Epílogo
Las tres y cuarenta de la madrugada era la peor hora de mi vida.
Yo esto no lo he contado nunca en voz alta, y lo cuento ahora porque hoy hace dos años y porque si no lo escribo se me va a olvidar cómo era, y no quiero que se me olvide.
Era la hora del sótano del Saint Anselm, la de la máquina de café que daba mal el cambio, la de la silla naranja y el pasillo del ascensor B. Durante catorce meses, si yo estaba despierta a las tres y cuarenta, era porque algo iba mal.
Ahora es la hora de encender.
Suena a las tres y treinta y cinco y lo apago yo, porque tengo el móvil de mi lado.
Leo se levanta el primero de todas formas. Se levanta como se levanta él, de golpe y sin quejarse, y baja descalzo hasta el rellano y se pone las botas ahí, porque las botas en el dormitorio no, eso lo tenemos hablado.
Vivimos en el segundo del veintidós de Water Street, tres portales más abajo del obrador, en un piso que tiene el suelo mal y las ventanas buenas. Lo alquilamos en marzo. Lo pintamos nosotros y lo pintamos torcido en el pasillo, y no lo hemos arreglado, y ya no lo vamos a arreglar nunca.
A las tres y cuarenta y dos está peleándose con la cafetera.
Es una cafetera italiana de tres tazas que se compró él y que odia, y todas las mañanas dice lo mismo, que la junta va mal, y todas las mañanas yo le digo que cambie la junta, y él dice que no es la junta, que es el diseño.
Igual que discutía con la del hospital.
Ese hombre necesita un aparato con el que discutir a las cuatro de la mañana. Yo antes tenía a mi hermana y él tenía a una máquina, y ahora nos tenemos a nosotros y a una cafetera de once dólares.
Hoy es martes, y los martes cerramos.
Pero los martes se enciende igual, porque el que enciende ese horno un martes tiene el pan del miércoles a las seis y el que no lo enciende no lo tiene, y eso es una cosa que no se puede negociar con nadie, ni con un marido, ni con una hermana, ni con una junta de goma.
Bajamos juntos y abrimos el obrador a las cuatro menos cinco.
Enciendo yo. Eso no lo toca nadie.
Él está hasta las seis y media: saca la cámara, monta el escaparate, carga la primera hornada y se va a las siete menos veinte a su obra, porque ahora tiene obras suyas otra vez, tres al año, pequeñas, él solo con Marcelo cuando Marcelo puede.
La furgoneta la compró en junio. Es una del catorce con ciento noventa mil kilómetros y en la puerta no pone nada, y él dice que lo del rótulo se verá.
Los nueve mil cuatrocientos de Wilmington los terminamos en abril. Los pagó él con horas de Vinnie y yo con cuatro meses de bodas, y hay un papel en el separador once de la carpeta azul donde está apuntado quién puso qué, con fecha, porque yo soy así y porque él ya no discute.
En el separador once hay ahora catorce hojas.
Es el más gordo, exactamente como él dijo que pasaría, y una de las hojas es un plano a tinta del jardín de atrás con las conducciones enterradas acotadas desde dos puntos fijos, dibujado en enero de este año, porque este hombre no sabe pedir la mano de nadie de otra manera.
El obrador va.
No va como en las historias. Va como van los negocios de una calle sin paso: mejor que el año pasado, peor que el mes bueno, y con un enero que da miedo todos los eneros.
Este año he vendido ciento dieciocho mil dólares y me he pagado un sueldo once meses de doce. El de agosto no me lo pagué y no se lo dije a nadie, y esa es la única mentira que le he contado a este hombre desde que vive conmigo, y la sabe, porque él lleva la cuenta de la derecha mejor que yo.
De los doce mil que le firmé en abril del año pasado, a quinientos al mes, quedan tres mil quinientos.
Los cobra. Se lo tuve que discutir dos veces y a la tercera cogió el dinero, y ahora el uno de cada mes me manda un mensaje de tres palabras que pone «recibido, gracias, Reyes», y yo no sé si eso es una broma o si es lo más serio que hace en todo el mes.
