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El lunes diecinueve el obrador está cerrado. Es el primer lunes que cierra: el cartel lo puso ella el jueves y entra en vigor hoy.
A las seis de la mañana estamos los dos dentro.
No lo hemos hablado. Ninguno de los dos ha dicho «mañana quedamos» ni «no te quedes solo».
Yo llegué ayer por la mañana de Wilmington, detrás de ella, en dos coches, con dos bolsas y un maletín de niveles.
Dormí cinco horas en el cuarto pequeño de casa de mi madre.
Y a las nueve y veinte, cuando mi madre se puso el abrigo bueno y se fue a Providence con Alma sin decirme para qué, me quedé arriba mirando un techo que había pintado yo en el noventa y nueve.
Hoy a las seis menos veinte he bajado los doce escalones y la puerta de atrás estaba abierta.
Trabajamos, que es lo que sabemos hacer los dos.
Ella pone una fermentación larga que no tiene que vender: en dos semanas hay una boda en el número cuarenta y uno de esta calle, le han encargado ochenta panecillos y quiere probar la masa con el centeno nuevo antes de comprometerse.
Yo hago la lista pequeña, que es una lista que no está en ninguna parte y que me he inventado esta mañana en la escalera.
Cambio el cierrapuertas de atrás, que lleva desde junio dando un golpe.
Pico el zócalo de la esquina de la cámara, donde el charco de la junta levantó dos baldosas, y las vuelvo a poner con cemento cola y una cuña de cartón.
Ajusto la cerradura tomada, que se abre con la cadera y no debería.
Y cambio la lámpara del fondo por una de temperatura más caliente, porque a las cuatro de la mañana la luz blanca es una crueldad.
Cosas de dos horas. Ninguna de las once del separador y ninguna de las veintitrés de la lista: cosas pequeñas, en un edificio que no es mío, un lunes cerrado.
A las once y cuarto ella baja el horno y se sienta.
Yo estoy con el destornillador en la mano y las dos manos dentro del marco de la puerta, y la oigo dejar el cepillo, y me giro.
—Faltan cinco minutos —dice.
—Ya.
—¿Quieres estar solo?
—No.
—¿Quieres que apague el extractor?
—Sí.
Lo apaga, y se hace un silencio de ochenta metros de azulejo blanco.
A las once y veinte no pasa nada.
Eso es lo que hay que decir y es lo que yo no sabía el año pasado, cuando alguien me dio la hora y yo pensé que aquella hora iba a ser un sitio.
No es un sitio. Es un número.
Un horno de mil novecientos veintiuno bajando de temperatura.
Una mujer sentada en un taburete con las manos en las rodillas mirándome.
Un camión en el stop del final de la calle.
Y un hombre de treinta y tres años de pie en medio de un local con un destornillador en la mano, a las once y veinte de la mañana, un año exacto después.
Estoy dos minutos así.
Y a los dos minutos vuelvo a atornillar el cierrapuertas, porque hay que atornillarlo, y Alma se levanta y vuelve a encender el extractor y sigue con lo suyo.
Eso es todo lo que hacemos a esa hora.
Comemos arriba. Mi madre ha hecho lo del arroz, que lleva un año sin hacer y que hoy ha hecho para cuatro personas aunque somos tres.
Marcelo sube a las dos con las niñas, se come un plato de pie apoyado en la encimera y se vuelve a bajar. Julia llama a las dos y media desde su ciudad y habla nueve minutos con mi madre en un idioma y con Alma en otro.
A las tres y cuarto, cuando ya está el café, mi madre mira a Alma.
Solo eso. Levanta la barbilla dos centímetros hacia la puerta de la cocina y vuelve a lo suyo.
Y Alma se levanta, y tarda, y va, y vuelve con una caja de madera tapada con un paño.
La pone encima de la mesa, entre el azucarero y mi taza, y le quita el paño, y da un paso atrás y se queda de pie, que es lo que uno hace cuando ha entregado una cosa y no quiere estar dentro del sitio donde va a caer.
M. FERREIRA.
Yo me quedo mirando esa caja.
—Alma.
—El dinero es de tu madre —dice enseguida, muy rápido, como quien suelta una cosa que le quema—. Todo. Ni un dólar mío. Yo he conducido.
—Ayer. A las nueve y veinte.
—Ayer.
