Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 55
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AHORA · octubre

Lo primero que hago es no contestar.

No por crueldad. Es que hay una mujer en mi escalera a las cuatro y media de la mañana que huele a horno y que lleva catorce horas conduciendo, y que acaba de decirme cuatro palabras, y yo tengo dentro un ruido que no había tenido nunca.

Nadie me ha pedido esto en la vida.

A mí me han pedido que arregle una casa, que ponga un precio, que aguante una viga, que pague algo, que resuelva. Todo eso lo sé hacer y mientras lo hago nadie me mira.

Esto no se hace con las manos.

Y lo peor es lo que noto en la cara, porque tengo la cara de un hombre al que están apuntando con algo.

Que es lo que ella me gritó hace dos semanas con un sobre en la mano: que yo voy pagando cosas de la gente y luego me voy, y así nadie me tiene que elegir, porque si te eligen puede ser que no.

Ahora puede ser que sí.

Y eso da mucho más miedo.

—Entra —digo.

—Leo.

—Que entres, Alma, que llevas catorce horas.

La siento en la única silla, que tiene mi ropa de trabajo encima, y quito la ropa y la dejo en la cama.

Le hago dos huevos en una placa de dos fuegos, con pan malo de supermercado, y le pongo un vaso de agua, y me quedo de pie apoyado en la cómoda mirándola comer.

Come como come ella cuando está agotada: rapidísimo, sin levantar la cabeza y sin pan.

Y mientras la miro me pasa una cosa que tardo en identificar, y cuando la identifico casi me tengo que sentar: que es la primera vez en seis meses y medio que le doy de comer yo a ella.

Trescientas veces al revés. Arroz, guisos, un plato de fideos a las once de la noche, un táper en el asiento del coche un martes de junio. Y no me ha dejado nunca ponerle nada delante, porque poner algo delante es lo suyo y a nadie le gusta que le hagan lo que sabe hacer.

Hoy ha conducido catorce horas y ha subido una escalera con las manos vacías, y por eso me deja.

—Están buenos —dice, con la boca llena.

—Son dos huevos, Alma.

—Ya. —Rebaña—. Están buenos.

—Tengo que decirte lo que cuesta —digo.

—No.

—Alma…

—Que no. —Deja el tenedor—. He venido sin nada a propósito. Si ahora me pones la cuenta, yo cojo la cuenta y me pongo a organizarla, porque eso es lo que sé hacer, y en veinte minutos estamos otra vez tú y yo montando una obra.

—No es la cuenta.

—¿Entonces qué es?

—Es lo que vas a tener que aguantar. —Me cruzo de brazos—. Y eso sí te lo tengo que decir antes de contestarte, porque si te lo digo después, te lo estoy metiendo por debajo de la puerta.

Se queda quieta.

—Vale —dice—. Dímelo.

Se lo digo en orden, como se lee una partida.

—Firmé dos años. Si me voy antes de los doce meses, devuelvo la mudanza, el mes de adelanto y la comisión de la empresa que me colocó. Nueve mil cuatrocientos dólares.

—Vale.

—No tengo nueve mil cuatrocientos dólares.

No tengo cuatro. Vendí la casa y vendí la empresa y todo eso está donde está: el hospital, la hipoteca de mi madre y la cuenta de mi madre.

No tengo furgoneta. No tengo herramienta de mano.

Tengo el coche de mi padre, un maletín de niveles y un rollo de mecha de rosca.

—Vale.

—Deja de decir vale.

—Es que vale.

—Alma, escúchame bien esta parte. —Y me tengo que apoyar en la cómoda otra vez—. El lunes que viene llamo a Vinnie Cordeiro y le pido trabajo.

Y ahí sí se le mueve algo en la cara.

—Vinnie tiene tres casas en Somerset en marzo y no sabe hacer una cubierta —digo—. Me va a coger. Y me va a pagar veintiocho la hora, tres más de lo que le pagaba yo a Marcelo, porque Vinnie es imbécil pero no es tonto.

—Leo.

—Y voy a ir a trabajar en una furgoneta que pone FERREIRA RESTORATION en la puerta.

Silencio.

—Y no me va a matar —digo—. Eso también hay que decirlo. Me va a joder cinco meses y luego me acostumbro, y a los dos años tengo la herramienta otra vez y un número de teléfono y empiezo por abajo, y sé perfectamente cómo se hace eso porque lo he hecho una vez.

—¿Y mientras?

—Mientras vivo en el cuarto pequeño de casa de mi madre, encima de la ferretería, a los treinta y tres años.

Ella no dice nada.

—Y esa es la parte que yo no sé hacer —digo—. Lo otro son nueve mil cuatrocientos dólares y trabajo. Esto es otra cosa.

—¿El qué es otra cosa?

—Que durante un año largo yo no voy a poder pagar nada. Ni la mitad de nada. Y tú y yo vamos a estar en el mismo edificio y tú vas a estar levantando un negocio, y va a haber semanas en las que el que ponga el dinero de la cena seas tú.

Alma se levanta de la silla.

—Y si eso pasa —digo—, yo tengo un año entero para hacer lo que hago siempre, que es empezar a mirar la puerta.

—Ya lo sé.

