Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 54
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AHORA · octubre

Salgo el viernes a las dos y cuarto de la tarde, en cuanto cierro, con el delantal todavía en el asiento de atrás.

No aviso.

No aviso porque si aviso, hablamos, y si hablamos yo le pregunto algo, y si le pregunto algo él contesta, y entonces yo ya sé el final antes de conducir mil doscientos kilómetros, y este viaje no sirve si sé el final.

Julia se queda con Ethan y con el fin de semana. Se lo pedí anoche. Dijo que sí en cuatro segundos y no me preguntó para qué.

Catorce horas.

Yo llevo un año conduciendo en silencio y haciendo cuentas, y desde septiembre pongo la radio, y hoy la pongo antes de salir del aparcamiento.

Pero se hacen solas. Así que las hago y las voy tachando.

Cuento lo que le podría ofrecer.

Podría ofrecerle trabajo: en Water Street quedan cosas por hacer y en esta ciudad hay cuatro casas de mil novecientos veinte podridas por dentro con dueños que solo vienen en julio.

Tachado. Eso es darle una obra para que se quede dentro de un edificio conmigo, que es exactamente lo que llevo cinco meses haciendo.

Podría ofrecerle los cinco mil ciento ochenta en veinte meses y un papel firmado. Tachado. Eso es una correa.

Podría decirle que su madre está mejor conmigo cerca. Tachado, y además es usar a Rosa.

Podría hacer números y demostrarle que el obrador da para dos sueldos en dieciocho meses. No da. Y aunque diera, tachado, porque eso es un plan de negocio y a nadie se le pide que se quede con un plan de negocio.

Podría decirle que le quiero. Es verdad y no se lo he dicho nunca en voz alta.

Y esa la tacho en Filadelfia, y me cuesta cuarenta kilómetros, porque esa parecía buena.

Pero es que «te quiero» tiene la forma de una llave inglesa. Se lo dices a un hombre que lleva un año organizándose la vida para no tener que decidir nada y le acabas de poner una cosa más en la mesa que él tiene que administrar. Y este hombre, si le pones algo en la mesa, lo coge.

Yo no voy a mil doscientos kilómetros a ponerle nada en la mesa.

En Baltimore, a las nueve y cuarto de la noche, en una gasolinera, con un café malísimo, tacho la última: podría llorar.

Podría. Sale muy bien y funciona muchísimo, y por eso está tachada.

Y entonces me doy cuenta de que a partir de aquí ya no tengo nada, y me quedan cinco horas de coche.

Son las peores cinco horas de mi vida y no pasa nada en ellas.

Eso es lo que las hace peores. Cuando lo de mi madre había cosas que hacer. Cuando lo de Julia había una máquina, unas alarmas y una carpeta. Aquí tengo un volante y la noventa y cinco.

En Virginia, a la una y media, me salgo a un área de servicio y me quedo veinte minutos con el motor apagado haciendo la lista de por qué volverme: que el lunes hay que hacer pedido, que Ethan no sabe encender, que aparecer en casa de alguien a las cuatro de la mañana sin avisar es de película mala.

Motivos buenos.

Debajo de los cinco, uno solo, que no es un motivo y que es lo que hay:

que a este hombre nunca, en toda su vida, le ha pedido nadie que se quede. Y arranco.

que nadie, en toda su vida, se lo ha pedido.

Su madre le pidió una vez que peleara, en un pasillo, y no le volvió a pedir nada nunca. Dani le pedía la furgoneta.

Y Marcelo, que lleva nueve años con él, le dijo adiós en una acera atando una escalera que no necesitaba, porque no supo pedirle otra cosa.

Toda la gente que quiere a este hombre le ha pedido cosas que se pueden hacer.

Y yo, hace tres semanas y pico, se lo pregunté en el porche de una casa vacía, de pie, con las llaves de esa casa en la mano, en un tono con el que se pregunta si queda leche.

Se lo pregunté de manera que él pudiera no contestar.

Llego a las cuatro y veinte de la mañana.

Es una casa baja con un garaje al lado y una escalera exterior de madera que sube a una puerta con luz de patio.

Hay un naranjo enano en un tiesto y dos coches, y uno de los dos es el de su padre, y verlo ahí aparcado a mil doscientos kilómetros de donde tiene que estar es lo que más me duele de todo el viaje.

La calle no tiene farolas. Tiene el porche de enfrente con una luz de sensor que se enciende cuando paso y se apaga a los veinte segundos.

Aparco al otro lado y apago.

Me quedo once minutos. Los cuento, porque cuento.

En el cuatro me sorprendo repasando el orden en que voy a decir las cosas y me obligo a parar.

En el nueve pienso que a lo mejor no está solo, y decido que si no está solo me doy la vuelta y conduzco otras catorce horas, y que eso también es parte de venir sin nada.

En el once abro la puerta.

No me arreglo el pelo, no me miro en el espejo y no me quito el olor a horno, porque llevo puesta la ropa de trabajar y he conducido catorce horas y no traigo nada, y esa es la cuestión. Subo la escalera. Cruje.

Y a la mitad se enciende la luz de dentro, porque son las cuatro y media de la mañana y este hombre lleva un año durmiendo mal. Abre.

Está descalzo, con una camiseta gris y el pelo de un lado aplastado, y con la cara de un hombre que ha oído crujir una escalera a las cuatro y media y ha salido a ver qué pasaba.

Detrás de él se ve la habitación entera de un vistazo, porque es una habitación. Una cama deshecha. Una silla con la ropa de trabajo doblada de verdad, con las perneras a la misma altura. Una caja de cartón sin abrir contra el rodapié.

Nada más. Ni una foto, ni un vaso, ni una radio.

Un hombre de treinta y tres años que ha vendido una casa, una empresa y la herramienta de su padre, y que cabe entero en una habitación alquilada encima de un garaje ajeno.

—Alma.

Y lo dice como se dice el nombre de alguien que no puede estar donde está.

—¿Ha pasado algo? —dice—. ¿Mi madre?

—No.

—¿Julia?

—No, Leo. No ha pasado nada.

—Alma, son las cuatro y media.

—Ya lo sé qué hora es.

Yo abro la boca, y no me sale la voz a la primera, y tengo que tragar y empezar otra vez.

—No traigo nada.

—¿Qué?

—Que no traigo nada, Leo. Ni un plan, ni una oferta, ni una obra que empiece en noviembre. No he venido a arreglarte nada.

Se agarra al marco de la puerta con las dos manos.

Y digo lo que he venido a decir. Son cuatro palabras y me cuestan más que los cinco meses anteriores juntos.

—Quédate conmigo. Por favor.

Y me quedo ahí.

En una escalera de madera de Carolina del Norte, a las cuatro y media de la mañana, con la ropa de trabajar puesta y las manos vacías, delante de un hombre al que acabo de pedirle una cosa que no puede hacer con las manos.

Y no tengo nada detrás.

Ni una segunda frase, ni un argumento, ni una carpeta.

Se enciende la luz del porche de enfrente, la del sensor, porque hay un gato o porque hay viento.

Y se apaga a los veinte segundos.