ENTREVISTA 14
Antonio era un visionario, un visionario cósmico.
Nanita Esperanza Martínez, Pera.
Capitana Conchera de la Mesa del Santo Niño de Atocha y
la Virgen de San Juan de los Lagos.
¿Cómo conoció a Don Antonio Velasco Piña?
Yo lo conocí, primero que nada, por su libro *Regina*, el cual me pareció sumamente interesante, porque yo andaba en la búsqueda.
Llegué a la danza de Citlalmina, el grupo en donde estaban Nicolás Núñez, Ana Luisa Solís, Helena Guardia y demás danzantes.
En ese momento no estaba tan involucrada como lo estuve más adelante.
Recuerdo que me invitaron a una velación en la Aldea de los Reyes; yo venía de otras escuelas de espiritualidad con otros enfoques.
Para entonces me empecé a involucrar más en las actividades que tenían que ver con Antonio.
También participé en la primera caminata del silencio, de Tlatelolco al Zócalo, aquella en la que todos iban vestidos de blanco, caminando con mucho respeto.
Me invitaron a la ceremonia que se hizo en Teotihuacán, aquella a la que asistieron los monjes budistas y en la que participó el grupo de la Nueva Mexicanidad; ahí apareció María Anzures, quien corrió hacia los monjes y se armó una trifulca.
Esa vez yo llevaba mi tambor tarahumara —ese tambor llegó a mi casa sin saber quién lo envió— y con el cual inicié, de alguna manera, en el mundo de los tambores.
Recuerdo que esa vez iba Alberto Ruz con su tambor, los monjes con sus instrumentos, y Toño vio cómo, con los tambores, protegimos a los lamas.
También estaba Jaime Delgado, maestro de artes marciales y un líder al que conocía muy bien; con él hicimos equipo para proteger a los lamas.
A raíz de ese momento, Toño me pidió que le diera clases de tambor, y así empezamos en Chapultepec, bajo una palmera «borracha de sol», él y yo solos, y le fui enseñando.
Él sabía que el tambor representaba el ritmo del corazón.
Con el tiempo nos corrieron de ahí por el ruido, ya que estaba cerca el zoológico.
Así que continuamos aquí, en la casa, en la sala.
Él fue quien me dijo: «vamos a abrir esto de los tambores», y empezaron a llegar personas a tomar clases.
En ese momento yo atravesaba una etapa crítica de mi vida, pero poco a poco fueron llegando Nicolás Núñez, Ana Luisa Solís, Rubén, Marte Trejo y Alejandra, quienes fueron mis primeros alumnos; también los Guzmán y Cecilia Albarrán.
Éramos un grupo bastante bueno. Para entonces yo ya formaba parte de la danza conchera.
Recuerdo que Ana Luisa dirigía la danza de Citlalmina, y en algún momento acordamos apoyarla.
Le comenté que para hacerlo necesitaba un permiso del Tata, así que fuimos a la zona del lago de Texcoco a pedírselo, y nos lo concedió.
Así pude apoyarla y empezamos a reunirnos cada quince días.
Vivimos experiencias buenas, regulares y difíciles, porque en todo lo que se hace hay que ir amasando la tradición.
Ahí conocí a Soledad Ruiz, sahumadora de la mesa central del Señor de Tlatelolco, donde reposan nuestras ánimas; tuve mucho contacto con ella.
Hubo una época en la que intenté mantener al mismo tiempo las actividades en Chapultepec con Citlalmina y la danza conchera.
En ese periodo consulté a Toño porque me estaba costando mucho trabajo llevar todo junto, y él me dijo: «deja a los concheros, quédate en Citlalmina».
Le respondí: «me estás pidiendo algo para lo que aún no me siento preparada».
Pero la verdad es que siempre he sido muy inquieta, y la tradición conchera ofrece un abanico más amplio, así que opté por ella y hasta hoy sigo en este camino.
Toño y yo nos veíamos con cierta frecuencia, porque había mucho de qué platicar.
Él escribía mucho, compartíamos nuestras experiencias.
Lo visitaba seguidamente para ofrecerle remedios y sahumarlo con mucho respeto.
Toño era un caballero, un *lord*, como dirían los ingleses; tenía un gran sentido humanitario y una mente brillante.
Después conocí al compadre Sonorita, un gran danzante que se separó de los concheros y formó el grupo de los Tezcatlipoca, en la plaza de la Conchita, en Coyoacán.
