ENTREVISTA 28
El hermano mayor de un viaje compartido
Nicolás Núñez
Director y escritor de Teatro
Pero para llegar a ese punto hay un antecedente, que es la búsqueda de identidad que teníamos en particular mi hermano Juan y yo solíamos preguntarnos ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿de dónde venimos?, ¿qué estamos haciendo?, lo cual nos llevaba a un proceso muy personal de búsqueda.
Al estar en este tenor, por orden natural tomamos contactó con el conocimiento antiguo, la filosofía náhuatl que, sin saberlo, nos hermanaba con las inquietudes de Antonio Velasco Piña, en ese momento apareció un libro que nos entusiasmó, que fue particularmente “La mujer dormida debe dar a luz”, que anunciaba un advenimiento importante de la conciencia de la mexicanidad, porque su volumen de conciencia, de gente despierta, “la masa crítica” llegaba al punto.
El libro nos inquietó mucho, nos pareció que estaba totalmente en el viaje personal en el que estábamos.
Mi hermano se abocó a la tarea de buscar respuestas: ¿por qué la mujer dormida debe dar a luz?
, ¿la escribió a Ayocuan? ¿quién era Ayocuan?
, ¿dónde estaba Ayocuan? Entonces encontró a su representante, que era Antonio Velasco Piña, no encontró por ningún lado a Ayocuan, lo buscó, nunca lo encontró, pero si apareció Antonio y como representante lo invitó a que viera el trabajo que estábamos haciendo.
Tuve mi primer contacto con Antonio en el espacio escultórico de la universidad, recuerdo que llegó a vernos con su suetercito de lana peruana, con pelo al aire, fue muy generoso a ver nuestro montaje de “Tloque Nahuaque”, esa es la manera como conocí y tomé el primer contacto con Antonio Velasco Piña.
Así es la historia, la mía en particular, de tomar contacto con Antonio, una vez ya en contacto, empezamos a tener reuniones periódicas con él, nos pareció que era una gente que tenía el conocimiento que nos hacía falta.
Luego apareció “Regina”, su texto, en donde ya de una manera muy directa todo el conocimiento de “La mujer dormida debe dar a luz”, se actualizaba y tenía un mayor sentido y esto estuvo pauteado con reuniones con Antonio en su casa, en su despacho, en diferentes partes nos reunimos y de esa manera fuimos penetrando en su ambiente.
Descubrimos a Tlacaélel como un antecedente que no conocíamos pero que conocimos entonces, apareció para nosotros como en la línea de continuidad, de tomar conciencia de que Antonio, como historiador se abocó en un principio, creo que su tesis básicamente fue “Tlacaélel”, desarrolló Tlacaélel y nos pareció que ahí estaba un fuerte fundamento, sabroso, bien documentado, que embonaba muy bien con “La mujer dormida” y embonaba muy bien con “Regina”.
Aquí yo quisiera ubicar mi sentimiento de Antonio como historiador, porque un historiador, sabemos que es el que consigna la realidad, cómo se vive la realidad.
Esto es muy difícil de puntualizar porque sabemos que la realidad es evanescente, que la realidad no la podemos consignar ni codificar, que historiadores tan importantes como Popper saben, dicen que la historia no existe, entonces Antonio al hacer la historiografía llega Tlacaélel, pero siento que él brinca las trancas de la arqueología, ya no nada más para intentar centrar, ubicar el proceso de lo que fue la vida de este personaje, si no creo que este se le da, se le anuncia o se aparece, la posibilidad de empezar a visualizar, a través de a ver visto la historia para atrás, empieza a definir la realidad que está por venir y empieza a hacer anunciamientos como vidente o como una gente que desea que en la conciencia colectiva y la conciencia humana, como si fuera una sustancia plástica es posible de ser moldeable y que esa misma sustancia se va acomodando en procesos que están por venir.
Entonces, Regina ya es un proceso no de un historiador, sino de una persona que empieza a ver lo que puede suceder en el futuro con ciertos elementos y empieza a sentar las bases de una conciencia social a futuro.
Casi como nos enseñó, él mismo nos enseñó que Virgilio reescribe la historia, la reestructura, la inventa, porque no somos más que una invención del cosmos, como dice el poeta:
• “De Babilonia a la fecha no hay sentido, no lo hay, hay búsqueda de sentido.”
Y esta es una búsqueda de darle sentido a nuestra mexicanidad contemporánea, de realmente enraizarla, darle conciencia, que toque profundidad y que al mismo tiempo florezca la conciencia del mundo, no nada más la mexicanidad, sino del mundo.