Hay una máquina de fermentación controlada, de segunda mano, que compramos en abril y que ha cambiado mi vida más que ninguna otra cosa de este edificio, porque me devolvió dos horas de sueño al día.
Y hay ochenta metros de azulejo blanco de mil novecientos veintiuno que sigo fregando yo los domingos, porque no me fío de nadie.
Un martes cualquiera, a las nueve y veinte de la mañana, dentro de este local hay esto.
Ethan, que lleva un año y que marca mejor que yo, discutiendo con Rosa sobre si el escaparate se monta por altura o por color.
Rosa, que lleva el mostrador desde marzo, cuatro días a la semana, con contrato y con la rodilla nueva, contestándole en portugués.
Ethan contestándole en inglés. Y los dos entendiéndose perfectamente desde hace un año sin compartir un solo idioma.
Rosa le habla en portugués a toda la clientela. Sin excepción. Lleva doce meses diciéndole a señoras de Fall River que el de centeno pesa más pero rinde igual, y las señoras asienten y compran el de centeno, y yo he dejado de traducir porque no hace ninguna falta.
Y Bev, sentada en la silla que le pusimos junto al radiador, comprando ocho cosas que no puede comer.
En enero se cayó y le llevé la compra tres semanas, y se puso pesadísima con pagármelo, y la dejé pagármelo. Eso también lo he aprendido este año y me costó tres discusiones.
Duarte Almeida murió en febrero. Vino toda la calle. Su hija me pidió que hiciera el pan del velatorio y lo hice en molde alto, y a la salida un hombre al que yo no conocía me contó que su padre le había explicado a medio salón parroquial lo del golpecito en la base.
Julia viene el fin de semana.
Y no llama antes.
Eso es lo que quiero contar de mi hermana, y no la biopsia. Que el sábado, a las once y veinte de la mañana, oí un coche mal aparcado y un portazo, y era ella, con una bolsa de tela y un bizcocho de una pastelería de su ciudad, y no había avisado.
La biopsia también, claro. Julia tiene veinticinco años y un corazón que no es el suyo y que ya lleva dos, y en la de septiembre le salió cero R y le han espaciado los controles a dos veces al año, y ella sigue diciendo que no le gusta ser una señora que va al médico dos veces al año.
Vino con Priya. Priya lo dejó con el novio en marzo y ahora comparten el piso otra vez, y las dos se pasaron el sábado entero detrás del mostrador cobrando mal y riéndose. Rosa las llamaba «as meninas».
Ninguna de las dos entendía por qué, y las dos contestaban que sí.
Y el sábado por la noche, cuando cerramos, subimos los seis a comer arriba —Julia, Priya, Rosa, Marcelo sin las niñas, Leo y yo— y se armó a las once y media una discusión de cuarenta minutos sobre si el arroz lleva o no lleva pimiento, con dos idiomas y medio a la vez, y yo me levanté a por agua y me quedé de pie en el pasillo mirando aquella cocina.
Ocho personas caben en una mesa de cuatro si se aprietan.
Eso lo aprendí de mi madre a los nueve años y llevaba veintitrés sin comprobarlo.
La boda es el veintitrés de mayo.
En el jardín de atrás, que era un solar con dos carros de la compra y que Leo limpió en dos domingos de abril porque le dije que era una vergüenza.
Vienen setenta personas. Va a haber arroz.
No vamos a llevar a nadie del brazo por ningún sitio, porque a mí me falta mi madre y a él le falta su padre y le falta su hermano, y hemos decidido que en vez de disimularlo lo hacemos así: entramos los dos juntos, andando, desde la puerta del obrador hasta el fondo, que son veintidós metros.
Marcelo hace las mesas. Es su regalo y no admite discusión, y ya las tiene cortadas y apiladas en el fondo del taller de Vinnie desde agosto, tapadas con una lona, y cuando Leo le dijo que eso es mucha madera, Marcelo le contestó que se callara.
Yo hago el pan.
