ENTREVISTA 16
EL CORREO DEL ZAR
Fernando Arévalo
Sobrino de Antonio
Otra etapa, es cuando ya empezamos la carrera y se forma el grupo de los “Trece Apóstoles” «eso pocos lo supieron», ahí fue cuando ya Toño había adquirido otro papel más, porque él de niño siempre fue el tío, pero ya cuando crecimos ya no era el tío, era nuestro primo.
Y después llegaron los niños, cuando llegó Carlos y Carla ya era el primo de ellos, o sea, yo ya era el tío de Toño¡ y él cubrió muchos roles, uno de ellos, el de maestro y es muy difícil para mí tratar de explicarlo, porque siendo familiar es muy difícil que se logre la identidad de maestro en un tío, que además fue mi padre, asimismo, fue algo más que un amigo, uno finalmente, se lleva los momentos más intensos vividos.
Y luego, viene la última etapa después de que estudiaron con Laura Esquivel «allá en lo que era la casa de la cultura Jesús Reyes Heroles en Coyoacán»
A partir de ahí, yo adquiero otro rol «fue cuando me nombra Alberto Ruz», “El Correo del Zar”, porque me convertí en el único enlace con Toño a través de medios electrónicos, computadora. Toño de eso no sabía ni con qué se comía.
Yo fui su extensión, me tocó transcribirle, esa fue la última experiencia y el último legado de Toño, sus últimos cinco libros él me los dictó.
Primera etapa: Mi niñez.
Lo primero que quiero que entiendan, es que Toño, sí fue un gran ser, pero tenía a un lado a otro gran ser que era Gabi mi tía, ella era la que le iba “dictando por dónde”.
Entonces lo primero que definieron era sí querían acercarse, sobre todo conocernos a profundidad y poder entablar una relación de trascendencia, fue cuando definieron que todos los martes, uno de nosotros tres, iba a ir a comer a su casa, nosotros ya sabíamos que cada tres semanas nos tocaba ir, eso fue ¡maravilloso!
porque tuvimos todas las pláticas y los juegos de Toño y Gabi que eran con cada uno en particular. I
Independientemente de eso, los jueves Toño tenía sus reuniones con sus amigos, se iba a comer; Gabi se iba a comer con nosotros y los sábados era cuando comíamos juntos y después nos íbamos a Chapultepec, ahí lo increíble eran tres horas de caminata con Gabi, considerando que ella no era muy afecta a la parte física de caminar, subir el castillo y hacer todas las ocurrencias de Toño, eso para nosotros fue ¡maravilloso!
En esas visitas de los martes, fue cuando realmente conocí al tío y se estableció un vínculo muy especial, yo iba cuando todavía ellos no vivían en la casa que la gran mayoría conoció, ahí en Río Balsas 113 A. Ellos vivían antes en la calle de Tabasco esquina con Orizaba.
Estaba a media cuadra de La Casa Tíbet de hoy, recuerdo que Toño le cedió a Tony Karam, los vínculos y las relaciones que él tenía con el Tíbet.
Gabi y Toño decían.
—¡Qué mejor que cedérsela a Marco Antonio!
Toño tenía eso, asumía un papel mientras encontraba a alguien que pudiera desarrollar esa labor mejor y cuando lo encontraba nada le pertenecía: «nada nos vamos a llevar» —era lo que siempre decía.
Su relación con el Tíbet nos benefició mucho, nos tocó varias veces las visitas del Dalai Lama, muchos cursos y cosas que se organizaron.
Además, yo iba allá a esa casa de la calle de Tabasco y lo primero que nos pedían era que escogiéramos «para la comida» la música, yo escogí siete discos y siempre puse los mismos, mis hermanos cambiaban cada semana.
Era algo que desde ahí les llamó mucho la atención conmigo y de ahí el mote o el sobrenombre que me pusieron de juquillo—es algo así como loquillo—, para ellos, de los tres sobrinos, juquillo era el especial, no porque fuera muy diferente, simplemente, porque era a fin a las locuras de Toño, desde ahí Gabi dijo:
—Él ¡Sí es de tu onda!
Ahí fue cuando conocí a Toño «que además me platicaba cosas que ustedes no van a creer», en su época de estudiante le tocó inaugurar y ser de la primera generación de la UNAM, cuando secuestraban camiones, los pintaban para hacer sus protestas.
Toño fue todo lo que menos se imaginan de él mismo, eso era Toño.
Cuando él quería luchar por algo, estaba dispuesto hasta las últimas consecuencias.
Me acuerdo dentro de sus pláticas, ya no me acuerdo si fue con el Presidente López Mateos «creo que sí», porque con Díaz Ordaz no fue, que les mandaron camiones a la UNAM, dice:
—¡Ah! Mira, este sí es inteligente, porque nos manda los camiones, ya no tenemos que ir a capturarlos, nos ahorró toda esa aventura.
De todas maneras, él los pintarrajeaba y hacía lo que tenía que hacer, él y su hermano Miguel.
En cambio, cuando platicábamos con él de historia, vi cómo se transformaba, porque hablaba diferente a lo que conocemos de Historia, era muy especial, tuvo la capacidad de transmitirnos desde pequeños, historias, cuentos.
Sobre todo, cómo encontrar una trascendencia y una verdad en la búsqueda del conocimiento y el desarrollo del ser.