Sí, Antonio le dio el brinco, no se guió en el sectarismo, de estrictamente la mexicanidad cerrada, sino, la mexicanidad abierta.
Ahí yo lo considero como una persona que vio por dónde se podía acomodar y de ahí fue natural, como las idas a las pirámides en aquel entonces y desde antes eran como muy escasas.
Luego empezaron a gestionarse y a través de los años se hizo de tal modo, que ya ahorita las prohíben y ni si quiera se puede subir a la pirámide del Sol, por ejemplo, ya no se puede subir a muchas pirámides, porque parte de la estructura que estamos padeciendo, digamos viviendo mundialmente, es de acotarnos, restringirnos, aparcelarnos y cada vez ponernos en estructuras más fuertes, más encerradas, más rígidas, más vigiladas y eso ha pasado también con el campo de la arqueología y con el campo de la ideología interna, eso a pasado en muchos campos porque las estructuras sagradas oficiales, a mi juicio, están secuestrando nuestro contacto con el misterio y eso es muy terrible.
Para mí en lo particular, creo que Antonio buscaba que se redescubriera esa sacralidad de una nueva manera y esas son las cualidades de que yo veo en su trabajo, trabajo que nos heredó.
Me parece muy saludable, lo podría definir como un tipo de hermano mayor, de una locura colectiva que no muchos, junto con “Paquito”, Francisco Lerdo de Tejada, con quien también tuvimos contacto y amistad.
Paquito, fue un aliado, cómplice y amigo de Antonio.
Entre los dos estaban cocinando ahí un proceso, que como consecuencia hoy estamos viviendo.
Los eventos particulares con él fueron muchos, muy afortunados, desde el saber que había alguien en México que en aquel entonces tenía realmente contacto con alguien de allá del Tíbet.
Pero al hablar de una manera personal, yo te puedo decir que la experiencia que vivimos con Antonio en los ochentas como la de “estar en el Tíbet desde la Aldea de los Reyes”, cruzar la frontera, esa fue una experiencia que no se si todos vivieron, no lo sé no lo he cotejado, sé que los que estuvimos ahí esa noche con él, cruzamos la frontera y nos dieron papeles del Tíbet, eso fue una experiencia particular, no sé si todos los que pertenecen a la corriente, que se dicen compadritos y comadritas y todo el viaje, cruzaron esa frontera que era importante.
Creo que, de lo más importante, del contacto con él, era su orientación que siempre ofreció y de ahí la urgencia como gente de teatro, la urgencia de definir con nuestro trabajo, así como él lo definió con sus textos, no se puede decir que, con sus novelas, sino, con su narración o con su proceso literario, dese Tlacaélel hasta el resto de libros que escribió, siempre buscó un proceso de crecimiento y de ayuda al ser humano.
Nosotros como taller, como gente del escenario, también buscamos eso de alguna u otra manera arriba del escenario con nuestros montajes, que siempre han tenido ese sesgo de contacto con la interioridad, él siempre apoyó, orientó muchos de los montajes, inclusive en nuestro trabajo interno, como las “dinámicas”.
Citlalmina es una danza/ dinámica sagrada de nuestro trabajo.
En aquellos momentos nuestra relación con él era tan fuerte que él definió el nombre de la danza.
Él nos apoyó para poder viajar y tomar contacto con las artes escénicas del Tíbet.
Viajamos en 1985 Helena Guardia, Ana Luisa Solis y yo.
En ese tiempo no sabíamos que íbamos a ir a tomar contacto con Citlalmina, sabíamos que íbamos a algo esencialmente.
Mi hermanito se murió ese mismo año y ya no nos pudo acompañar.
Fuimos, y el hecho de ir con esa intención de que algo nos iba a aparecer, que nos iba a fortalecer en el proceso escénico, teatral, de algún modo nos iba a beneficiar como para poder hacer algo, no se sabía qué.
Antonio nos apoyó, nos dio el contacto para llegar a Dharamsala en India, en donde está el Tibetan Institute of Performing Arts.
Así se tejió el viaje y Antonio nos abrió el contacto con alguien de allá, con el secretario del Dalai Lama, quien aprobó nuestra visita.
Se tejió todo el proceso como para que tuviéramos el apoyo oficial de acercarnos.
Siempre mantuvimos a Antonio informado de nuestros trabajos, por dónde iba el tiro de nuestra investigación teatral.
