Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Capítulo 2
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Capítulo 2

El instituto forense de Colonia estaba en el Melatenguertel, junto a un cementerio enorme.

Julia salió de allí al volante de su destartalado Golf, que llevaba años queriendo cambiar.

Al cabo de un rato torció por una calle que se adentraba en un extenso polígono industrial.

Pasó junto a chatarrerías y concesionarios de coches usados que anunciaban sus ofertas a bombo y platillo.

Y junto a naves fabriles medio derruidas que hacía mucho habían dejado atrás sus mejores tiempos.

Un cartel desgastado por la intemperie señalaba el camino a una fábrica de cartonajes.

Tres tanques oxidados y desmesurados se alzaban como bloques de pisos contra el cielo gris del invierno.

Hoy, las nubes espesas no dejaban pasar ni un rayo de sol.

Hacía un frío glacial. La calefacción del coche luchaba en vano contra él.

Menos mal que ella y Lenja llevaban abrigos de invierno forrados.

—Tiene que ser ahí delante —dijo Lenja, emocionada, y se frotó las manos.

Julia no había querido dejarla en el instituto.

En realidad, con el volumen de trabajo que tenían, su decisión no era muy sensata; por otro lado, Lenja parecía tan hundida que quizá le viniera bien distraerse un poco.

A Lenja le encantaban las salidas al lugar de los hechos.

El doctor Neumann había asumido a última hora la autopsia del abogado fallecido.

Julia conocía de sobra las dudas que trae consigo el amor.

De momento estaba en una nube, aunque eso podía cambiar cualquier día.

Irse a vivir con Florian seguía sin ser una opción para ella, pero al menos ya había dejado algunas cosas personales en casa de él.

Sorprendentemente, le sentaba bien; de algún modo, le parecía lo correcto.

En casa de Florian empezaba a sentirse un poco como en la suya.

Lanzó una mirada de reojo a Lenja, que observaba como hipnotizada las cintas del cordón policial.

Hasta hacía unas semanas, su ayudante estaba loca por Marcel.

Pero algo tenía que haber pasado entretanto.

A Julia le costaba creer que todo se debiera únicamente a que Marcel bebía.

Sonaba más bien a excusa, aunque quizá Lenja ni siquiera fuera consciente.

Aparcó el coche en el arcén, ante una cinta de precinto de rayas rojas y blancas.

En el recinto que tenían delante se alineaban cientos de contenedores que se alquilaban baratos como trasteros.

La zona parecía casi una pequeña ciudad.

Julia se preguntó qué guardaría la gente en aquellos contenedores.

Ella no era de acumular ni de coleccionar cosas.

En su sótano había unas cuantas herramientas y una bicicleta, nada más.

Bajaron del coche y una agente de policía las recibió de inmediato.

—¿Son ustedes de medicina forense? —quiso saber la joven y les pidió que le mostraran las acreditaciones.

—Sigan hasta los contenedores y giren en la tercera fila. Encontraron a la muerta al final del pasillo.

Julia y Lenja echaron a andar hacia donde les habían indicado.

Desde lejos, Julia ya distinguió a Florian, que estaba con su compañero Martin Saathoff delante de un contenedor azul oscuro abierto.

Los técnicos de la policía científica, enfundados en monos blancos de protección, se afanaban alrededor de los dos.

Un fotógrafo disparaba una foto tras otra, mientras dos agentes de uniforme acordonaban la parte trasera del recinto.

—¡Déjenme marchar! ¡Yo no tengo nada que ver con la muerta! —bramó de pronto un hombre algo rechoncho, calvo y con barba cerrada. Julia no había reparado en él hasta entonces. Él retrocedió un paso, tambaleándose, y fulminó a Florian con la mirada.

—Tranquilícese —le dijo Florian y saludó brevemente a Julia y a Lenja con un gesto por encima del hombro—. Tenemos que tomarle declaración como testigo. Eso no significa que sea usted sospechoso. Pero ha sido usted quien ha encontrado el cadáver durante la noche y quien ha llamado a la policía.

—¡Ojalá hubiera cerrado el pico! —gruñó el hombre y se dio una palmada en la frente—. Les he avisado porque quería dejar claro que no tengo nada que ver con este asunto.

—Necesito saber con exactitud por dónde ha saltado la valla y cómo ha abierto el contenedor —dijo Florian con un suspiro—. Cualquier detalle puede ser importante.

—Pero le queda claro que no he robado nada, ¿verdad? Solo he reventado el candado y al momento me ha llegado ese olor tan raro. He visto a la mujer muerta y he llamado enseguida.

—Somos de la brigada de homicidios. Otros compañeros se pondrán en contacto con usted por haber forzado la entrada. Solo puedo pedirle que nos ayude —dijo Florian con tono apremiante.

