Apagada (Serie Julia Schwarz 6) Prólogo
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Apagada (Serie Julia Schwarz 6)

Apagada (Serie Julia Schwarz 6)

Por Catherine Shepherd

© inepub.com

Prólogo

Miro fijamente al tío desplomado en el sofá.

En realidad parece bastante majo. Tiene el pelo negro un poco revuelto.

Las comisuras de los labios se le curvan ligeramente hacia arriba, como si sonriera.

Bajo la camisa clara se adivina un cuerpo bien musculado.

Si me lo hubiera cruzado por la calle, puede que hasta me hubiera girado a mirarlo o le hubiera dado conversación.

Quién sabe qué habría salido de ahí. El hombre suspira bajito y yo le busco en la cara alguna señal que lo delate.

Pero su oscuro secreto no se le nota. Nadie lo ve.

Menos mal que yo lo conozco. Voy prevenida.

Todos llevamos dentro un lado oscuro. En unos más marcado que en otros.

Meto la mano en el bolsillo de su americana y saco una cartera de piel.

El cuero es suave y de grano fino. Dentro hay un buen puñado de tarjetas de crédito y más de trescientos euros.

Sonrío satisfecha y me guardo las tarjetas y el dinero.

Luego me quedo mirando la foto que asoma en un pequeño compartimento a la derecha, protegida por un plástico.

El hombre sonríe a la cámara junto a su mujer y a una niña rubia muy guapa.

Menuda familia de anuncio, pienso, y vuelvo a meter la foto en su sitio.

La cartera no me hace falta; tampoco su documentación ni el carné de conducir.

Ni siquiera me molesto en memorizar su nombre.

Nada más conocernos me ha dado uno falso. Lo hacen todos. Me da igual.

Registro los bolsillos exteriores de su americana y le palpo con cuidado el pantalón.

Tintinean unas monedas. Noto un papel blando, seguramente un pañuelo, y prefiero no hurgar más.

El hombre no parece llevar encima nada más que valga la pena.

Le echo un último vistazo a la cara. Sigue con los ojos bien cerrados.

La sonrisa se le ha borrado de los labios.

Seguro que aún pasará una o dos horas en ese sofá lleno de manchas.

En la habitación flota un olor empalagoso a vainilla.

Junto a la puerta hay un ambientador. Aun así, no consigue tapar el fondo turbio a cerrado, a sudor y a fluidos corporales.

Tampoco hace falta, la verdad: la gente que viene aquí no espera gran cosa de este sitio.

Hace años que el dueño no se molesta en repintar las paredes amarillentas ni en cambiar los muebles o las moquetas llenas de chinches.

No me extraña. Por la habitación solo he pagado veinte euros.

A ese precio, seguro que no compensa reformar nada.

El que se pasa por aquí solo busca anonimato y sexo rápido y sin complicaciones.

¿Qué pensaría la niña de la foto si supiera lo que su padre hace en este sitio?

O, mejor dicho, lo que pretendía hacer. Por supuesto, no me ha puesto un dedo encima.

De eso me he encargado yo a tiempo. La droga de sumisión que le he echado en la copa lo ha dejado fuera de combate en diez minutos.

Antes de lo que esperaba. La semana pasada tuve en el anzuelo a un tío gordo que aguantó más del doble.

Todavía siento sus dedos de salchicha en el pecho.

El muy asqueroso no llevaba ni cincuenta euros encima, y por sus tarjetas de crédito tampoco saqué más que una miseria.

Desde que los bancos endurecieron las medidas de seguridad, el tipo que me compra las tarjetas me paga menos de la mitad.

El trabajo es cada vez más difícil, sobre todo porque cada año hay menos dinero en efectivo.

Pero en el fondo me da lo mismo. De todas formas quiero dejarlo.

Esto es solo provisional. De algo tengo que vivir.

Me largué de casa con dieciséis años. El centro de acogida en el que me metieron después los servicios de protección de menores era un infierno.

Tenía que salir de allí, y unos años más tarde, gracias a internet, lo conseguí.

Junto con Ivy. En cuanto pienso en ella, se me llenan los ojos de lágrimas.

Ivy está muerta. Se clavó una jeringuilla en el brazo y ya no volvió a despertar.

Ahora no puedo ponerme a llorar. Tengo que irme de aquí antes de que el tío del sofá vuelva en sí.

Me guardo los vasos a toda prisa. Eso también me lo enseñó Ivy.

