ENTREVISTA 23
Me abría el alma
Lilia Reyes
Escritora
Tuve la suerte de entrar en contacto con el General Tomás Ángeles Dauahare hace ya muchos años, precisamente al mismo tiempo que Antonio Velasco Piña empezó a reunirse con nosotros en unos desayunos que hacía el General.
Fue muy memorable el día que conocí a Antonio, fue en una plática que dimos ambos sobre un tema en común, al mismo tiempo que compartíamos el lugar, el Colegio Militar, ahí fue que lo conocí porque me lo presentó mi general, fue muy bonito.
Antonio hablaba en una forma muy bella sobre lo sagrado, de la misión que estaba en cada uno de los militares por cumplir, yo hablé sobre la actitud mental que debe tener un cadete ante la responsabilidad de defender una nación, principios y demás, fue muy lindo para mí, muy emocionante, igual que para Antonio.
Me imaginé que era un lugar chiquito donde íbamos a hablar, cuando vi que entramos en un auditorio del tamaño del mundo, lleno de cadetes, generales, de todo tipo de militares ahí sentados y pararte en el escenario, que era enorme, fue toda una impresión, sí, como una ola de emoción que a todos nos entró en el cuerpo, ver toda esa juventud que estaba ávida de escuchar lo que Antonio iba a decir, lo que yo humildemente iba a decir también.
Para mí ese encuentro con Antonio me abrió un camino maravilloso, él me fue abriendo ese camino, fue un crecimiento espiritual enorme con respecto a nuestro México, entendí a nuestro México realmente desde la raíz.
Antonio fue mi gran maestro de entender de dónde venimos y quiénes somos los mexicanos, fue algo muy, muy bello.
De ahí en adelante, nos fuimos encontrando y viendo, no solamente en los desayunos que hacía mi general, que además eran interesantísimos porque iba todo tipo de personalidades que te puedas imaginar, nos sentábamos y cada uno daba su punto de vista, siento que nos alimentaba el alma, nos llenaba de información, alimentando profundamente nuestro intelecto eran desayunos maravillosos.
Siempre me tocó que llegaba el desayuno y de alguna forma, Antonio y yo nos sentábamos juntos para poder participar en todas estas cosas.
Antonio además tenía muchas deferencias conmigo, porque yo le decía:
—Antonio, enséñame más, explícame más todo esto de la mexicanidad, por favor.
Nos íbamos a desayunar, no se me olvida a Sanborns de Reforma, íbamos mi marido Miguel y yo.
El tiempo y la suerte que teníamos de estar con él era maravilloso y mágico, me dejó una herencia enorme de entender de dónde venimos, quiénes somos.
Ese encuentro con Antonio, para mí, fue algo que marcó mi vida.
Para mí muchas de estas cosas eran nuevas, porque yo no viví en México durante muchos años de mi vida, desde chiquita, desde que nací, pues mi papá era embajador de México y nos tocaba vivir en diferentes países.
Yo tuve educación de los diferentes países donde iba viviendo, mi papá era muy de México y hablaba del país con mucho amor, mi mamá también, nos comunicaban a mis hermanas y a mí, pequeñas historias, nos contaban de nuestro México, pero nosotros nada más veníamos durante las vacaciones, medio veíamos y nos dábamos cuenta de lo que era nuestro país pero, en realidad no lo vivimos como tal desde chiquitas, yo vine a dar a la ciudad cuando tenía como 15 años o algo así, me quedé y empecé a sentir el país.
Antonio Velasco Piña fue un gran maestro, el cual me abrió los ojos y me hizo entender mi país, mi México adorado, mi agradecimiento hacia él es enorme, porque yo sí creo que nuestro país come aparte, es muy especial México.
Ese fue mi encuentro hermosísimo con Antonio que me nutrió de este orgullo de ser mexicana, de entender toda la tradición, tenía la paciencia de explicarme las cosas.
De ahí en adelante fue creciendo nuestra amistad, yo escuchando, me abría la oreja para escuchar lo más posible de lo que él me explicaba.
Fui entendiendo bien lo que es el movimiento de nuestras tradiciones, de nuestro misticismo, de todas estas cosas maravillosas que hay en México.
Antonio me hizo amar más a mi país, entender sus culturas, yo leía historia y mi papá se encargaba de platicarme de México, de la independencia y de la conquista, pero como una niña, no había mayor información, ya después yo leí más sobre el tema.
Antonio, por medio de sus pláticas, me enseñó el valor enorme que tiene México y sus tradiciones, esa es la verdad.
Que me diera su tiempo maravilloso para instruirme de alguna forma en todo lo que eran las tradiciones, fue maravilloso, una de las grandes memorias es su libro El Retorno a lo Sagrado, a mí me ayudó muchísimo la explicación, también el libro de La Mujer Dormida debe Dar a Luz, todos los libros que tengo de Antonio, como Tlacaélel, me fueron haciendo entender lo que era mi vida como mexicana en este mundo para poder servir y ayudar, estoy orgullosísima de ser mexicana.
