ENTREVISTA 17
El performer más impecable de la historia.
Francoise Baucher
Artista cuántico
Bueno, yo conocí a Antonio. Primero me interesé en Jacobo Grinberg-Zylberbaum y andaba en busca de Daniel Ruso; me había llamado la atención el camino de Ruso, el de pensar lo impensable, realmente crear un universo basado en sus investigaciones, que estaban al borde de la realidad.
Después terminé sabiendo que Antonio y Ruso también eran colaboradores, amigos y todo eso.
Y también en la montaña de Marcahuasi, en Perú, siguiendo pistas como hacía en esa época, como un explorador al estilo Indiana Jones, con matices espirituales, con sus arqueologías del mundo perdido y del mundo no valorado por la ciencia contemporánea, esa ciencia cruda, dura y de hechos medibles.
Ese tipo de cosas me fascinaban: la mente de alguien que buscaba tender puentes entre la realidad de la ciencia aceptada y la conciencia en sus mil dimensiones, imposibles de catalogar o de aprehender.
Entonces, Jacobo fue el primero de mi estirpe mexicana, tal como lo escribí en un pequeño ensayo titulado *“Tótems de Acceso Fractal” *.
Puse en Google los nombres: Daniel Ruso y Jacobo Grinberg, y eso me llevó hasta Pablo Sotelo.
Su mundo siempre es un reto inmenso para cualquier mente; se abre a tantas dimensiones, parece una súper asociación, y cuando lo vuelves a leer, hay cosas que te resuenan profundamente.
Y entonces también hay experiencias personales con esa red de textos de Pablo.
Un buen día, ya conociéndolo, me habló de Regina: el fenómeno Regina, que para Pablo sigue evolucionando en lo que hoy se llama *“Comando Cósmico Código Regina” *, de modo que esos textos van evolucionando y van generando distintos códigos.
Una vez estuve en San Miguel Chapultepec, hablé con Pablo y me dijo:
—Ah, estás muy cerca de la calle Alumnos. Ve a la calle Alumnos, entra en esa casa, toca el timbre y sube a ese cuarto.
Entonces me acerqué, conocí a Teresa, la hermana de Antonio; ella me dejó pasar y, al salir, me regaló unos merengues.
Entré en ese cuarto y todo se convirtió en un gran misterio para mí: aquel Código Regina que me habían sugerido, de pronto se concretaba en una habitación de una casa, y mi mente intentaba comprenderlo.
Por el lado del realismo histórico, me topé con las críticas de Elena Poniatowska, me encontré con esas realidades que negaban lo que podríamos llamar el *cantar de gesta*, una ficción más real que la propia realidad, o el arquetipo de Regina.
Y todo eso siempre me fascinó, porque mi mente o mi alma era capaz de comprender el nivel en el que se escriben textos que mantienen una relación distinta con la realidad, con otra realidad: la realidad espiritual, por llamarla de algún modo —pues se puede llamar de muchas formas—.
En definitiva, me acercaba a Pablo y le preguntaba por Antonio.
Y fue cuando trabajaba con Laura Esquivel, en Coyoacán, donde lo conocí por primera vez.
Antes de eso, siempre me había resultado difícil llegar a él; de pronto se abrieron las puertas y me encontré con él.
Nuestro primer diálogo fue en esa oficina: él vestía traje y corbata, y yo llevaba una cámara, porque yo, como siempre, lo veía todo como parte de mi obra, mi *modus operandi*.
Lo que siempre me ha sostenido y me ha salvado de muchas cosas es tener una obra en marcha.
Antonio dice cosas inmensamente complejas, algo casi inimaginable: que una persona sentada en una oficina, en una delegación cultural de México, hable de la prisión de la Luna, de que vivimos en una realidad que nos encubre y nos desvincula de la verdadera realidad, como una especie de *Show de Truman*.
Él relaciona todo esto con la Luna y con el embrujo: la Luna no ha terminado de gestarse por completo y obtiene su energía de los seres humanos —algo que me he encontrado una y otra vez en mi vida—, es decir, que todas las emociones del ser que aún no es consciente sirven de alimento para alguien o para algo.
De cierta forma, yo ya había pasado por esa experiencia: comprender que donde esa realidad del ser humano que aún no ha desarrollado su vínculo con el alma o con su ser verdadero, está dispersando una energía que otros pueden consumir.
Antonio lo afirma con gran convicción: habla de una historia en la que un Avatar llega a desempeñar un papel central en una profecía, según la cual México ha de despertar como punto clave para el despertar de toda la humanidad, y todo esto tiene que ver con dos montañas: una masculina y otra femenina, que son encarnaciones y energías cósmicas, arquetipos cósmicos de la expresión del Todo, y que México es el lugar preciso donde esto ha de ocurrir.
