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AHORA · octubre
El sitio donde vivo en Wilmington es una habitación encima de un garaje, con entrada propia, aire acondicionado y una cama que hace ruido.
La alquilé por internet en agosto sin verla. Está bien. Por las mañanas huele a mar de otra manera, más dulce y más sucia.
El trabajo es fácil. Esa es la palabra. Llevo cinco días de encargado de una promoción de veintidós unidades y es fácil: llego, miro, digo lo que hay que hacer y la gente lo hace. Hay presupuesto. Hay material. Hay un tipo por encima de mí que firma y no discute.
El miércoles paro una solera porque el hormigón viene mal.
En casa eso son dos horas de teléfono, un proveedor jurando por sus muertos y yo pagando de mi bolsillo la mitad de la diferencia para que la obra siga el jueves.
Aquí levanto la mano, digo que ese camión se vuelve, y el camión se vuelve.
A las once y media viene el de la promotora y me da una palmada en el hombro.
Me paso el día raro sin saber por qué, hasta que a las siete de la tarde, sentado en la cama que hace ruido, lo entiendo: que es la primera vez en dieciséis años que yo decido algo y no le cuesta nada a nadie.
Y que eso se parece muchísimo a no existir.
El sábado por la noche, a las diez y veinte, me siento en el borde de esa cama y le doy al botón.
Cuarenta y un segundos.
Lo primero que se oye es una puerta de furgoneta y un mechero. Después mi hermano coge aire.
Y dice:
Que si el domingo puedo dejarle la furgoneta hasta las dos, porque Kev se muda y tiene un sofá y no tiene coche.
Que qué le pongo a la madera del bajo de la puerta del baño de mamá, que se está hinchando.
Que vaya el domingo a comer, que hace tres semanas que no voy, y que mamá va a hacer lo del arroz.
Que le coja el teléfono alguna vez en la vida.
Luego se ríe de algo que pasa fuera del micrófono, dos segundos, y dice espera, y se corta.
Y ya está.
Cuarenta y un segundos de mi hermano vivo, un viernes de septiembre a las ocho y cuarto de la tarde, con la furgoneta, la puerta del baño, el arroz de mi madre y una broma.
Nada.
Ni una palabra que hubiera cambiado nada. Ni una despedida. Ni un mensaje. Un chico de veintidós años pidiendo un favor y metiéndose con su hermano por no coger el teléfono.
Yo llevaba un año protegiéndome de eso.
Me quedo sentado en el borde de una cama que hace ruido, en una habitación encima de un garaje a mil doscientos kilómetros de mi madre, con el móvil en la mano, y lo vuelvo a poner. Y luego otra vez.
Y a la cuarta entiendo lo que llevo haciendo doce meses, que no es guardar a mi hermano.
Es decidir por él. Como decido por todo el mundo.
Llevo un año sin dejar que Dani me diga una tontería sobre un sofá, porque yo decidí que aquellos cuarenta y un segundos tenían que ser importantes.
Y a las once menos veinte de la noche del sábado hago la cosa más rara que he hecho en mi vida.
Cojo el móvil, abro la conversación —cuyo último mensaje es mío, del viernes dos, y pone «mañana a las 4. llevo café»—, aprieto el botón del micrófono con el pulgar y hablo. Sin escribirlo antes.
Sin apuntar el orden.
Sin la lima.
Le digo que estoy en una habitación encima de un garaje y que el trabajo es fácil y que eso es lo peor que le puedo decir de un trabajo.
Le digo que acabo de oír los cuarenta y un segundos, y le digo lo que hay dentro. La furgoneta. El sofá de Kev. La puerta del baño. El arroz. Que le coja el teléfono alguna vez en la vida. Le digo que no hay nada, y que llevo un año protegiéndome de que no hubiera nada.
Le digo que el día que mi madre me pidió que peleara no me pidió que peleara: me pidió que estuviera, y que yo le contesté con un papel durante cuatro minutos, y que lo hice bien, y que me gustó cómo me sonaba la voz.
Le digo que el veinte de octubre, a las cuatro y diez de la mañana, cuando la vi al otro lado de aquel cristal, ya lo sabía.
Que la suma la hice ahí de pie, con la bolsa de mi hermano en la mano, y que tardé cuatro segundos.
Que no me fui para protegerla de un dato.
Que me fui porque el dato ya estaba dentro de mí y no sabía dónde ponerlo.
Le digo la que no le he dicho a nadie. Que estaba sonriendo.
Que llevaba once noches viéndola a las cuatro de la mañana y no le había visto la cara así ni una vez. Que andaba dos pasos y volvía, y se tapaba la boca y se la destapaba. Que empezó a levantar la mano para decirme una cosa buena.
Que soy la única persona viva que la vio en el mejor minuto de su vida, y que me lo he quedado un año, y que se lo devuelvo.
Y al final digo lo único que llevaba pensado.
Que no le pido nada.
Que no es una carta para que conteste, ni una manera educada de pedir perdón, ni un plazo.
Que llevo seis meses y medio decidiendo por ella lo que le contaba y cuándo, y que hoy le doy lo que hay y ella hace con eso lo que quiera y cuando quiera.
Y que si no quiere hacer nada, eso también está bien y no me debe una llamada. Y suelto el pulgar.
No lo escucho antes de mandarlo.
Eso es lo difícil y no lo otro. Yo he dicho cosas duras toda mi vida: he dicho que una casa no tiene arreglo, he dicho que un presupuesto se ha ido un cuarenta por ciento, le he dicho a un hombre de setenta años que la viga en la que se apoya su tejado está hueca. Eso lo digo bien y lo digo mirando.
Lo que no he hecho nunca es soltar una cosa sin haberla pasado antes por la piedra.
Me cuesta once minutos. Once minutos con el dedo encima, sabiendo que dentro hay dos o tres frases mal dichas y una en la que se me ha ido la voz, y sabiendo que si lo oigo lo borro y lo vuelvo a grabar limado y perfecto y sin nada dentro.
Lo mando a las once y cuatro.
Cuando aparece en la pantalla veo debajo, en gris, cuánto dura.
Tres minutos y cincuenta y dos segundos.
Casi seis veces mi hermano.
Me quedo mirando ese número un rato tonto, y luego dejo el móvil boca abajo encima de la cama que hace ruido y me voy a fregar una taza que ya está limpia.
El domingo no me contesta.
El domingo trabajo, porque aquí se trabaja los domingos si quieres, y a las seis de la tarde subo, y el móvil sigue sin nada, y hago lo que hace un hombre de treinta y tres años que ha hecho eso: cinco cosas seguidas con las manos, muy bien hechas, sin parar.
Ordeno la caja de cartón. Doblo la ropa de trabajo con las perneras a la misma altura.
Bajo a lavar el coche de mi padre con un cubo prestado.
Cambio una bombilla que no está fundida.
Y a la quinta, cuando me sorprendo mirando el marco de la puerta del baño para ver si se puede cepillar, me siento en el suelo con la espalda contra la cama y me quedo quieto, que es lo que no sé hacer.
Cinco minutos.
Es una cosa horrible.
Y a las ocho y media me siento en el borde de la cama y me obligo a no mirar el móvil, y lo miro, y no hay nada, y me obligo otra vez.
Ella no me debe una llamada.
Yo lo he dicho. Lo he dicho yo con la boca, sin escribirlo antes, y va a resultar que era verdad, y va a resultar que decirlo es fácil y aguantarlo es otra cosa.
Lo que dije: todo.