—¿Y cuánto…?
—Lo que pagó él —dice mi madre desde su silla—. Ni un dólar menos, que se lo tuve que empujar por el mostrador. Y es mi dinero, Leonardo. De la casa. No preguntes más.
Y abro la tapa, y están los ocho, en su sitio, en su fieltro, con el filo hacia arriba, y el del veinticinco milímetros tiene una mella de hace catorce años que le hice yo a los diecinueve y que no se puede quitar sin comerse tres milímetros de acero.
Y ahí es donde se rompe.
No es bonito.
Me sale un ruido feísimo por la garganta, y no lo puedo parar, y tengo las dos manos abiertas encima de la caja como si la caja pesara, y me sube por el pecho una cosa que lleva un año sin subir y que no tiene ninguna intención de terminarse.
Cuatro minutos.
No me toca nadie. Ni mi madre ni Alma se levantan, y las dos están a metro y medio, y las dos se quedan donde están.
Un año y un día sin llorar.
Y no lloro por mi hermano, o no solo. Lloro porque llevo un año día por día con una cosa dentro que no se podía sacar trabajando, y porque hoy alguien ha pagado tres mil cuatrocientos dólares para devolverme una cosa que yo había decidido no volver a tener.
Que es lo mismo que me pasó el sábado en una escalera de madera de Carolina del Norte, y las dos veces me lo hizo una mujer que no me pidió permiso.
Cuando puedo hablar son casi las cuatro.
Me sueno con una servilleta de tela, que a mi madre le da igual, y me quedo un rato con la taza fría entre las manos.
Y luego saco el móvil y lo pongo boca arriba encima de la mesa.
—Mamá.
—Qué.
—Hay una cosa que no le he puesto a nadie.
Y le cuento lo que es. Que es del veintiséis de septiembre del año pasado, un viernes a las ocho y cuarto de la tarde, que yo estaba cerrando en Bell Point y no la abrí, y que llevo un año sin abrirla, y que la abrí en Carolina del Norte hace nueve días y que no hay nada dentro.
—¿Cómo que no hay nada?
—Que no hay nada, mamá. Que no es una despedida. Que son cuarenta y un segundos de él pidiéndome la furgoneta.
Mi madre se pone las dos manos en el regazo y se endereza en la silla.
—Ponlo —dice.
Y lo pongo.
Una puerta de furgoneta. Un mechero. Y mi hermano cogiendo aire.
La furgoneta hasta las dos porque Kev se muda y tiene un sofá. Y qué le pone a la madera del bajo de la puerta del baño que se está hinchando. Y que vaya el domingo, que hace tres semanas, y que mamá va a hacer lo del arroz.
Y que le coja el teléfono alguna vez en la vida.
Luego se ríe de algo que pasa fuera del micrófono, y dice espera, y se corta. Cuarenta y un segundos.
Mi madre se queda con la vista en el hule de la mesa.
Después hace una cosa que yo no me esperaba en absoluto: se ríe.
Se ríe con la boca cerrada primero y luego abierta, con los ojos llenos, moviendo la cabeza.
—La puerta del baño —dice—. Un año.
—Mamá…
—Un año, Alma, con esa puerta hinchada, y este hombre sin decirme nada y sin arreglarla, y era su hermano el que se lo iba a preguntar. —Se seca la cara con la muñeca—. Ponlo otra vez.
Y lo pongo otra vez.
Y a la tercera vez ya lo pone ella sola, con el móvil en la mano, apretando el botón con el pulgar como si le costara.
Al año pasado no se parece en nada.
El año pasado a esta hora yo estaba solo en una casa de Chestnut Street llamando a una funeraria y calculando cuántas sillas hacían falta.
Hoy son las cinco y veinte de la tarde del diecinueve de octubre, hay una caja de formones encima de una mesa, mi madre está oyendo a su hijo pedir una furgoneta por cuarta vez y Alma está fregando los platos de espaldas y no ha dicho ni una palabra en veinte minutos. Duele.
Duele muchísimo, y hoy va a durar hasta que me duerma, y mañana también, y va a haber días de marzo en los que me pille por sorpresa en una ferretería. Y se puede.
A las seis bajo a arreglar la puerta del baño de mi madre, que efectivamente está hinchada, y que se arregla en veinte minutos con un cepillo y un poco de vergüenza.