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El pasillo de la segunda tenía dieciocho metros y yo los conocía todos.
Los conocía por la junta del linóleo, que hacía una línea gris cada metro veinte y estaba levantada delante de la treinta y uno. Por el carro del cambio de turno. Por el sitio exacto donde había que ponerse para que la puerta de la unidad no te diera al abrirse.
Once días.
A las siete y cuarto de la mañana del diecinueve entraron dos médicos que yo no había visto nunca y nos pidieron que saliéramos.
Eso ya había pasado. Lo que no había pasado nunca es que fueran dos, ni que uno fuera el jefe de la unidad, que llevaba once días siendo un señor que pasaba por el fondo a las nueve y no entraba.
Mi madre se levantó de la silla despacio y salió sin preguntar nada. Yo pregunté.
Me dijeron que era una exploración y que tardaba un rato, y me lo dijo el jefe de la unidad mirándome a los ojos, no al suelo, y en once días fue la única persona de aquel edificio que me miró a los ojos para decirme algo que no fuera bueno.
Estuvimos fuera cuarenta minutos.
Mi madre se sentó en la fila de sillas de enfrente con el bolso en las rodillas. Yo me quedé de pie contra la pared, mirando la puerta, haciendo lo que hago cuando no puedo hacer nada: medir.
Conté las placas del falso techo. Veintiséis desde la puerta hasta la esquina.
Vi que la puerta abría contra la corriente y que por eso el cierrapuertas iba mal.
Vi que la moldura del rodapié estaba desalineada seis milímetros en la unión, y me acuerdo perfectamente de la rabia que me dio, y me acuerdo de que pensé que quien montó aquello se fue a su casa a las cinco.
Ese pasillo era lo peor del hospital. Dentro había gente trabajando. Fuera no había nada.
Salieron a las ocho menos cinco y no dijeron nada, y volvieron a entrar a las once menos veinte, y a las once y veinte nos hicieron pasar a una sala.
Era una sala de reuniones. Tenía una mesa redonda, seis sillas y una ventana que daba a la cubierta plana del ala de radiología, con dos climatizadores y una escalera de gato mal anclada.
Éramos cinco. Los dos médicos, una enfermera que se llamaba Kim, mi madre y yo.
En el centro de la mesa había una caja de pañuelos de papel.
Y yo me pasé los primeros diez minutos mirando aquella caja de pañuelos, porque llevaba once días levantándome a las cinco para llegar a las seis, y porque en once días habían pasado tres cosas buenas —el drenaje del quinto día, la tensión del ocho, la mano del diez— y yo estaba esperando la cuarta.
El jefe de la unidad habló durante cuatro minutos.
Dijo que las pruebas de esa mañana estaban hechas, que habían sido dos, separadas, y que las dos daban lo mismo. Dijo lo que quería decir eso. Lo dijo dos veces, la segunda con otras palabras, porque nos vio la cara. Y luego dijo una hora.
Once y veinte de la mañana. Y dijo que esa era la hora que iba a constar, y que constaba desde ese momento, y que no era una manera de hablar.
Mi madre preguntó una cosa.
Preguntó si le dolía.
El hombre le contestó que no, y le explicó por qué no, despacio, sin quitarle nada, y aquella respuesta fue lo único que mi madre se llevó de aquella sala.
Devi llegó a la una.
No era del hospital. Lo dijo ella misma en la primera frase, sin que nadie se lo preguntara: dijo su nombre, dijo la organización para la que trabajaba y dijo que no formaba parte del equipo que había atendido a mi hermano y que no había hablado con ellos hasta hacía una hora.
Tenía una carpeta de gomas debajo del brazo.
En todo el rato que estuvo con nosotros, que fue casi una hora, no la abrió ni una vez.
Se sentó. No se sentó enfrente: se sentó al lado de mi madre, en la misma esquina de la mesa, un poco girada.
Y dijo lo que había venido a decir, y lo dijo tres veces.
La primera fue así: que Daniel, cuando se sacó el carné de conducir, había marcado la casilla del registro de donantes, y que eso era una decisión suya, tomada por él, y que estaba registrada.
Mi madre dijo que ella no lo sabía.
Devi dijo que mucha gente no lo sabe, y que eso no lo cambia.
La segunda vez fue cuando mi madre preguntó qué tenía que firmar ella.
Y Devi le dijo, con muchísimo cuidado, que ella no tenía que firmar nada. Que no era una decisión de la familia. Que ellos estaban allí para acompañarla y para contarle todo lo que quisiera saber, pero que lo que iba a pasar no dependía de que ella dijera que sí.
Y la tercera vez fue porque mi madre lo volvió a preguntar de otra manera, y Devi se lo volvió a decir igual, sin ponerse nerviosa y sin cambiar ni el tono ni la cara.
Yo estaba de pie, detrás de la silla de mi madre, con las dos manos en el respaldo.
Y lo único que pensé en esa hora, y lo pensé con las mismas palabras con las que se piensa un albarán, fue: está firmado.