Los que vivimos aquí y las demás personas, no tienen ni la intención, ni la forma correcta de entender el trabajo tan grande que tenemos que realizar los mexicanos para que este país cada día brille más y pueda dejar enseñanza a otros tantos países en este mundo.
Nunca se me va a olvidar la caminata que hicimos en Teotihuacan con Antonio, para mí fue emocionantísimo, yo no lo podía creer cuando empezamos a caminar en ese silencio y en esa introspección maravillosa de cada uno de nosotros, me tocó ir varias veces.
Otro recuerdo que tengo muy marcado, fue una caminata que hicimos al Zócalo y me acuerdo que veníamos todos vestidos de blanco, caminando calladitos, desde tempranito, desde la madrugada estábamos ahí esperando para que nos reuniéramos todos y arrancar para ir al Zócalo, me acuerdo que íbamos caminando aquel camino largo que nos llevaba hasta el Zócalo, cuando en eso venía un grupo de gente toda vestida de negro, muy “feítos” la verdad, en el sentido de la actitud que traían, venían enojados, reclamando, gritando y todos los que veníamos en el grupo, yo me quedé callada, venía cerca de Antonio y le digo:
—¡Ay Antonio! ¿qué onda?
—Nada, calladitos y seguimos caminando en silencio como lo estamos haciendo.
Como un milagro, toda aquella gente que estaba tan enojada, gritando y diciendo hasta lo que no, cuando nos vieron se callaron también y así calladitos como íbamos seguimos caminando hacia el Zócalo, ellos ya venían de regreso, para mí fue impactante ver cómo entendieron el momento esos seres que venían enojados obviamente, pero se callaron, no hicieron ya ningún tipo de expresión negativa o mucho menos, ellos marcharon para su lado y nosotros para el nuestro y al llegar al Zócalo…
Ver, pararnos al lado de la bandera, para mí fue impresionante, yo lloraba, soy chillona natural, me acuerdo que Antonio cuando acabó la caminata, no se iba al frente jamás, se iba entre la gente, pues su intención no era estar en frente del grupo, veníamos caminando en medio del grupo hasta casi el final, cuando acabó todo esto la gente se empezó a acercar a Antonio para saludarlo, como yo venía con él saludó muy amable y todo, pero con humildad, no quería llamar la atención, me dijo:
—¡Ya vámonos Lilia!¡ya vámonos ¡
Y nos encaminamos de regreso al metro, porque él no quería que le estuvieran ni diciendo que qué maravilla ni que nada, él estaba calladito, estuvo un momentito nada más y nos regresamos, me acuerdo que nos subimos al metro y ya nos regresamos para donde teníamos que ir cada quien, pero él en esa humildad, en ese ser lleno de paz que era Antonio, la paz le salía de los poros.
Lo que a mí más me impresionaba de Antonio era su gran capacidad de observación, todo lo observaba, no hablaba, nada más miraba y escuchaba, tenía una orejota muy grande para escuchar, escuchaba lo que queríamos decirle, lo que le preguntábamos y trataba de contestarlo de la forma más sencilla y preciosa que yo me podía imaginar, la verdad qué les puedo decir, para mí todas las ocasiones que tuve la suerte de estar con Antonio fueron maravillosas, porque me abría el alma, la mente, me enseñó a ver la vida de forma distinta y después, obviamente, me puse a leer todos sus libros y demás, cada vez lo conocí más y más de su modo de pensar y de ser.
La última vez que lo vi fue un poquito antes de morir, le hablé, porque soy escritora y mis libros son generalmente sobre todo lo que es la actitud mental, el despertar de conciencia, todo lo manejo en una forma abierta, yo soy católica, pero no soy cerrada, no soy mocha para nada, soy sumamente abierta, para mí todas las religiones son maravillosas y de todas he aprendido algo, porque me he dedicado a estudiarlas, a ver qué te dicen unas y que te dicen otras, porque si uno pretende llegar a los seres humanos, es importante saber y reconocer que todos somos diferentes, cada uno puede tener una creencia y es importante el respeto para entenderlos y darles su lugar, entonces para mí fue abrir muchos caminos.
Así que, la última vez que estuve con Antonio en su casa, me acuerdo que pasamos a su biblioteca y ahí estábamos los dos sentaditos platicando, le dije:
—Te vengo a ver porque, fíjate que quiero escribir una novela sobre México, es mi primera novela, todos mis otros libros tienen que ver con el aspecto de actitud mental, de los ángeles.
Vengo a que me ayudes, necesito ayuda para lo de la novela, porque me estoy metiendo en tremendo lío, porque hay muchas cosas que tú eres el que me vas a orientar y decir por dónde.
Yo escribo mucho de los ángeles, pero no como “mochita”, ángeles como actitud mental, como arquetipos, de ejemplos que tenemos que seguir y me acuerdo que se me quedó mirando con sus ojos tan llenos de paz y me dijo:
—Lilia, yo me voy a ir pronto.
—¿A dónde te vas a ir Antonio?
—¡No, no, no! Ya es hora que yo me vaya, ya es hora que yo me vaya.
—¡Ay! No me digas eso, me vas a dejar aquí, yo que voy a hacer con la novela, no voy a saber ni por dónde, ni para dónde hacerme.