—Está bien, les enseño cómo lo he hecho —masculló por fin el barbudo y señaló la alta valla que rodeaba el recinto.

—Perdona, ahora mismo esto es un poco caótico —dijo Florian y se volvió hacia Julia—.

El cadáver está en el contenedor. Podéis examinarlo; el fotógrafo ya debería haber terminado.

—Le sonrió e hizo un gesto con la cabeza hacia las puertas azules abiertas—.

Martin os enseñará lo más importante. Yo voy en cuanto acabe aquí.

—Vale, hasta ahora —respondió Julia y se encaminó al contenedor. Lenja y Martin Saathoff la siguieron.

—Un momento, por favor —dijo el fotógrafo y desató una tormenta de destellos—. Solo he hecho unas cuantas tomas más por seguridad. Ya pueden pasar. —Salió del contenedor y dejó a la vista el cadáver.

—Gracias —murmuró Julia y se ajustó las gafas.

Se detuvo en el escalón ante las puertas del contenedor y observó primero el interior.

Las paredes estaban forradas por completo con plástico azul.

Le llegó el olor metálico de la sangre. El espacio le recordó a una cámara de tortura.

Junto a una camilla oxidada había una mesa con diversos instrumentos quirúrgicos; sobre la camilla, el cadáver, sujeto con correas.

Varias tiras anchas de cuero le cruzaban el torso, los brazos y las piernas.

La mujer estaba completamente vestida, con un pantalón largo negro, botas de cuero marrón claro y un jersey grueso.

Casi parecía que solo se hubiera tumbado un momento.

Pero las manchas de sangre del cuello del jersey, de la camilla y del suelo lo desmentían.

Los ojos apagados de la muerta miraban al techo.

Tenía la mandíbula caída, de modo que la boca quedaba abierta como en un grito deformado.

Un gorro de lana rojo oscuro le cubría la cabeza.

Julia calculó que tendría veintitantos años, cerca de los treinta.

—¿De dónde sale la sangre? —preguntó Lenja.

—No es mucha —respondió Julia y se acercó a la camilla. Observó la cabeza de la mujer: debajo se había formado un pequeño charco de sangre.

—En la mesa hay instrumental. Tiene sangre pegada.

Suponemos que la mataron aquí dentro —dijo Martin Saathoff mientras se retorcía el mostacho.

El pelo, medio canoso, se le disparaba en todas direcciones, como si acabara de salir de la cama—.

Pero el motivo por el que os hemos llamado está debajo del gorro de lana.

Florian solo lo ha levantado un poco. Lo mejor es que lo veáis vosotras mismas.

Julia asintió y levantó el gorro con cuidado.

Quedó al descubierto el pelo corto y rubio.

Saathoff carraspeó con fuerza y se quedó en la entrada del contenedor.

Julia lo miró. Se le veía un poco verde.

Volvió a concentrarse en la cabeza de la muerta y reconoció de inmediato lo que los dos habían visto.

Algo no cuadraba con la oreja. Distinguió las suturas que la rodeaban por completo.

De las marcas de punción había salido sangre.

El hilo azulado estaba cosido sin mucho esmero y las puntadas eran muy irregulares.

Pero no fue eso lo que la desconcertó. Incrédula, inspeccionó la oreja, que no acababa de encajar con el cráneo.

—Madre mía —murmuró, e indicó a Lenja que se acercara—. Esta no es su oreja. A mi juicio, el tamaño es más bien de hombre. —Rodeó a toda prisa la camilla y examinó la otra oreja.

—Estas orejas no son de la muerta —afirmó, conmocionada—.

Se las cosieron a esta mujer. Por el tamaño, yo diría que son orejas masculinas, y su grado de descomposición me parece bastante más avanzado que el de la víctima.

Como no ha salido demasiada sangre, de momento doy por hecho que el asesino le amputó las orejas después de muerta y luego le cosió las ajenas.

—Julia levantó la vista y miró a Martin Saathoff—.

Santo cielo. Me pregunto qué habrá sido del hombre al que pertenecen.

Saathoff dejó de retorcerse el mostacho y tragó saliva; la nuez le subió y le bajó.

—¿Quieres decir que hay otra víctima?

—Eso no lo sé. —Julia se encogió de hombros y contempló las orejas exangües, ya de un tono grisáceo—. Solo puedo decir que se trata de orejas humanas de verdad. Dan la impresión de haber estado conservadas en formol. El laboratorio podrá decirnos si es así y si proceden de un hombre o de una mujer.

—¿Y de qué habrá muerto? —preguntó Lenja, examinando el jersey de la víctima—. No veo por ninguna parte una lesión mortal.