Yo soy una persona esotérica; necesito comprender las cosas racionalmente para poder asimilarlas y comprenderlas a mi manera.
Por eso todo eso me parece sumamente difícil de sostener, pero en aquel momento me sentí impulsado por una energía, por la convicción de vivir una misión, algo que daba sentido pleno a mi vida, y por eso lo acepté.
Había ido al Popocatépetl con Enrique, Olga y Piña, y conocí realidades totalmente ajenas a la mía: personas que rezaban en el volcán por un general que iba a ser encarcelado, un asunto de carácter político, y sin embargo aquel grupo rezaba por él y le ofrecía ofrendas.
Todo ello tenía una urgencia muy particular.
Todo esto me resultó profundamente sugestivo, y giraba en torno a una figura: el escritor Antonio Velasco Piña, quien movilizaba toda esa realidad, situado siempre en el límite de lo aceptable. Por mi parte, yo no lograba aceptarlo.
*“Esto no puede ser” *, me decía. Y, aun así, aquella visión de Antonio —que confrontaba la realidad concreta y periodística— me atraía con una fuerza inmensa.
Entonces comprendí varias cosas, y siempre volvía a la pregunta de Tomás: *¿qué hay de verdad y qué hay de ficción en todo esto?
* Y creo que esa es precisamente mi mayor fascinación por Antonio: la certeza que él tiene respecto a algo que se le reveló en el año de la matanza de Tlatelolco, algo que él recibe como verdad absoluta.
Y visto desde la perspectiva de un artista, yo me digo: él es el *performer* más impecable que he conocido.
Realiza una acción simbólica para poner en movimiento una realidad invisible, y jamás se aparta de ese propósito, de esa obra viva en el límite entre la ética y la estética.
Y para poner todo eso en movimiento… ahí es donde, a mi juicio, reside lo esencial: que alguien tenga un vínculo tan profundo con una verdad, llamémosla de nuevo la conciencia o el espíritu, que ya no importa distinguir entre verdad o mentira.
¿Quién es Antonio Velasco Piña? Toda su obra y su acción se sustentan en una verdad revelada que se hizo patente en él.
Hubo etapas fundamentales en su vida, como aprender a abrirse, a canalizar, a comprender lo que significa dejarse atravesar por esa realidad sin miedo, gracias a las enseñanzas de Berroa.
Y también a no temer mezclar lo histórico con lo ficcional, porque cuando se está dando forma a un movimiento, no hay temor a esa fusión.
Por lo demás, que ese movimiento pudiera tener otras limitaciones no me afectaba tanto, porque yo ni siquiera soy mexicano.
Y aquella idea —que me pareció un tanto narcisista— de que México era el centro del mundo…
cada pueblo, cada lugar podría decir lo mismo.
Si yo voy a la Sierra Nevada de Santa Marta, los Kogui afirman que allí está el corazón del mundo.
Sin embargo, aquella historia tenía una fuerza inmensa: la idea de que la energía espiritual dejaba de fluir hacia el Tíbet para concentrarse en México, como si un vórtice cósmico se desplazara.
Y todo ello formaba parte de un plan perfecto, que incluso contemplaba lo aparentemente adverso: que lo que parecía ser el mal servía para despertar y poner en marcha las grandes fuerzas, que también las sombras cumplían su función.
Todo aquel plan de que el Tíbet le transfiriera su fuerza a México era tan perfecto que incluso abarcaba el error y la adversidad.
Todo eso siempre me pareció fascinante en Antonio.
Y luego caminar con él por el bosque, comprender e imaginar cómo un territorio cualquiera se transforma al ser recorrido con conciencia, con pasos solemnes que permiten acceder a otra realidad del lugar…
toda aquella obra sutil, hermosa y artística, como una inmensa catedral que Antonio construía y erigía en su país y para el mundo, siempre me pareció algo extraordinario.
Y la forma en que cada libro resuena con los demás…
no he leído todos sus libros, pero siempre que leo fragmentos, percibo que todo encaja, que existe un plan maestro.
Y entre todo eso, hay planteamientos sorprendentes: por ejemplo, que el papel histórico de la Alemania nazi tuvo su importancia para el desarrollo de una nueva conciencia, no como exaltación de la violencia o la muerte, sino como tránsito hacia la luz.
Aquella idea de integrar lo oscuro como parte necesaria del nacimiento de una nueva conciencia siempre me pareció extraordinaria.
Y también ese juego con los Avatares, con Ayocuán o con el General…
todas esas capas de realidad donde cuesta distinguir quién habla en verdad.
Yo siempre era aquel inquieto muchacho que le preguntaba: *“Ayocuán, ¿eres tú en verdad, o es el General?” *.
Preguntas que siempre quedaban sin respuesta.