Cuando íbamos al bosque de Chapultepec, les puedo platicar cuál era el recorrido, ellos dejaban su coche por la fuente de Netzahualcóyotl, ahí de la fuente me acuerdo que jugábamos con hojitas de los árboles, siempre le ganaba a Toño y luego nos hacía trampa, porque agarraba y aventaba piedritas a nuestras hojas «él siempre tenía que ganar», pero jugaba y así es como jugaba él.
Luego, de ahí nos íbamos a un parque donde está un Tótem de Canadá, ahí empezábamos y hacíamos el recorrido hacia la fuente del Quijote pasando precisamente por lo que es el Nuevo Sargento, ahí en la fuente del Quijote se sentaban ellos, ahí descansaba Gabi y en la parte de enfrente había un islote, era la Isla del Tesoro¡ «ahí Toño de joven había enterrado un tesoro» y un día que no había agua nos cruzamos y fuimos nosotros también a enterrar un tesoro, nosotros hacíamos lo mismo que hacía Toño y todo lo hacíamos jugando.
Ya de ahí nos íbamos caminando alrededor de Chapultepec «del Cerro del Chapulín, donde está el castillo», pasábamos donde están los Niños Héroes en la piedra y nos iba explicando hasta llegar al viejo Sargento y ahí en el foro que está atrás nos ponían a cantar —Toño siempre era feliz cantando, los cuatro «que eran mis tres hermanos con Toño» nos poníamos a cantar ahí.
Básicamente todos los sábados íbamos a Chapultepec y también nos ponían a marchar, nos ponía a caminar en la ruta masculina y nos decía cómo debía de ser o cómo hacer una marcha contemplativa, en silencio interno.
Era algo entrañable, algo que yo ya traía en la sangre sin haberme dado cuenta, sin haber entrado a cursos, a pláticas, no, él lo hacía jugando con nosotros, todos los sábados desde que éramos niños.
Puedo platicar muchísimas anécdotas, pero las más importantes fueron las reuniones de todos los martes, donde Antonio pudo realmente establecer un vínculo con cada uno en forma muy única y particular.
De igual modo, los sábados con los tres, ya después éramos los cuatro, porque se integró Carlos Miguel, su hijo, «yo soy el Padrino de Carlos Miguel», eso era así tradicionalmente más ciertas fechas especiales como los 15 de septiembre, nos hacían irnos al desfile, todos al Ángel de la Independencia, era lo importante de ver cómo desfilaban, empezar a entender muchas cosas que Toño nos transmitió sobre los militares y su servicio a México.
Por otra parte, voy a contar de un libro de Octavio Paz, que es La Piedra del Sol «de pronto me cae el libro», me pongo a leer y me encuentro con marca textos, estaba subrayado:
“Las máscaras podridas/ que dividen al hombre de los hombres, / al hombre de sí mismo, se derrumban/ por un instante inmenso y vislumbramos/ nuestra unidad perdida, el desamparo/ que es ser hombres, la gloria que es ser hombres/ y compartir el pan, el sol, la muerte, / el olvidado asombro de estar vivos".
Cuando leo eso, me voy a la portada, dije:
—¡Esto está buenísimo! «Y veo»
—“A mi querido maestro Ayocuan dedicado por Octavio Paz”.
—¿Qué tiene que ver Ayocuan? ¿qué tiene que ver la Mujer Dormida? ¿Qué hace aquí este libro?
Y Gabi muerta de risa: —¡Toño, ya te descubrió juquillo!
—, así fue cuando entendí muchas cosas, el texto del poema Piedra del Sol de Octavio Paz es el que usaban en obras del Seminario de Investigaciones Etnodramáticas del maestro Oscar Zorrilla y del Taller de Investigación Teatral (TIT) de la UNAM, que dirige Nicolás Núñez.
Ya después me enteré que Toño era asesor del TIT, porque Toño tenía una relación muy particular con Oscar Zorrilla y Nicolás Núñez.
Toño, asesoraba siempre la parte histórica, por eso es que yo fui y llegué al Taller, los más allegados a Toño me conocían como “el sobrino de Toño”.
Un día me mandó Toño a las 5 de la mañana al Bosque de Chapultepec a participar a una obra que se llamaba Tonatiuh.
Y ahí fue cuando establecí el vínculo con el Taller de Nicolás.
Ahí me encontré a “Paquito” Lerdo de Tejada y a todos los amigos de Toño que tenían que ver con el Taller, estaba Alfonso Pérez, Cecilia Albarrán, Helena Guardia, Juan Allende, Ana Luisa Solís, Héctor Soriano…
Había mucha gente que yo conocía por la relación con Toño.
Él me fue llevando por un proceso y de ese proceso nunca me di cuenta.
Por lo que se refiere a ¿cómo era Toño en la casa?
, en el día a día…, era un niño. Hicimos un grupo musical, se disfrazaba y se ponía…
«yo tocaba la batería», Toño agarraba el pandero y nada más lo aporreaba éramos Los congratulations, porque ¿a qué venimos este mundo?
, a ser felices. Toda la relación con él era así.
Las navidades ¡uh qué maravilla!, íbamos intercambiando regalos, cada quien se paraba y daba un regalo: ¡y ahora le toca a tal! y así.