Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 53
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AHORA · octubre

El miércoles hago la cuenta de verdad.

No la de la izquierda ni la de la derecha. La tercera, la que me enseñó Rosa sin querer en un local vacío con un pésame de más: quién lo paga.

Y la respuesta, esta vez, soy yo. Con horas.

Me siento en el suelo a las once y veinte de la noche con la libreta y sumo lo que llevo desde el tres de octubre.

Catorce, quince y dieciséis horas al día. Once días seguidos. Ni uno libre.

Y las ventas están bien: cuatro mil doscientos la primera semana, tres mil ochocientos la segunda, que baja porque la primera fue la de la novedad y la gente de aquí viene una vez a ver qué es esto.

El género me sale al veintiocho por ciento, que es donde tiene que estar. La leña la tengo hasta febrero.

O sea que el negocio no tiene ningún problema.

El problema es que yo, en enero, tengo el hombro derecho reventado y este local cerrado tres semanas por una tendinitis, y entonces la que se hunde no es la cuenta de la izquierda: es la de la derecha, la de cuándo hay que pagar las cosas.

Es un problema de aritmética. No hay ningún drama.

Lo que hay es que la solución me da una vergüenza espantosa, y me la da por un motivo muy concreto: porque yo le he dicho a esta ciudad, con la boca, en la puerta, seis días a la semana durante once días seguidos, que abro de lunes a sábado.

El jueves por la mañana escribo un cartel.

Lo escribo cuatro veces. Las tres primeras las tiro, porque las tres primeras explican.

La primera dice que a partir del lunes cerramos lunes y martes «mientras terminamos de ajustar la producción», que suena a una empresa con departamentos.

La segunda dice «por reorganización interna».

La tercera dice «volvemos el miércoles con más cosas», y es mentira, porque voy a volver el miércoles con menos. La cuarta dice:

Abrimos de miércoles a domingo. Cerramos lunes y martes. Somos una persona.

Esa la pego en el cristal con celo por dentro a las siete menos cinco de la mañana, y me quedo dentro mirando cómo la lee la gente desde fuera al revés.

Bev la lee a las siete y diez con las gafas en la punta de la nariz y entra directamente a decirme que hago muy bien.

Duarte Almeida la lee a las nueve y cuarto y no dice nada, y compra su pan de maíz en molde alto, y en la puerta se gira y me dice una sola frase:

—Yo abría siete días.

—Ya lo sé.

—Y por eso lo cerré en el noventa y uno.

Y se va.

A la mujer de Somerset la llamo a las once.

Le digo que las seis hogazas del sábado se las hago, pero que a partir de ahora no cojo encargos de más de cuatro piezas hasta enero, y que si quiere seis tiene que avisarme el miércoles.

Espero que se enfade.

Me dice que vale, que el miércoles, y me pregunta si hago pan de centeno.

Y cuelgo, y me quedo con el móvil en la mano, porque llevo once días convencida de que si le digo que no a alguien, ese alguien no vuelve. Y resulta que la gente vuelve. La gente lo que quiere es saber cuándo.

Al chico del tique lo llamo a las once y veinte.

Se llama Ethan, tiene veintitrés años, trabajaba en el almacén de una tienda de piensos hasta agosto y no ha amasado en su vida.

Le digo lo que pago, que es poco. Le digo lo que hay que hacer, que es mucho. Le digo que aquí se entra a las cuatro menos veinte de la mañana.

Dice que vale antes de que yo termine la frase.

El viernes a las cuatro menos veinte está en la puerta con un gorro y un termo.

Y lo hace todo mal.

Coge las piezas por arriba y las deja caer los dos últimos centímetros.

Abre la boca del horno entera cuando le he dicho cuatro veces que la abra un palmo.

Pesa mirando la báscula y no la mano, que es lo que hay que hacer al revés hasta que se aprende, y a la tercera bandeja me dice «esto es imposible» con una cara de veintitrés años.

—Es imposible tres semanas —le digo.

—¿Y luego?

—Luego lo haces dormido y no te acuerdas de haberlo aprendido.

A las seis y media le enseño a marcar. Le pongo la cuchilla en la mano y le digo que no piense, que la costura ya está donde tiene que estar y que solo hay que abrirla, y hace catorce cortes y once son un desastre y tres están bien.

Y a los tres buenos les da la vuelta a la bandeja para verlos otra vez.

Yo me giro para que no me vea la cara.

A la una menos veinte, cuando se va, me doy cuenta de que he trabajado menos.

