en las imágenes de las cámaras.
—Menuda faena —masculló Saathoff—. Así que ahora los técnicos tienen que averiguar si el hombre del vídeo es Burakow.
—También tenemos que investigar a la conductora del coche rojo. Nadie dice que el asesino tenga que ser necesariamente un hombre —apuntó Julia. Martin Saathoff torció el gesto con escepticismo.
—Julia tiene razón —dijo Florian—. Sobre todo porque el coche se quedó en el recinto por lo menos hasta las ocho. Todavía no lo hemos visto salir.
—¿Y qué hace una mujer en plena noche, y encima durante horas, en este recinto? —Julia volvió a fijar la vista en la grabación—. Mirad. Son casi las nueve. Ahora sale. Por poco se topa de frente con los compañeros.
—Y el hombre al que antes no conseguíamos reconocer va sentado a su lado en el coche —dijo Florian y detuvo la grabación una vez más.
Todos miraron el monitor en silencio.
—Burakow —confirmó Julia—. Pues sí que os debe unas cuantas explicaciones.