Creo que no nos equivocamos al tomar esa danza la del Sombrero Negro, nos la enseñaron, y todo ese proceso fue muy largo mientras que se cuajó.
Antonio estuvo muy presente a través de sus cartas en nuestra estadía en el Tíbet de la India.
Ahí se consolidó la primera parte de la danza de Citlalmina.
En México la hermanamos con una danza conchera y fue cuando finalmente quedó con el nombre de Citlalmina.
El Dalai Lama bendijo nuestra danza cuando vino a México un par de años más tarde y el contacto con Antonio siempre siguió vigente.
Como experiencias con Antonio, lo que podría destacar, es que, gracias a su orientación, tomamos contacto con Machu Picchu, él fue importante en este proceso en la apertura de conciencia entre el águila y el cóndor, como que abrió muchos umbrales de investigación interior, que siguen vigentes y que cada quien ha aprovechado de la mejor manera posible.
Antonio estuvo muy presente cuando murió Juan, mi hermano, ellos tenían una buena amistad. Fue importante su presencia cuando nos acompañó en su ceremonia de despedida con sus cenizas. Estuvo presente en nuestro duelo.
Antonio, como experiencia, él sabía nadar en el misterio, sabía circular muy bien, desde allí orientaba a mucha gente y siempre me cobije con su orientación, consejo, simpatía, afecto, yo le estoy muy agradecido por supuesto.
Aquí estoy en este instante, tratando de hacer un recuento del proceso que tuve de manera personal con él, de una manera personal desde que lo conocí, aquella tarde en el espacio escultórico, hasta que me despedí de él.
Fue una amistad con él, larga de muchos años, fue el hermano mayor de un viaje compartido, de una locura compartida de que el ser humano a través de la mexicanidad pueda florecer con plenitud y en el buen sentido no ser sectario, porque los sectarismos son los que nos impiden ver todo el esquema de la realidad.
De Antonio tengo algunos flashazos, anécdotas simpáticas o no simpáticas, pero eran muy de su estilo cuando contaba, por ejemplo, que a ciertas autoridades le había dicho, algo así como que:
• “Esto no está permitido. No, sí, ¿cómo no?, pues, está permitido, ¡Claro que sí! ¿Quién lo permitió? Pues, el volcán y donde manda el capitán no gobierna marinero”
Claro que dicen:
• “Ah, sí, entonces, ¿quiénes le dio permiso fue el volcán?”
Y así le puede uno decir a mucha gente y usted ¿por qué dice eso?,
• “Porque tengo el permiso, hay autoridades, como que no.”
Yo siento que a través del contacto con Antonio el trabajo y la búsqueda que yo tuve, he tenido, tengo y tendré hasta que me muera, fue convertir al proceso del trabajo del taller en un vehículo para intentar difundir, una urgencia que se hizo con los años más clara: la sabiduría antigua, la sabiduría náhuatl, la sabiduría tibetana, recoger el aliento, el impulso de que tenemos que comprometernos de una manera muy personal, ya no sectaria, sino individual.
Yo creo que una sacralidad contemporánea tiene mucho que ver con una sacralidad secular.
Ya no creo en un tipo de sacralidad institucional que hace iglesia, que hace corriente, siento que eso cobija muchos gatos encerrados, que detiene mucho el proceso, a fin de cuentas, algunas veces lo platiqué con Antonio, es tan sencillo como compartir la urgencia de que debemos ayudarnos, finalmente a aprender, a sostener la capacidad de ser Sol en la Tierra.
Eso es la base, lo importante para mí, lo que me ayudó, el trabajo de Antonio es para afinar ese impulso, para mí es una realidad que se imbrinca con el espíritu, la filosofía, la sabiduría de Antonio y que a la fecha aquí está y aquí estoy dando un testimonio estrictamente confesional de que Antonio sabía de esa urgencia, de aprender y de sostener esa posibilidad, de sentir al sol tan dentro de uno mismo que:
• ¡Sabor a luz tenga nuestro pensamiento!
Pues yo creo, que ahí más o menos está un espectro muy personal y todo esto cobijado por el impulso de cantidad de personas como Elena Guardia, como Juan de Dios y como Ana Luisa Solís, como la pandilla del taller.
Para finalizar, no fue una casualidad que la urgencia que teníamos por saber y averiguar más de las culturas de México, se uniera con la aparición de Antonio en nuestras vidas, nuestro hermano mayor quien disfrutó gozosamente en complicidad de nuestros montajes antropocósmicos.