Salimos al pasillo a las dos menos cuarto.
Mi madre se paró delante de la puerta de la unidad, se apoyó en la pared con el hombro y me cogió del antebrazo con las dos manos. Y me dijo:
—Pelea.
—Mamá.
—Tú sabes hablar con esta gente. Tú les hablas de otra manera. Diles algo. Lo que sea.
—Mãe.
—Pelea, Leonardo.
Yo hice lo que hice.
Le expliqué el papel.
Se lo expliqué con las manos, porque a mi madre las cosas hay que enseñárselas.
Le hice el gesto del carné, y el gesto de la casilla, y el gesto de la firma, y le dije que aquello no era mío ni suyo, que era de Dani, que lo había decidido él a los dieciocho años y que no había nada que pelear porque no había nadie contra quien pelear. Tardé cuatro minutos.
Se lo dije bien. Se lo dije despacio, sin levantar la voz, con la mano en su hombro. Se lo dije como se le explica a un cliente que la viga está podrida y que no hay opción B.
Y en algún momento de esos cuatro minutos mi madre dejó de mirarme.
Se quedó mirando la puerta de la unidad, y dijo que vale, y se soltó de mi brazo, y entró.
Y no me lo volvió a pedir.
La tarde fue larguísima y no pasó nada.
Después de la hora que consta hay ocho horas, y en esas ocho horas no hay nada que hacer, y hay que estar.
Kim nos traía café. Devi entraba y salía y nos decía dónde estábamos cada vez, sin adornarlo. A las cinco vino una compañera suya con unas hojas para mi madre, que eran de la funeraria y del certificado, y que no tenían nada que ver con lo otro.
Y yo, a las seis y cuarto del día en que mi hermano se murió, bajé a mover el coche de mi madre porque estaba en una plaza de dos horas.
Estuve doce minutos ahí abajo.
Moví el coche. Llamé a un cliente de Bell Point para decirle que al día siguiente no iba. Llamé a Marcelo. Y me quedé sentado en el asiento del conductor con el motor apagado, con la multa ya puesta en el limpiaparabrisas, mirando el ticket.
No lloré, y no me bajé, y a los doce minutos subí.
Entramos a las diez y media.
Estaba caliente.
Tenía color, y el pecho le subía y le bajaba, porque lo hacía la máquina, y las máquinas lo hacen muy bien.
Mi madre le habló en portugués durante un rato. No le voy a contar a nadie lo que le dijo.
Yo le cogí la mano izquierda, la que no tenía la vía.
Tenía una uña negra en el pulgar, de un martillazo que se dio en agosto colgando una estantería en casa de mi madre, colgándola mal, porque la colgó sin buscar el montante y le dije que se iba a caer.
Y yo estuve todo el rato con esa uña.
No le dije nada. Llevaba once días diciéndole cosas a un chico que no me oía y aquella noche no me salió ninguna.
A las once y diez se lo llevaron.
Salió por la puerta de la unidad en la cama, con Kim empujando y con dos más.
Un pasillo de dieciocho metros. Un ascensor. Una celadora aguantando la puerta con el pie.
Mi madre llegó hasta el ascensor y no entró.
Yo salí del edificio a las cuatro y diez de la mañana.
Mi madre se había ido a las dos con mi tía. Yo me quedé porque había que recoger la bolsa, firmar dos cosas y devolver una tarjeta de aparcamiento, y porque cuando yo no sé qué hacer, hago la logística.
Bajé por la escalera. En el vestíbulo de abajo, a la izquierda de los ascensores, hay una sala de espera de cirugía cardiaca con una pared de cristal y unas sillas azules atornilladas al suelo. Estaba encendida.
Y dentro había una mujer sola, de pie, con una sudadera gris y unas zapatillas de trabajo, con el móvil en la mano, hablando con alguien.
Y estaba sonriendo.
No sonriendo de cortesía. Sonriendo con toda la cara, con la mano libre tapándose la boca y quitándosela, andando dos pasos y volviendo, como se sonríe cuando te acaban de decir una cosa y no te cabe.
Yo llevaba once noches viendo a esa mujer de madrugada en una cafetería del sótano y no la había visto sonreír así ni una sola vez.
Me paré en medio del vestíbulo con la bolsa de mi hermano en la mano. Y conté.
Catorce meses de máquina, dos plantas más abajo. Once noches de cafetería. Una hermana esperando desde hace catorce meses, y esta sala encendida a las cuatro y diez de la mañana. Y a las once y diez de la noche, de la segunda planta de este mismo edificio, había salido mi hermano.
No hacía falta que me lo dijera nadie, porque yo llevo dieciséis años calculando cargas y esto era una suma de dos números. Ella levantó la cabeza.
Me vio.
Y bajó el móvil, y empezó a levantar la otra mano, y le empezó a cambiar la cara, porque estaba a punto de decirme una cosa buena.
Yo me di la vuelta y salí por la puerta de urgencias, que estaba más cerca.