Capítulo 1
Julia sonrió y rodeó a Florian con un brazo.
—Tú lo que quieres es que me ponga ese camisón tuyo —bromeó y se dispuso a bajar del coche. Pero Florian le sujetó la mano.
—Quiero que esta noche te quedes conmigo, ¿y sabes qué? Te acepto incluso sin esa prenda que, lo reconozco, es de lo más sugerente. —La atrajo hacia sí y le dio un beso en los labios—. Es que no me canso de ti.
—Eres un granuja —replicó Julia—. Voy a pasarme casi todo el día en la sala de autopsias. ¿Seguro que después vas a querer invitarme a tu casa?
—No hay problema —contestó Florian con un suspiro teatral—. Mientras a ti no te importe que me pase las próximas horas interrogando a asesinos en serie. Espero que no se me pegue nada. —Sonrió con descaro y la soltó—. Nos vemos esta noche.
Julia bajó del coche y lo vio alejarse. Después se dio la vuelta y entró en el Instituto de Medicina Forense, que dirigía desde hacía apenas un año.
Había heredado el cargo de su antiguo jefe, Manfred Holsten, ya jubilado.
Por fortuna, él seguía echando una mano de vez en cuando con el fastidioso papeleo administrativo.
En aquel instituto había más formularios e informes de los que jamás habría imaginado.
Julia recorrió a paso ligero el largo pasillo hacia su despacho.
Hoy, por suerte, no tocaba nada de eso. Prefería trabajar en la mesa de autopsias y hacer algo que a sus ojos tuviera sentido.
No podía devolverle la vida a nadie, pero casi siempre lograba determinar por qué había muerto una persona.
A los familiares les daba respuestas, y a la policía, pistas valiosas para atrapar a un culpable.
Julia abrió de golpe la puerta del antedespacho y se quedó clavada en el sitio al ver la mirada de advertencia de su secretaria.
—El señor Moeller la espera en su despacho. Quiere hablar con usted un momento —susurró Kerstin Brandt, señalando la puerta con la cabeza.
Julia frunció el ceño. Christian Moeller, un fiscal joven, llevaba solo unas semanas en la fiscalía de Colonia.
En realidad no tenía tiempo para él, pero por la rendija de la puerta vio su cara pálida.
Se le notaba tenso. Probablemente lo había enviado su superior, el fiscal jefe Kreitz.
Julia se imaginaba de qué caso se trataba.
—Buenos días, señor Moeller —lo saludó y se sentó a su lado en la mesa de reuniones.
—Me envía el señor Kreitz por el caso del Hombre Lobo. Quiere una copia de todos los resultados y pregunta si no hay indicios más concluyentes de violación.
—¿El caso del Hombre Lobo? ¿Así lo llaman ahora? —Julia negó con la cabeza. ¿A quién se le habría ocurrido un nombre tan sensacionalista? Observó a Christian Moeller y se preguntó si habría sido idea suya.
—El agresor lleva una máscara de lobo cuando viola a las mujeres. —Moeller se encogió de hombros, algo cohibido—. Nos pareció que Hombre Lobo era un nombre adecuado para el grupo especial de investigación.
Y para la prensa, añadió Julia para sus adentros. No pensaba inmiscuirse en los asuntos de la fiscalía. Y menos aún en los de Bjoern Kreitz. El fiscal jefe tenía fama de mordaz.
—Como usted sabe, mi colega el doctor Neumann lleva este caso. Yo estoy al corriente, naturalmente. Ha redactado un informe muy detallado y ha adjuntado todos los resultados —explicó Julia.
—El señor Kreitz quiere que usted también revise el caso. Necesita algo que presentarle al juez. Por fin tenemos un sospechoso. Pero lo niega todo, y eso que las pruebas son abrumadoras.
—Si las pruebas son tan sólidas, no necesita usted nada más de mí —repuso Julia, que se subió las gafas de pasta por el puente de la nariz y frunció el ceño—.