Julia se volvió de nuevo hacia la muerta. Cortó las correas de cuero y le subió el jersey. Apareció un sujetador negro. El torso estaba completamente intacto. Giraron a la mujer de lado para observarle la espalda. Tampoco allí encontraron lesiones.

—Desde luego, la amputación de las orejas no pudo ser la causa de la muerte —murmuró Julia y le levantó un párpado—.

No aprecio hemorragias. Tampoco marcas de estrangulamiento en el cuello.

—Iluminó con la linterna el fondo de la garganta de la muerta—.

No se ven cuerpos extraños que hayan podido obstruir el paso del aire.

Descarto la violencia con arma de fuego, cuchillo u otro objeto.

Me temo que tendremos que practicarle la autopsia para averiguar la causa de la muerte.

—¿Tú también crees que a esta mujer la asesinaron en este contenedor? —preguntó Martin Saathoff.

—No lo sé —respondió Julia—. Hasta ahora no he visto rastros de violencia mortal, así que también podrían haberla envenenado.

O alguien pudo apretarle un cojín o una manta contra la boca y la nariz.

Pero eso pudo ocurrir en cualquier parte.

—Buscó con la mirada la mesa del instrumental—.

Ahí estarán probablemente la aguja y el hilo con los que cosieron las orejas.

Y es de suponer que uno de los bisturís sirvió para cortarlas.

—Se detuvo un instante al caer en la cuenta de algo importante—.

¿La Científica ha encontrado las orejas amputadas de la víctima?

Saathoff abrió los ojos espantado y salió disparado del contenedor. Llamó con un gesto a un hombre vestido de blanco de arriba abajo. Al cabo de un rato regresó con los hombros caídos.

—Nada —dijo—. No han encontrado ni orejas ni restos de ningún tipo en los alrededores.

—Entiendo. Pues esperaremos primero a la autopsia y a los resultados del laboratorio.

—Negó con la cabeza, pensativa. A menudo, a las mujeres las mataban por motivos sexuales.

Pero la muerta iba vestida. El pantalón estaba bien colocado, la cremallera cerrada, y no se veían manchas que apuntaran a fluidos corporales.

A primera vista, eso hacía pensar que no había habido violación.

También la sangre del cuello del jersey indicaba que el asesino no se había molestado en desnudar a su víctima.

Julia se preguntó si lo habría hecho adrede o si simplemente había sido un chapucero.

—Qué extraño —dijo—. El asesino forra todo el contenedor con plástico. Es evidente que cuida la limpieza. Y luego arruina la ropa de la víctima con manchas de sangre. ¿No es una contradicción?

—A lo mejor no soporta ver a mujeres desnudas —repuso Lenja, pensativa—. Podría ser un tipo mojigato o reprimido. Da la impresión de que ni la tocó. No tiene un solo moratón en las manos, en la cara ni en el cuello. ¿Es que no se defendió en absoluto?

—Probablemente no. Lo más seguro es que la sedaran. —Julia le examinó las muñecas, pero prefirió no subirle las mangas del jersey. Eso lo haría en la sala de autopsias, donde había más luz. Palpó con cuidado los bolsillos del pantalón de la muerta.

—No lleva documentación encima. ¿Tenéis ya alguna idea de quién podría ser?

En ese momento entró Florian.

—Todavía no hemos comprobado la base de datos de personas desaparecidas —contestó y se colocó a la cabecera de la camilla. Contempló el cráneo e hizo una mueca.

—¿Por qué le cortó las orejas y se las volvió a coser? —preguntó.

Julia le explicó que no se trataba de las orejas de la víctima, sino, con toda probabilidad, de las de un hombre. Florian palideció al instante un poco más.

—Lo mejor será practicar la autopsia cuanto antes —propuso Julia—. Creo que en este caso debemos partir de la base de que hay otro crimen.

—Aviso en cuanto puedan llevarse el cadáver —asintió Florian y se volvió hacia Martin Saathoff—.

Por cierto, nuestro testigo, Pavlo Burakow, tiene antecedentes por varios robos con fuerza.

No creo que tenga nada que ver con este asesinato, pero aun así no deberíamos perderlo de vista.

Por desgracia, no he sacado de él ninguna información útil.

Esta noche ha saltado la valla para reventar unos cuantos contenedores.

Ha forzado el candado y se ha topado directamente con el cadáver.

Por miedo a que lo relacionaran con un asesinato, ha llamado a la policía.

Eso es todo. En todo ese rato no ha notado nada sospechoso.

—Casi me lo imaginaba —gruñó Martin Saathoff—. Deberíamos revisar las imágenes de las cámaras de seguridad. Con un poco de suerte, descubrimos en ellas al autor o a los autores.