No dejar rastro. Ya acabé una vez en el trullo por un descuido.

No me volverá a pasar. Cada huella dactilar sería un regalo caído del cielo para la policía.

Me pillaron robando. Estuve a punto de llevarme un BMW.

Pero iba con demasiada prisa y no estaba bien preparada.

Tres semáforos después me paró una patrulla.

Más tarde, Ivy me enseñó un modelo de negocio mejor.

Me giro una última vez hacia el tipo y me esfumo de esa habitación que huele a cerrado.

El pasillo de moqueta verde oscuro se me hace interminable.

Sobre mi cabeza parpadean los fluorescentes y su luz fría tiñe las paredes de azul.

Se me pone la piel de gallina. Solo ahora me doy cuenta de lo cansada que estoy.

Pienso en los trescientos euros que me he embolsado y sonrío.

El dinero me llega de sobra para lo que queda de mes.

No tendré que buscar otra cita por internet.

Los hombres buscan sexo rápido y sin complicaciones, y yo les prometo exactamente eso.

Quedan conmigo, los duermo y les vacío los bolsillos.

No me voy a hacer rica con esto, pero me da para ir apartando algo.

Lo suficiente para terminar los estudios y formarme en algo.

Puede que algún día abra mi propio negocio.

Una peluquería o una pequeña cafetería. Una cafetería propia. Me gusta la idea.

Aparto un momento esos pensamientos porque he llegado a la recepción.

Saludo al tío del mostrador con un gesto amable de la cabeza.

Él me devuelve el saludo con la mano. Me conoce y sabe que mi cliente bajará un poco más tarde.

La mayoría de los hombres no le reclaman nada.

Les da vergüenza denunciarme. Al fin y al cabo, solo les falta algo de efectivo y unas cuantas tarjetas.

Con eso se puede vivir y, sobre todo, se le puede ocultar a la esposa.

Mi trabajo no está tan mal, la verdad, pienso mientras empujo la pesada puerta de cristal y salgo a la calle.

Al instante me rodeo el cuerpo con los brazos.

Un viento helado me envuelve. Solo llevo un abrigo fino.

Cruzo rápido la calle, donde a estas horas ya no hay movimiento.

Decido tomar el atajo por el parque. Me ahorro diez minutos largos.

Con los tacones, eso sí, no avanzo demasiado bien.

Acelero el paso mientras las copas de los árboles se mecen sobre mí.

La luna ilumina el camino, pero también proyecta sombras que danzan de un lado a otro como fantasmas.

Miro a mi alrededor. Nadie me sigue. Estoy sola, al menos hasta donde alcanzo a ver.

Aun así, el corazón se me acelera. Camino todavía más deprisa, sin dejar de mirar a los lados.

Por lo menos ya he entrado en calor. Por este parque suelen rondar vagabundos y yonquis.

No quiero cruzarme con ninguno. Ya casi he recorrido la mitad del camino.

Delante de mí está la fuente que ocupa el centro del parque.

Unos imponentes leones de piedra descansan al borde del pilón.

Tienen las fauces abiertas de par en par.

En verano escupen chorros de agua que caen al pilón entre chapoteos, pero en invierno la fuente está parada.

De pronto, su silencio me resulta inquietante.

El viento también ha enmudecido y la tensión va en aumento.

Una sombra se despega de uno de los leones.

Parpadeo y al principio pienso que es una rama movida por el viento.

Pero los árboles no se mueven en absoluto.

El aire está casi inmóvil. La sombra, en cambio, no.

Viene hacia mí. Me desvío bruscamente hacia la izquierda.

Lo que me faltaba: que un yonqui me venga a sablear por cuatro monedas.

El tío se detiene. Noto que me clava la mirada y paso a toda prisa, guardando toda la distancia que puedo.

Hay que largarse de aquí. A estas alturas me duelen los pies.

No les doy tregua. Y entonces oigo pasos.

Sus pasos, cada vez más cerca. Echo a correr y miro atrás con nerviosismo.

El hombre está ya justo detrás de mí. Siento su aliento ardiente en la nuca.

—¡Lárgate! —chillo. Pero su mano fuerte ya me tapa la boca. Enmudezco y alzo la vista al cielo nocturno mientras me obliga a girarme de un tirón.

—No habíamos terminado —me sisea al oído, y en el mismo instante en que lo reconozco, todo a mi alrededor se hunde en una negrura helada.