Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 52
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AHORA · octubre

Le llamo el martes a las siete menos diez de la tarde.

He esperado dos días.

No por estrategia. He esperado porque el sábado a las once y cuatro de la noche me entró una nota de voz suya de tres minutos y cincuenta y dos segundos, y la oí de pie en medio de mi local, y cuando se acabó lo primero que se me ocurrió fue contestarle enseguida y decirle una cosa preciosa.

Tenía tres. Las tres eran buenísimas.

La segunda era «yo no pienso eso de ti». Mentira: pienso exactamente eso de él. Lo que estuvo mal no fue pensarlo, fue usarlo.

Y la tercera empezaba con «los dos estábamos muy cansados», y esa la escribí entera en la pantalla, y cuando la leí me tuve que levantar del taburete.

Los dos.

Llevo diez años metiendo un «los dos» en cada disculpa que doy, como quien pone una piedra en el otro lado de la balanza.

Así que no llamé el domingo, y el lunes tampoco, porque el lunes todavía tenía frases.

El martes a las siete menos diez ya no tengo ninguna, y por eso llamo.

Da dos tonos.

—Alma.

Se oye viento y se oye una radial muy lejos, y se oye que se aparta de algo, porque el ruido baja de golpe.

—¿Puedes hablar?

—Puedo hablar. —Y luego, más bajo—. Espera.

Se oye que anda. Se oye una puerta de coche y el ruido se corta del todo.

—Ya.

—No es para nada bueno.

—Vale.

Y me quedo callada tres segundos, de pie en medio de ochenta metros de azulejo blanco con la mano en la boca, porque resulta que esto se hace mucho peor por teléfono, que era exactamente el motivo por el que llevaba dos días buscando otra manera.

—No te llamo por la nota.

—…

—La nota te la contesto otro día, y te la voy a contestar entera. Hoy no.

—Vale.

—Te llamo por otra cosa. —Y aquí es donde se me va la voz un poco y la dejo irse—. Te pido perdón por lo que dije de tu hermano.

—…

—Y te lo pido así, de golpe y sin envolverlo, porque llevo dos días envolviéndolo.

—Alma.

—Dije: ábrela ahora mismo, delante de mí. Y dije que tú no la abres para no tener que quedarte quieto delante de una cosa que no se arregla. Eso lo dije. Con esas palabras.

—Alma…

—Espera, que si me paras no llego.

Aprieto el móvil contra la oreja y miro la puerta de la cámara, que sigue con la goma colgando.

—Tú me contaste lo de la nota el jueves, tumbado en el suelo, sin que nadie te lo pidiera. Y era la primera vez que hacías eso en tu vida. Me lo diste a mí.

—Ya.

—Y cuarenta y ocho horas después yo lo cogí y lo usé para hacerte daño delante de tu propio horno. Y sabía perfectamente lo que estaba haciendo mientras lo hacía. Y lo hice igual.

Se oye el viento.

—Eso es todo —digo—. No hay más.

—Alma, escucha…

—No.

—Es que llevábamos quince horas de pie los dos y tú…

—Leo. —Y me tengo que sentar en el suelo, porque me tiemblan las piernas de una manera ridícula—. No me lo quites.

—No te estoy quitando nada.

—Sí. Me lo estás quitando. Llevas dos frases quitándomelo y todavía no has llegado al final.

—Trago—. La siguiente es que estaba muy cansada.

Y la de después es que tú también dijiste cosas.

Y en cuatro minutos esto es una conversación sobre lo mal que lo pasamos los dos y yo me voy a la cama tranquilísima.

Se calla.

—Yo no he llamado para quedarme tranquila —digo.

Se oye el viento otra vez, y una radial, y un hombre respirando.

—Vale —dice, y lo dice de otra manera.

—No te voy a explicar por qué lo dije.

—Yo ya sé por qué lo dijiste.

—Ya. —Cierro los ojos—. Pero si yo te lo explico, tú y yo nos pasamos veinte minutos hablando de lo mal que lo estaba pasando yo, y acabamos con que en realidad la culpa era del susto o del cansancio o de las quince horas de pie, y a los diez minutos tú me estás diciendo que no pasa nada.

—…

—Y sí pasa. Yo lo hice y estuvo mal y no hay ninguna otra cosa alrededor. Eso es lo que te he llamado a decir.

Silencio.

Un silencio largo, de esos en los que se oye el viento del otro lado y una máquina y a un hombre respirando a mil doscientos kilómetros.

—Vale —dice.

—Vale.

—Alma.

—Dime.

—…

—Ya lo sé —digo.

Ahí es donde yo tendría que decir la siguiente cosa. Tengo tres, y siguen siendo buenísimas, y una de ellas es una pregunta.

—Pues ya está —digo—. Te dejo trabajar.

—Son las siete.

—Ya lo sé qué hora es.

Y cuelgo yo.

Cuelgo yo. Es la primera vez en toda mi vida que cuelgo un teléfono sin haber conseguido nada.

Me quedo sentada en el suelo con el móvil en la mano hasta que se apaga la pantalla sola.

Lo que noto no es alivio. Lo que noto es una cosa muy incómoda en el pecho, como cuando entregas un pedido y no te dicen nada.

Porque una disculpa que no compra nada no tiene final. Se queda ahí. La sueltas y no vuelve.

Después voy al cajón de arriba.

Cojo el rollo de goma butílica de veinticinco milímetros que compró él el viernes y que se dejó ahí, con el tique doblado debajo, y que no era un olvido.

Cojo el cúter, el desengrasante y un trapo.

Limpio el alojamiento entero, que está lleno de una porquería negra y blanda de dos años.

Lo seco. Corto la goma dos centímetros más larga de la cuenta.

Empiezo por la esquina de arriba y la voy metiendo con el canto de una espátula de plástico, despacio, sin tirar, porque si tiras se estira y luego se encoge y a los tres meses tienes el mismo problema.

Cuarenta minutos, casi todos de limpiar.

Al final, cuando ya está metida entera y ajusto la esquina de abajo con el pulgar, hago una cosa que me da rabia: saco el móvil y le pongo la cámara delante.

Me quedo así, con el brazo estirado, mirando la pantalla, y en la pantalla hay una junta nueva en una puerta de acero y nada más, y no hay ninguna manera de sacar esa foto que no signifique «mira lo que he hecho». Bajo el brazo.

Cierro la puerta, le pongo un saco de veinticinco kilos delante y la dejo así hasta mañana.

No lo arreglo por él, ni para escribirle luego «ya está arreglada», ni para poder contarlo.

Lo arreglo porque una cámara que pierde te estropea el género y yo tengo un negocio.

Y luego subo, y me como un plato de bacalao con Rosa, y le digo que mañana llega el saco de centeno y que hay que dejar sitio en el fondo.

Y Rosa me mira sus dos segundos y medio y no me pregunta nada.