Toño me pidió que fuéramos a apoyarlos para instalar su mesa.
Toño siempre estaba presente, aunque no pertenecía formalmente a la tradición conchera; observaba y anotaba todo lo que percibía e intuía, tenía esa capacidad.
Recuerdo también que, al presentarse su libro *Cartas a Elisabeth*, me invitó al evento.
Uno de los presentadores no llegó y me pidió que subiera yo a presentar el libro.
La verdad es que me daba mucha pena porque no lo había leído; pensaba: «¿cómo voy a presentar un libro del que no sé nada?
». Pedí ayuda a Dios y a las ánimas. Al final, casi no hablé del libro, sino de Toño: dije que era un investigador cósmico, que recuperaba y construía una historia sagrada que nos pertenece, con raíces y experiencias profundas.
¡Me aventé todo un discurso! Cuando terminé, Toño me miró, se rió por lo bajo y me dijo unas palabras…
y hubo muchos aplausos, porque hablé de él, no del libro. Después pensé: «bueno, ya lo leeré».
Esas son algunas de mis experiencias con Toño, porque hay muchas más. Le confié gran parte de mi vida y él me compartió la suya.
También recuerdo cuando fuimos a levantar la sombra de Regina, a los pies del Iztaccíhuatl.
Creo que se cumplían cuarenta años. Ahí lo hicimos junto con el Capitán Ángel Aguayo.
Toño tenía contacto directo con los grandes jefes, capitanes y generales de la danza conchera, como Don Faustino.
Él no danzaba ni participaba en las ceremonias, pero estaba siempre atento, tomaba nota, hablaba con todos.
Hablando de esto, recuerdo también que se filmó una película titulada *Él es Dios*, con autorización especial y con Alfredo Buenfil. Recordar a Toño me trae muchos recuerdos… podría seguir contando historias.
Cuando hablo de los jefes y generales, siempre me lo imagino presente, platicando con ellos. Lo veo aquí, hablando con los líderes de la tradición.
Fuimos muy cercanos, pero a la vez manteníamos una distancia, porque él era ante todo un observador, un testigo, como siempre se presentó ante los demás.
Nunca se adjudicó títulos ni cargos. Llegaba a la esencia de las cosas y encontraba una armonía perfecta entre nuestras tradiciones y la realidad de cada día, como se refleja en sus libros.
¿Cuál considera usted que es el legado más importante de Don Antonio?
Creo que tenía el don —o la sabiduría— de poder abrir su mente y su espíritu para unir materia y espíritu.
Logró expresar una inmensa sabiduría, recopilar todo ese conocimiento para bien de quienes buscamos, de quienes sentimos que el alma despierta y el espíritu recibe.
Dejó esa luz y esa intensidad para ayudarnos a tomar conciencia de algo que apenas empezamos a descubrir, porque apenas hemos rozado su superficie.
Toño fue quien me impulsó en un momento crítico, cuando no sabía hacia dónde dirigirme.
Ya había recorrido varios caminos espirituales y andaba en la búsqueda.
Él, aunque me dijo que no creía que la danza conchera fuera mi camino, me dijo: «pruébala, vívela».
Fue quien me disparó a recoger mis propias redes, a examinar mis carencias y a decidir mi rumbo.
Y aquí sigo, fiel a la tradición conchera, con abrojos y pedernales, como le dije a mi comadre: presente siempre, en lo bueno, en lo difícil y en la alegría del alma.
Porque las palabras de los tatas solían ser breves, pero decían todo: «no hay dolor si no hay sentido; no es dolor si no es ofrecido».
Frases así. Cuando llegas a un pueblo tras caminar largas distancias para cumplir con el santo patrono, como dice la alabanza: aun sangrando los pies, seguiré danzando y cantando. Y espero morir así.
El legado de Toño fue impulsarme y apoyarme siempre, en cada momento difícil, hasta la última vez que nos vimos y abrazamos en Tlatelolco, junto con Alberto Ruz.
Toño era un estratega discreto: sabía cómo mover todo sin aparecer.
En las caminatas, por ejemplo, indicaba que los concheros fueran al frente, formando la serpiente bífida.
Tenía una gran capacidad de convocatoria, pero siempre se mantenía oculto; organizaba todo y él no aparecía.