Por lo demás, no tengo la menor duda sobre los resultados del doctor Neumann.
Lo dicho: las violaciones no pueden demostrarse de forma concluyente.
No encontró restos de semen ni lesiones en la zona vaginal que lo indicaran.
Lamento que desde la medicina forense no podamos aportar más.
En este caso tendrán que recurrir a las declaraciones de los testigos y a otras pruebas.
No dude en decírmelo si en los informes falta algún resultado del laboratorio.
Mi secretaria le facilitará la documentación.
Christian Moeller bajó la mirada. En el cuello le habían salido unas manchas rojas.
—Eso, por desgracia, no basta —murmuró con impotencia.
Cuando él volvió a levantar la vista, Julia se dio cuenta de lo tenso que estaba el joven fiscal. Alzó las manos en un gesto apaciguador.
—Escuche, he comentado los casos con el doctor Neumann.
No ha podido confirmar la violación en ninguna de las tres mujeres.
Sospechamos que las sedaron con droga de sumisión.
Pero no conseguimos detectar la sustancia ni en la sangre ni en la orina ni en el pelo.
En sangre y orina solo es detectable durante doce horas como máximo, y en el pelo únicamente podríamos identificar un consumo habitual. Y aquí no es así.
—Pero con esa respuesta no puedo presentarme ante el señor Kreitz. Me ha enviado expresamente a verla para que consigamos algo útil.
—Entiendo su situación —contestó Julia—. ¿Sabe qué? Bjoern Kreitz puede llamarme directamente cuando quiera. Así le explico yo misma los detalles. ¿De acuerdo?
El joven fiscal asintió con vacilación, se levantó por fin y salió del despacho arrastrando los pies.
Julia respiró hondo. Pensaba cantarle las cuarenta al fiscal jefe cuando la llamara.
¿Qué se creía Bjoern Kreitz que hacían allí?
No podía poner en duda sin más la competencia del doctor Neumann.
Suspiró. Aquel hombre no tenía esa fama por casualidad.
No debía alterarse. Al fin y al cabo, seguramente hacía bien su trabajo.
—Seguro que Lenja lleva un buen rato esperándome —dijo. Se levantó de la silla de un salto y salió al antedespacho. Saludó con la cabeza a su secretaria y enfiló a toda prisa el pasillo gris del instituto forense hacia las salas de autopsias.
Lenja Nielsen, su ayudante, estaba junto a una de las mesas de autopsias con el equipo completo puesto y abría la cremallera de una bolsa para cadáveres. Llevaba el pelo rubio completamente recogido bajo un gorro de plástico azul y media cara cubierta por una mascarilla. Al ver a Julia, se detuvo.
—Ah, ya estás aquí —dijo con un ligero acento finlandés—. Pensaba que aún estabas ocupada e iba a empezar yo con el examen externo del cadáver.
—Christian Moeller, el nuevo fiscal, quería más detalles sobre los casos de violación que lleva el doctor Neumann —explicó Julia, que puso los ojos en blanco y saludó a Lenja con la cabeza.
Observó al hombre de treinta y cinco años que asomaba bajo la cremallera—.
¿Qué sabemos de esta muerte? —preguntó, porque a primera vista no se apreciaba ninguna lesión.
—Se desplomó en su despacho, delante de sus compañeros —contó Lenja mientras retiraba la bolsa y dejaba a la vista el cadáver desnudo—. El hombre era abogado. La familia cree que fue un asesinato. Por eso la policía quiere salir de dudas.
—¿Un asesinato? —Julia negó con la cabeza y contempló el cuerpo delgado.
—El inspector encargado me ha contado que hubo una disputa en el bufete. Al difunto iban a nombrarlo socio. Pero por lo visto había un rival muy exaltado que le echó algo en el café. Ya ha llegado el informe del laboratorio sobre la taza: no se encontró veneno ni nada parecido.
—Entiendo —repuso Julia y examinó al muerto. Por fuera parecía completamente intacto.
