Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 56
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AHORA · octubre

El domingo dieciocho llevo a Rosa a Providence y mi único trabajo es conducir.

He dormido cuatro horas en dos días y llevo dos mil cuatrocientos kilómetros desde el viernes, y no digo nada de eso, porque esto se habló el jueves y el jueves yo dije que sí.

Eso me lo deja claro el jueves, en su cocina, con el delantal quitado y doblado encima de la mesa, que es como esta mujer anuncia las cosas.

—El domingo me llevas a Providence.

—¿A qué?

—A lo mío.

—Rosa, si es lo de los formones, yo puedo…

—Alma. —Y se sienta—. Tú conduces.

El domingo por la mañana entiendo por qué.

Porque yo, el jueves, en las tres horas siguientes, hice cuatro cosas: he mirado en internet lo que valen los formones Sorby de los sesenta con caja, he llamado a un conocido de un conocido que restaura herramienta, preparé tres frases para el momento en que Bill Nickerson dijera una cifra y calculé cuánto podía poner yo sin que se notara.

Cuatro cosas en tres horas. Sin que nadie me lo pidiera. Con el negocio abierto y con un cartel recién pegado en el cristal que dice que somos una persona.

Y no las he hecho por Rosa. Las he hecho porque llevo treinta y un años convencida de que si yo no organizo una cosa, esa cosa sale mal.

Así que el domingo, con cuatro horas de sueño y con Leo durmiendo boca arriba en el cuarto pequeño de su madre, cojo las llaves y me digo lo siguiente en voz alta: hoy conduces.

Se pone el abrigo bueno.

Es un abrigo azul marino de paño con los botones forrados, de los que ya no se hacen, y debajo lleva una blusa con un broche, y se ha puesto los zapatos que no usa para andar.

Sale de su casa a las nueve y veinte de la mañana de un domingo vestida como para un bautizo, con el bolso pegado al cuerpo, y baja los doce escalones de hierro agarrada al pasamanos que le pintó mal su hijo el domingo antes de la mudanza.

En el bolso lleva un sobre.

Yo el sobre lo veo y no digo nada, y me cuesta.

Son cuarenta y cinco minutos por la interestatal. En el kilómetro doce empiezo:

—¿Quiere que llame antes, para asegurarnos de que abre?

—No.

—Es que los domingos hay tiendas que…

—Alma.

Vale.

En el kilómetro veinticuatro lo intento por otro lado.

—Si el hombre pide más de lo que pagó, yo tengo…

—Alma.

—Es que a lo mejor…

—Que no, hija.

En el kilómetro treinta y uno, cuando ya se ve el puente, abro la boca por tercera vez para decirle que conozco a un tasador que me dijo una vez lo que valen los Sorby de los sesenta, y me oigo antes de decirlo, y cierro la boca.

Rosa mira por la ventanilla.

—Muy bien —dice.

La tienda de Bill Nickerson es un local largo y estrecho de Broad Street, con dos escaparates llenos de garlopas, y huele a aceite de máquina y a cartón viejo.

Los formones están en el escaparate de la izquierda, en su caja, abierta, con la tapa levantada apoyada en la pared y el nombre a la vista.

M. FERREIRA.

Rosa se para delante del escaparate y los mira desde fuera treinta segundos largos, con las dos manos en el bolso.

—Los tenía en el segundo cajón —dice—. Debajo de un trapo verde.

Y entra ella primera.

Yo entro detrás y me quedo junto a la puerta, exactamente donde tengo que quedarme.

Bill Nickerson es un hombre de setenta y muchos con las gafas colgando de un cordel, y sabe quién es ella antes de que hable.

—Señora Ferreira.

—Vengo a por la caja.

—Ya lo veo.

—¿Cuánto pagó usted?

—Señora Ferreira, yo esa caja…

—¿Cuánto pagó usted?

El hombre se apoya en el mostrador con las dos manos.

—Tres mil cuatrocientos.

—Pues aquí están tres mil cuatrocientos.

Y saca el sobre del bolso y lo pone encima del mostrador, y lo empuja quince centímetros con dos dedos.

Bill mira el sobre y no lo coge.

—Yo se los guardaba a él —dice—. Se lo dije a usted en la iglesia. Si un día los quiere, aquí están. Y así sigue.

—Ya. Pero es que él no va a venir nunca.

—…

—Mi hijo no va a entrar en esta tienda a pedirle a usted una cosa. —Rosa mueve la cabeza—. Ese chico se vendió la herramienta de su padre y no me lo contó a mí, y no se lo contó a la novia, y no se lo iba a contar a nadie en la vida. ¿Y usted cree que va a venir aquí a que se los devuelvan?