—No, es que…

—Leo, que ya lo sé. —Se pone delante de mí—. Llevo seis meses y medio viéndotelo hacer. Con tu madre, con Marcelo y conmigo. No he venido a mil doscientos kilómetros porque me haya enterado esta mañana de que tienes una avería.

—…

—Lo que te estoy pidiendo es la avería puesta. Ya te lo dije en el suelo de mi local y me lo callé, y ahora te lo digo con la boca.

—Vale.

—Y ahora te digo yo lo mío, que también tiene precio.

Se sienta otra vez en la silla y se pone las manos en las rodillas, y tarda.

—Tú a mí me vas a quitar lo único que he sabido ser en mi vida —dice.

—Alma…

—Yo he sido la que paga. La que resuelve. La que se sabe de memoria los números de la otra. —Levanta la cabeza—. Y si tú vives un año en el cuarto de tu madre y la cena la pago yo, en esta historia la que hace falta soy yo. Otra vez.

—…

—Y me va a gustar, Leo. Eso es lo peor. Me va a gustar muchísimo. Y va a llegar el día en que tú tengas herramienta otra vez y un número de teléfono, y ese día yo voy a tener que aprender a estar con un hombre que no me necesita para nada.

Se le rompe un poco la voz al final y no la arregla.

—Y hay otra cosa, y te la digo antes de que contestes, porque después sería una trampa.

—Alma.

—La noche que me contaste lo de tu hermano. La última. Cuando me dijiste que llevaba once días y que la presión no bajaba.

—Durante medio segundo lo pensé —dice.

Y no dice qué. Y no hace falta, porque somos dos en esta habitación y los dos sabemos qué se piensa en medio segundo cuando tienes a una hermana en la cuarta planta con un cable saliéndole del costado.

—Medio segundo —dice—. Y después estuve dos horas con las manos apoyadas en una mesa de formica sin poder mirarte. Y no te lo he contado nunca, y llevo once meses siendo la que te dice a ti que no te quites nada.

—…

—Eso es lo mío, Leo. Para que sepas lo que estás firmando tú también.

Se levanta y me pone la mano abierta en el esternón, como hace ella.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —digo.

—Qué.

—Que lo más difícil que voy a tener que hacer en mi vida es dejarte pagar una cena.

Ella se ríe. Se ríe con la mano todavía en mi pecho, a las cinco y diez de la mañana, con la cara de haber conducido catorce horas.

—Bienvenido —dice.

Contesto a las cinco y veinte.

No hay discurso. Yo no tengo discursos y ella no ha venido a oír ninguno.

—Sí —digo.

—¿Sí qué?

—Que me quedo. —Y me oigo seguir, que no lo tenía previsto—. Y que te quiero, y que eso lo tenías que haber sabido en junio y es culpa mía que no lo supieras.

Ella abre la boca y no le sale nada.

—No hace falta que contestes —digo.

—Ya lo sé que no hace falta.

—Vale.

—Es que no puedo, Leo.

—Ya lo sé.

Ella cierra los ojos y suelta el aire de una manera que se oye, y yo me doy cuenta de que llevaba desde la escalera sin respirar del todo, y de que esta mujer ha conducido mil doscientos kilómetros y ha subido una escalera de madera sin saber lo que iba a pasar, y que eso, que yo no habría podido hacerlo nunca, ella lo ha hecho un sábado después de cerrar.

—Es que llevo catorce horas montándome cómo iba a ser esto —dice— y ninguna de las versiones acababa a las cinco y veinte de la mañana con un tío diciendo «sí» y ya.

—¿Y cómo acababan?

—Peor. Todas peor. Menos una.

Duerme cinco horas en mi cama.

Yo bajo a las ocho a decirle al de la promotora que me voy, y el hombre se cabrea, y tiene toda la razón del mundo, y me lo dice.

Y yo le doy la razón.

Y les digo que el veintiuno vuelvo y que las dos semanas las hago aquí, porque irse en mitad de una obra es de sinvergüenzas.

Cuando subo, ella está sentada en el borde de la cama con el pelo hecho un desastre.

Yo abro la caja de cartón que llevo diez días sin abrir contra el rodapié, saco lo de arriba y se lo dejo en las rodillas.

Es una carpeta azul de tres pulgadas. En el lomo, con rotulador y con mi letra:

WATER STREET 14 — BAJO. Copia.

—Leo.

—Me la hice en la copistería de la esquina catorce el jueves antes de venirme. Ciento sesenta y una páginas. Cuatro dólares con veinte.

Alma la abre por el separador cinco, el de la cubierta, el de las fotos con fecha, y se queda ahí.

—¿Para qué?

—Para nada. Para tenerla.

Y esa es la cosa más honesta que he dicho en un año: que me traje mil doscientos kilómetros ciento sesenta y una páginas de una obra que ya no era mía para tenerlas encima de una cómoda.

Salimos a la una menos veinte, en dos coches, ella delante.

Catorce horas, dos paradas y una llamada a mi madre desde Virginia en la que no le digo que voy, porque a las tres de la madrugada de un domingo no se despierta a una mujer de sesenta y un años para darle una noticia buena.

Y en algún punto de Maryland, a las diez de la noche, con las luces traseras de su coche a cien metros y con la radio apagada, me doy cuenta de que estoy conduciendo hacia el norte por primera vez en un año sin haber calculado antes cuándo me vuelvo.