Cuando hablo de Antonio, siempre les cuento lo que él me contó: durante la preparación del Bicentenario, el expresidente Calderón decidió contratar a un especialista australiano en ceremonias patrióticas. El experto llegó y le dijo:
—…pero lo primero que debe hacer es encontrar a los guardianes de la tradición.
El presidente, en su forma de ver las cosas, interpretó que se trataba de los charros. Y Antonio se burlaba de eso: trajeron a los charros, y uno de ellos les dijo:
—Sí, nuestra tradición cuenta con siglos de historia… pero existen también los verdaderos guardianes de la tradición de México.
Convocaron a unos dieciséis guardianes, y alguien sugirió que comenzaran reuniéndose en el Cuarto de Regina. Antonio y todos los demás estuvieron de acuerdo… salvo uno: él mismo. ¿Por qué? ¿Por qué él ocupaba ya ese lugar? Esa es la parte más fascinante.
Finalmente fueron al Cuarto de Regina, y Antonio me explicó que lo que aquello significaba: que se le otorgaba tanta importancia al Avatar, que era necesario contener y armonizar aquella energía que se canalizaba a través de él, a través de esa figura.
Después, durante el camino, colocaron junto a él a una especie de *heyoka* azteca, alguien que rompe toda solemnidad.
Me contó que le asignaron a esa persona, alguien que se burla de lo sagrado y no respeta protocolo alguno, precisamente para que no se tomara demasiado en serio su papel de guardián de la tradición olmeca.
Ese detalle siempre lo he recordado, como uno de esos hilos sueltos que componen su historia.
Es como si, al estilo de Jorge Luis Borges, alguien escribiera un libro dictado en estado de trance, contando al mismo tiempo con un conocimiento histórico profundo: de la política mexicana, del funcionamiento del Estado, de la vida pública, de Palacio Nacional, de Los Pinos en los años sesenta, y también de lo ocurrido en el Tíbet tras la invasión china.
Y todo ese caudal de conocimientos se vierte en el libro revelado.
Y entonces llegan los guardianes de la tradición y le dicen:
—Usted es el guardián de la tradición Olmeca. Usted es el guardián de esa tradición que parece extinguirse una y otra vez, y que renace en la conciencia de alguien como algo nuevo: la tradición de lo inédito, de lo único y singular.
Él mismo había incluido en su libro aquel diagrama: cuatro personas suben a una pirámide por sus cuatro lados, reuniéndose en una cita profetizada desde hace milenios. Uno de ellos es un extranjero, y los guardianes le preguntan:
—¿Qué hace usted aquí? Usted no es de los nuestros.
Y él responde: *“Yo soy quien ha llegado. No pertenezco a esa tradición, pero su conciencia ha llegado hasta mí. La estructura entera de esa catedral de la conciencia ha aterrizado en mi ser” *.
Me parece algo sumamente profundo: dos figuras que ascienden a la pirámide en el Cuarto de Regina.
La primera, quien no debería estar ahí por ser extranjero.
La segunda, quien tampoco debería estar ahí por ser mujer.
Dos polos esenciales que dan origen a un nuevo orden, según el relato de Regina. ¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible?
Que lo absolutamente nuevo encarne dentro de la tradición y la renueve… ese momento es algo milagroso, insospechado, inefable. No puede ser planeado ni explicado.
Como yo no soy mexicano, todo esto me resulta aún más difícil de comprender.
Sin embargo, a Antonio le gustaba hablar conmigo.
Yo vivía en Berlín y, cada vez que viajaba a México, me sentaba con él en su oficina a conversar, a descubrir más cosas y a preguntar.
Disfrutaba profundamente nuestras charlas; nos unía una gran amistad.
Un buen día supe que era cinturón negro de karate.
Me contó que ya pasados los setenta años, un asaltante lo derribó para robarle la cartera.
Antonio le dijo que se detuviera… y con un solo golpe de karate lo dejó en el suelo, recuperó sus pertenencias y siguió su camino.
Desde aquella experiencia, y desde donde me encuentro hoy en mi propia vida, tengo la convicción de que él dio un salto inmenso muy temprano en su existencia, y comenzó a vivir en otra realidad.
En otra ocasión fuimos con Antonio, Alberto Ruz, la compañera de Alberto, Lina —quien entonces era mi pareja— y algunos camarógrafos.
Visitamos los volcanes, Cholula, el Bosque de Chapultepec, el Zócalo…
recorrimos muchos lugares mientras Antonio nos explicaba con claridad meridiana todo aquello que sus ojos veían.
Lo más valioso de Antonio era su presencia, su sabiduría en todos los planos, su inmensa humildad…
jamás lo vi jactarse de nada. Fue un ejemplo de integridad humana y de disciplina.
Lo más extraordinario que he conocido en mi vida.