Bill Nickerson se queda callado un rato.

—No —dice.

—Pues por eso vengo yo.

Cuenta el dinero delante de él, billete a billete, encima del mostrador, y tarda, porque son ciento setenta billetes de veinte.

Yo miro las garlopas.

Miro cuarenta y una garlopas de madera colocadas en un estante por tamaños, y una prensa de tornillo de hierro, y una caja de cartón que pone SIERRAS — 12 $, y me obligo a mirarlas hasta el final, porque a los tres metros de mí hay una mujer de sesenta y un años contando billetes despacio delante de un desconocido y no hay una sola cosa en este mundo que yo pueda hacer para que eso sea más rápido o más digno, y esa es precisamente la cuestión.

Tarda cuatro minutos.

En el minuto dos pierde la cuenta y vuelve a empezar desde el montón de cien, y Bill Nickerson mira al techo para no mirarla, y yo también miro al techo, y en el techo hay un fluorescente con una mosca dentro.

Cuando termina, Bill hace un recibo a mano en un talonario con papel de calco, lo firma, le pone la fecha y se lo da.

Luego baja la caja del escaparate, la cierra, le pasa un trapo por la tapa y se la deja en el mostrador.

—Están afilados —dice.

—Ya lo sé. Los afiló él.

Le tiende la mano, y el hombre se la da, y Rosa dice una cosa en portugués que no me traduce y a la que Bill Nickerson contesta que sí con la cabeza como si la hubiera entendido, y a lo mejor la ha entendido.

La caja la llevo yo al coche porque pesa once kilos y porque Rosa lleva zapatos que no son para andar. Eso me deja hacerlo.

Y en el coche, en el aparcamiento, antes de arrancar, me dice:

—Ese dinero es de la casa de Chestnut.

—Ya me lo imaginaba.

—Cuarenta y dos años limpiando casas de gente que se va en septiembre, y una casa que pagó mi marido, y una rodilla nueva que me ponen en febrero. —Se pone el bolso en el regazo—. Y de todo eso, hoy he gastado tres mil cuatrocientos dólares en ocho formones que no voy a usar en mi vida.

—Rosa…

—Y es la primera cosa que compro yo sola desde el noventa y ocho.

—¿Y qué compró en el noventa y ocho?

—Una lavadora. —Se coloca el bolso—. Y me pasé dos semanas explicándole a Manuel por qué esa y no la otra.

Arranco.

Y en el kilómetro nueve, mirando al frente, dice:

—Manuel me preguntó una vez si me importaba que se gastara ochenta dólares en un formón. Ochenta dólares. En el noventa y cinco, con un crío y otro de camino.

—¿Y qué le dijo usted?

—Que a mí qué me iba a importar. —Se encoge de hombros—. Y me pasé treinta años pensando que aquello era ser buena esposa.

Se queda callada hasta la salida once.

—Y no lo era —dice.

Y luego, en la rotonda, sin cambiar de tono:

—Se la das tú.

Freno más de lo que hace falta.

—¿Qué?

—Mañana. En la mesa. Se la pones tú.

—Rosa, eso no es mío. Eso lo ha comprado usted con su dinero y ha ido usted a por ello.

—Ya lo sé lo que he hecho.

—Pues entonces…

—Alma. —Y se gira en el asiento, que es una cosa que esta mujer no hace en un coche—. Yo el año pasado, en un pasillo, le pedí a mi hijo una cosa y me contestó con un papel. Y llevo un año sin volver a pedirle nada, y él lleva un año sin recibir nada de mí que no sea comida.

—…

—Si mañana esa caja se la doy yo, mi hijo va a pensar que es de su madre y que su madre le perdona. Y él lo que necesita no es que le perdone su madre.

Arranco otra vez.

—Necesita que alguien que se puede ir le dé una cosa —dice—. Y quedarse a ver qué hace con ella.

No dice nada más en once kilómetros, y yo tampoco, porque no me sale.

Llegamos a Water Street a las once y cuarto.

Subo yo los once kilos por la escalera de hierro. Ella sube detrás, agarrada al pasamanos, con los zapatos que no son para andar, y le cuesta cuatro minutos.

No la ayudo, porque no me ha pedido que la ayude.

Dejo la caja debajo de la mesa de su cocina, tapada con un paño, y bajo a mi local a las doce menos veinte y me quedo de pie en medio de ochenta metros de azulejo blanco sin encender nada.

Mañana es diecinueve.