Al final decidimos ser el crótalo de la serpiente: aquella parte que recoge todo lo que hay, lo que llega, lo que se va y las ánimas perdidas.
No hubo caminata a la que no me avisara, y por supuesto siempre íbamos juntos.
Toño contaba conmigo. Aunque me había dicho que no me involucrara tanto en la danza conchera, comprendía la fuerza de la tradición: no solo su energía, sino su profundidad espiritual, de caminar hasta llegar sangrando al Zócalo para entregar la ofrenda.
En este mundo de tradición se abren otros sentidos; aprendes a percibir más allá de lo que se ve.
Pero también es una gran responsabilidad.
La serpiente bífida es muy simbólica: representa ese camino que se arrastra hasta donde queda el crótalo…
y la cabeza de la serpiente es un recorrido mágico y silencioso.
El camino de la cruz que nos pertenece como danzantes concheros: la cruz de los cuatro rumbos en movimiento. Todo eso y más observaba y comprendía Toño Velasco.
Porque no es lo mismo quien solo toma fotos desde fuera… he visto cosas profundas a nivel energético por simples descuidos. Por eso nos protegemos tanto: porque hay fuerzas sutiles, hay magia real.
Nuestro trabajo se desarrolla en un mundo sutil que se descubre con esfuerzo. Nada se regala: entre más trabajas, más observas y más comprendes. Si no te esfuerzas, vas a la deriva, chocando de un lado a otro, criticando si el otro lo hace bien o lo hace mal.
Se te olvida que debes entrar en esa energía sagrada que es tu capelo, y que debes aprender a sostenerla.
Danzas y elevas tu águila blanca, y ya no importa si el otro lo hace bien o mal; tú ya estás en comunión con el universo.
Cuesta mucho… sí. Hay hambre, hay sed, te duelen los pies.
Pero hay algo que te llena de fuerza. Por ejemplo, tras una velación completa —que corresponde a la energía lunar—, cuando ya estás agotada, empieza la danza solar.
Y me preguntan cómo puedo resistirlo. Al principio cuesta, traes los pies destrozados…
pero sientes una energía que te sostiene.
Descansas en vigilia y retomas con renovadas fuerzas.
En Cholula, por ejemplo, tras una velación bajo un frío intenso, me pidieron que cantara mi alabanza; me levanté como pude y la ofrecí.
Al terminar, al levantar la vista, vi los volcanes y el sol naciente.
Me empapé de esa belleza y me recosté en el piso cubriéndome con mi rebozo.
Al rato escuché el sonido del caracol. Al abrir los ojos, me di cuenta de que me habían llenado de limosna, como si fuera una pordiosera…
y recogí las monedas para llevarlas a la iglesia.
Toño fue alguien con quien tuve conversaciones profundas y sinceras en todo momento.
Fue un gran apoyo y una gran persona. Lo quise y lo querré siempre.
Fue para mí un gran maestro, aunque no fuera conchero.
Su legado no está solo en sus libros, sino en su calidez humana, su espíritu, su inteligencia y su sentido del humor.
Recuerdo que tenía un humor muy particular.
Una vez estábamos en una cueva en Teotihuacán mientras explicaban la posición de las estrellas y los espejos de agua; cayó una piedrita y le dio en la cabeza, y luego otra…
y Toño, que normalmente reía por dentro, se rió con toda su alma como nunca antes.
Seguí en la tradición a pesar de que él me decía que no me comprometiera tanto. Veía en mí que estaba dejando muchas cosas, incluida mi familia… pero no me arrepiento. No es fácil alejarse de donde uno cree que viene. Fueron tiempos difíciles, muy difíciles.
Antonio era un visionario; así lo dije al presentar su obra: un visionario cósmico. A Don Antonio no le gustaba que lo ensalzaran.
Su palabra no se perderá. Él intentó formar un grupo de doce sacerdotisas; invitó a varias mujeres, entre ellas a Soledad Ruiz, quien habría de guiarlo.
Pero nosotras no aceptamos, y Toño lo respetó.
Yo no soy sacerdotisa, no pertenezco a ese orden.
Soledad fue también conchera y estuvo muy cerca de Toño; fue la protagonista de la película *Rito Terminal*.
Hoy me lo imagino bajo una palmera con su tambor, en la Casa de los Alumnos, aquí y allá… poco a poco se fue alejando. Él fue ante todo el Testigo, y lo cumplió a la perfección.