—Se le ve bastante atlético y delgado. Es más bien improbable que haya muerto por causas naturales —observó Julia.
—Cierto. Ahora mismo le saco sangre y tomo también una muestra de pelo.
Cuanto antes llegue todo al laboratorio, mejor.
—Lenja cogió una jeringuilla, pero se paró en seco.
Se frotó la frente—. Me parece que ayer bebí más de la cuenta —dijo, y en ese momento Julia se dio cuenta de lo pálida que estaba.
—¿Quieres hacer una pausa? —le ofreció Julia—. Yo puedo apañármelas sola con el muerto.
—No, ni hablar. —Lenja negó con la cabeza—. El que aguanta la fiesta tiene que aguantar también el trabajo. Marcel se presentó ayer en mi puerta con una botella de champán, y la última copa, por lo visto, estuvo de más.
Algo en el tono de Lenja hizo que Julia aguzara el oído. Su ayudante finlandesa era una persona sociable, todo lo contrario que ella. A Lenja le gustaba salir y disfrutar de la vida, sobre todo con su novio Marcel. Tenía pensado irse a vivir pronto con el estudiante de medicina.
—Pues yo creo que Marcel tiene algún problema con el alcohol —soltó de pronto tras un suspiro.
—¿Y eso lo piensas solo por una botella de champán? —Julia se acordó de los muchos alcohólicos que ya habían acabado en su mesa de autopsias. La mayoría le daba a cosas de más graduación.
—No sé —murmuró Lenja mientras extraía sangre del cadáver—.
Es solo una sensación, porque ya no pasamos ni una sola noche juntos sin alcohol.
Marcel no se emborracha hasta perder el sentido, claro, pero sin dos o tres copas se le nota inquieto.
Después de la primera copa, su humor mejora a ojos vistas.
—Algunos estudiantes de medicina tienden a pasarse —dijo Julia y abrió la caja torácica del cadáver. Fue seccionando las costillas una a una hasta dejar a la vista los pulmones y el corazón—. ¿Has hablado con él del tema?
—Todavía no he encontrado el momento —contestó Lenja, encogiéndose de hombros—. Tampoco es un alcohólico de verdad, pero parece tener esa tendencia.
Julia comprendió a qué se refería. Había personas que resistían peor las tentaciones. Aun así, le extrañaba que Lenja no hubiera hablado del asunto con Marcel. Normalmente no tenía pelos en la lengua y siempre iba con el corazón en la mano.
—Mira las arterias coronarias —dijo, señalando una que nacía de la arteria pulmonar y llegaba al corazón—. Es una malformación congénita muy poco frecuente. —Miró a Lenja—. A este hombre no lo envenenaron. Estamos ante una muerte súbita cardíaca.
—¿Y cómo pudo llegar a esta edad con semejante cardiopatía? —preguntó Lenja, contemplando la anomalía.
—Ocurre en algunos casos. Estas personas no desarrollan síntomas, pero si se exigen demasiado físicamente durante mucho tiempo o el estrés les pesa en exceso, la malformación puede dejar el corazón sin oxígeno suficiente. A veces el desenlace es mortal.
—Entonces ¿de verdad se desplomó sin más?
—Volviendo a tu problema —dijo Julia tras asentir—. ¿Por qué no tiras todo el alcohol que haya en tu piso? Seguro que él no va a traer una botella cada vez. Así verás qué pasa.
—¡Pues ahí está! Eso es exactamente lo que hice. —Lenja dejó escapar un profundo suspiro—. Y al día siguiente se plantó en la puerta tan campante con otra botella de champán.
—¿Y teníais algo que celebrar? —Julia observó a Lenja, que parecía profundamente abatida. En ese momento sonó su móvil. Julia echó un vistazo a la pantalla y se quitó un guante al ver el nombre de Florian.
—¿Julia? —preguntó Florian, y algo en su voz hizo que se pusiera alerta de inmediato—. Sé que estarás hasta arriba, pero te necesito aquí. Tienes que venir a ver a una muerta. Es realmente urgente.