Eso también ha habido que discutirlo, porque todo el mundo tiene una opinión sobre si la novia debe amasar el día de su boda, y la opinión de todo el mundo me da exactamente igual: yo el veintitrés de mayo enciendo a las tres y cuarenta como cualquier otro día, saco setenta panes a las siete, y a la una me pongo un vestido.
En la mesa larga, en el centro, va a haber una hogaza sin cortar con la costura hacia arriba y un molde alto de pan de maíz, y nadie va a saber por qué, y no hace falta que lo sepa nadie.
El diecinueve de octubre lo hacemos como el primer año.
Cerramos. Trabajamos en cosas pequeñas. A las once y veinte paramos dos minutos y no pasa nada, y luego seguimos, y comemos arriba, y hay días en que alguien se ríe y días en que no.
Y hay una cosa más. Es de él, y la cuento porque me ha dicho que la cuente.
La nota de voz sigue ahí. No la ha borrado y no la ha guardado en ningún sitio especial: está donde estaba, en el mismo hilo, entre un mensaje de un proveedor de zinc y una foto de una viga.
Y la pone tres o cuatro veces al año, sin avisar y sin ceremonia. Una vez en el coche, en marzo, en un semáforo, y me dijo «espera» y le dio al botón y los dos nos quedamos oyendo a un chico de veintidós años pedir una furgoneta. Y luego se puso el verde y arrancó.
Rosa la tiene también. Se la pasó en noviembre. Y Rosa, que aprendió a usar el móvil hace cuatro años, la tiene marcada con una estrellita y la pone los domingos.
En el pasillo de casa, detrás de la puerta, hay una caja de cartón que pone CUARTO DE DANI con la letra de él.
Lleva dos años ahí. No la ha abierto. Yo no le he preguntado nunca cuándo la va a abrir, y no se lo voy a preguntar, y a lo mejor la abre en marzo o a lo mejor no la abre nunca y la caja se muda con nosotros tres veces.
Antes eso ponía los horarios. Elegía las casas, decidía quién se iba y a qué distancia y a qué hora había que estar despierto.
Ahora es una caja en un pasillo.
Esta mañana, a las tres y treinta y nueve, he bajado al rellano y él estaba sentado en el escalón con una bota puesta y la otra en la mano, mirando la cafetera desde lejos como se mira una obra mal hecha.
Me he sentado a su lado.
Y me ha cogido las dos manos y me las ha metido debajo de su jersey, contra el costado, que es lo que hace desde noviembre y que no hemos hablado nunca, porque yo bajo con las manos heladas y él está caliente como un animal.
—Hay que hablar de la segunda máquina —ha dicho.
—La segunda máquina son once mil dólares.
—Once mil doscientos. Lo he mirado. —Se ha puesto la otra bota—. Si apartamos desde noviembre la tenemos en septiembre. Y esta vez te lo digo antes de hacerlo. Que conste.
—Que conste.
Y se ha puesto de pie para bajar.
Este hombre me lo dijo hace dos años, en una habitación encima de un garaje de Carolina del Norte, a las cinco y veinte de la mañana, sin que se lo pidiera nadie. Y lo ha repetido desde entonces con una naturalidad que a mí me sigue pareciendo un truco de circo.
Yo no se lo he dicho nunca.
Ni una vez en dos años. Y él no me lo ha reclamado ni una vez en dos años, que es lo que más rabia me da, porque me deja sin excusa.
Porque en Filadelfia, a las nueve de la noche, en la interestatal noventa y cinco, taché esa frase de una lista con los dientes apretados, y tenía razón en tacharla aquella noche, y después no supe destacharla nunca.
—Leo.
—Dime.
—Que te quiero.
Se ha quedado con la mano en el pasamanos.
—Ya lo sé —ha dicho.
—Ya. Pero hoy lo he dicho yo.
—Ya lo sé, Reyes.
Y hemos bajado los dos a la calle, y he abierto la puerta de atrás sin empujarla con la cadera, porque hace dos años que un hombre me ajustó esa cerradura un lunes cerrado y todavía va bien.
03:40.
FIN