Capítulo 3
Cuatro años antes
Anne quería a su marido, pero ahora, cuando él la tocaba, sentía que aquello no estaba bien.
Las yemas de sus dedos le dejaban un ardor sordo en la piel.
Cogió aire y lo soltó. No sirvió de nada.
Lo miró fijamente. Él tenía los párpados cerrados y ella le veía la pasión en la cara.
Anne no debía cerrar los ojos; eso ya lo había comprendido.
En cuanto lo hacía, aparecía él . El hombre que la había atacado hacía unos meses.
Entonces daba igual quién estuviera encima de ella.
Era siempre él , y el contacto era siempre el suyo.
Su peso y sus músculos fuertes, que le habían separado los muslos a la fuerza. La penetró y ella soltó un grito.
—¿Va todo bien, cariño? —preguntó su marido, y ella notó cómo salía de ella. Por fin se sintió liberada. Se avergonzó un poco, porque sabía que debería sentirlo de otra manera.
—Sí, estoy bien —susurró y bajó la mirada. No quería que su marido viera el dolor que le había abierto un agujero profundo en el alma. No quería que él dejara de quererla, ni que empezara a sentirse rechazado. De ninguna manera podía permitir que aquella maldita violación le destrozara la vida.
Ojalá no hubiera cogido el tren. Desde que se había sentado al fondo del vagón, había notado las miradas de aquel monstruo. Pero había sido demasiado arrogante, demasiado segura de sí misma. Ni en sueños se le habría ocurrido que aquel tipo fuera a seguirla.
¡Pero aquello fue un error de consecuencias fatales!
Se había bajado del tren de cercanías tres paradas después y solo quería llegar a casa.
Ya era medianoche y había bebido demasiado.
El director había invitado a todo el equipo por su cumpleaños.
Lo hacía todos los años, y a Anne le encantaba la cena en el italiano al que los llevaba.
En eso no escatimaba nada. El vino que elegía estaba delicioso, y no digamos la pasta.
Todos se habían ganado a pulso aquella velada.
Dejaban atrás un curso escolar difícil. En el claustro de su colegio de primaria se habían acumulado las bajas por enfermedad.
Aun así, habían conseguido reducir al mínimo las horas de clase perdidas.
Cada uno había puesto su granito de arena.
Y por eso disfrutaron de la celebración.
En realidad, Anne no quería beber más de una copa, porque el vino tinto se le subía enseguida a la cabeza.
Pero al final fueron tres copas bien llenas.
Animada, caminó con su mejor amiga y compañera hasta la estación de cercanías.
En el andén se despidieron, porque ella tenía que ir en dirección contraria.
Nada más sentarse en el vagón, Anne se fijó en el tipo de los ojos oscuros. La miraba fijamente con unas pupilas enormes, de un negro abisal. Probablemente iba drogado. Ignoró aquella mirada inquietante y no le dio más vueltas. Era joven y atractiva. Muchos hombres la miraban.
Aun así, unos minutos después se le hizo insoportable y se cambió de sitio.
Ahora estaba sentada de espaldas a él, así que ya no tenía que aguantar su mirada.
De hecho, se sintió mejor de golpe. Pero poco después creyó notar pinchazos en la nuca.
Sabía que solo podían ser imaginaciones suyas.
Probablemente el tipo seguía mirándola. Intentó con todas sus fuerzas no pensar en él.
Pero en algún momento no aguantó más y se volvió con disimulo.
Aquel asqueroso no solo la examinaba: la desnudaba literalmente con la mirada.
Ya casi estaba en casa. Tenía que bajarse en la siguiente parada.
Se levantó de un salto y esperó junto a la puerta.
Cuando el tren se detuvo, bajó de un brinco y echó a andar deprisa calle abajo.
Estaba a punto de respirar aliviada cuando de pronto oyó pasos a su espalda.
Supo, sin necesidad de volverse, que era él.
A partir de ese segundo, todo ocurrió a cámara lenta.
El corazón le dio un vuelco. Caminó más deprisa.
Los pasos de él también se aceleraron. Echó a correr.
Estaba oscuro y la calle, desierta. Anne tropezó con algo.
Se tambaleó, logró recuperar el equilibrio en el último momento y quiso seguir corriendo, pero el hombre la agarró por los hombros.
—¡Suéltame! —gritó desesperada.
Nadie la oyó. La mano de él le tapó la boca con fuerza.
Apenas le llegaba el aire. La arrastró a una calle lateral.
Se defendió como pudo, pero sus patadas parecían rebotar contra él.
Él la tiró al suelo y la aplastó contra la acera con todo su peso.
El suelo duro le hacía daño. Le mordió los dedos.
Sabían a suciedad y a polvo. Un asco. Él le sujetó la cabeza con tanta fuerza que se le oscureció por completo la vista.
Estaba encima de ella y gemía. Lo notó restregarse contra ella, y entonces, de pronto, él tenía aquel cuchillo.
—Ni un ruido —la amenazó y le apoyó el cuchillo contra la garganta.
Cuando le tiró del pantalón y le desgarró las bragas, algo se rompió en lo más hondo de ella.
Miró aquellos ojos de un negro azabache y sintió que se precipitaba en un abismo sin fondo.
Estaba allí tendida, completamente indefensa, y deseó estar muerta.
Solo quería dejar de sentir. Pero no murió.
Tuvo que soportar el dolor hasta que él por fin terminó.
La dejó tirada en la calle como si fuera basura.
Anne apenas podía moverse. Con sus últimas fuerzas sacó el móvil del bolso y llamó a su marido.
Empezó a llover, pero ni así consiguió levantarse.
Se quedó allí tendida, con la esperanza de que la lluvia le lavara el dolor.
Y la sensación de haber sido utilizada. Incluso cuando llegó su marido siguió allí, completamente inmóvil.
Estaba tan empapada que temblaba de pies a cabeza.
—Quizá deberíamos esperar un poco más —dijo su marido en voz baja y arrancó a Anne bruscamente de sus dolorosos recuerdos.
—¿Qué? —preguntó ella, ausente, parpadeando para borrar la imagen del violador.
—Me refiero al sexo. No tienes que hacerlo por mí. Tengo la sensación de que todavía no estás preparada.
Miró los ojos llenos de cariño de su marido y negó con la cabeza.
En realidad quería decirle que se equivocaba.
Que no era para tanto. Y que hacía tiempo que había pasado página.
Quería volver a la normalidad. A la vida que llevaban antes de aquella experiencia espantosa.
Pero no le salió ni una palabra. En lugar de eso, las lágrimas le subieron de golpe y desdibujaron el rostro que tenía delante.
Sin que ella lo quisiera, a través del velo de lágrimas, aquel rostro se transformó en el del monstruo.
Anne no pudo evitarlo. Lo apartó de un empujón y empezó a gritar a pleno pulmón.