Menos. Por primera vez desde marzo.

Y me sienta rarísimo, como cuando te quitan una escayola.

Lo de Julia es el jueves por la noche y es lo que peor llevo.

La llamo y le pido una cosa.

—¿Qué? —dice.

—Que si te puedes venir un fin de semana al mes y ponerme la contabilidad. La de verdad, la del programa, con los proveedores metidos y el IVA, no mi libreta.

Silencio.

—Alma.

—Y te lo pago. Lo que cobres.

—Cállate.

—No, es que…

—Que te calles. —Se oye que se sienta—. Me lo has pedido.

—Te lo he pedido.

—Repítelo.

—Julia, no me toques…

—Repítelo, que llevo diez años esperando.

—Julia, ¿me haces la contabilidad?

—Más alto.

—No pienso decirlo más alto.

—Vale. —Y se le va la voz un poco—. Vale. Sí.

Y se ríe, y yo me tapo la cara con la mano libre en un local vacío a las diez y media de la noche.

—Voy dos fines de semana al mes —dice—. El segundo y el último.

—Con uno vale.

—Con uno no vale, porque los impuestos son trimestrales y tú tienes las facturas en una bolsa de tela. Lo he visto.

—Julia…

—Y me pagas lo que le pagarías a una asesoría, que son ciento sesenta al mes, y no me discutas la cifra porque la he mirado.

Y queda lo otro. Lo que no es logística.

El jueves subo a comer con Rosa, como todos los días, y a los postres, con el café puesto, digo:

—Rosa, el tejado de este local lo pagó su hijo.

Ella deja la cuchara.

—Ocho mil novecientos me dijo a mí que costaba. Costó once mil cuatrocientos. Y la compuerta cortafuegos, que son dos mil seiscientos ochenta, la pagó él entera y vendió los formones de su marido para pagarla.

—Hija…

—Cinco mil ciento ochenta dólares. Se lo digo con la cifra porque si no lo digo con la cifra suena a una manera de hablar.

Rosa se queda mirando el mantel.

—Y yo llevo desde marzo diciéndole a todo el mundo, y diciéndomelo a mí, que este local lo he levantado yo sola.

—Me oigo la voz rara y sigo—. Y es mentira.

Yo he puesto el dinero de mi madre, once años de cocinas de otros y todas las horas que tengo.

Y encima de eso hay cinco mil ciento ochenta dólares de un hombre que no me los quiso cobrar.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí?

—Porque a usted es a la que más vergüenza me da.

Rosa deja la taza en el plato y no dice nada.

Se levanta. Recoge los dos platos, los lleva al fregadero, abre el grifo y lo cierra sin haber lavado nada.

Y se queda de espaldas.

—¿Cuánto tiempo? —dice.

—Desde el veintinueve de septiembre. Lo de los formones lo supe el tres de octubre, por usted.

—No. Lo otro. Cuánto tiempo llevas comiendo en esta mesa con esto dentro.

—…

—Dos semanas —dice ella sola—. Dos semanas.

Y se gira, y tiene una cara que no le había visto, y no es de pena.

—Yo a ti te he abierto mi casa, hija. Y tú te has sentado ahí a comer mi bacalao dieciséis días sabiendo una cosa de mi hijo que yo no sabía.

—Ya lo sé.

—Y me lo cuentas hoy porque hoy te viene bien contarlo.

Eso me da de lleno, porque es verdad. Hoy me viene bien. Hoy es el día en que yo he decidido dejar de ser la mujer que lo hizo sola, y he elegido a esta señora para que me lo escuche.

—Sí —digo—. Hoy me viene bien.

Rosa se queda de pie con el paño en la mano.

Tarda casi un minuto.

Un minuto entero de una mujer de sesenta y un años de pie en su cocina con un paño, y yo sentada, sin hacer nada, sin explicarme y sin arreglarlo, que es lo único que puedo hacer. Después se sienta.

—Cuarenta y dos años limpiando casas —dice—. Cuando un hombre vende la herramienta de su padre, es que hay una cifra que no cuadra en algún sitio. Yo eso lo pensé el veintiséis de septiembre, en la puerta de una iglesia, y decidí no mirar dónde.

—Rosa…

—Los dos. Los dos sois igual. —Mueve la cabeza—. Él calla para que nadie tenga que darle las gracias y tú callas para que nadie tenga que darte nada.

Me pone la mano encima de la mano. Esta mujer no hace eso.

—Ahora ya está dicho —dice—. Come.