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AHORA · octubre
Julia llama el viernes a las nueve para avisar de que viene. Eso lo hace desde marzo; antes no lo hacía.
—¿Te va bien?
—Me va bien.
—Puedo dormir en el sofá de Priya y venir solo el sábado.
—Julia, me va bien.
Llega el sábado a las dos, cuando ya he cerrado, con una bolsa de tela y un bizcocho de una pastelería de su ciudad nueva que me trae como quien le lleva carbón a Newcastle, y eso lo sabe, y por eso lo hace.
Entra. Deja la bolsa. Da tres pasos.
Y se para delante de la cámara.
Se queda mirando la goma colgando y el cubo y el cerco de cal que ha dejado el charco en el suelo, y luego me mira a mí, y no dice nada de eso.
—Ponme café —dice.
Estamos dos horas hablando de otras cosas.
De su trabajo de administrativa en una clínica dental, que le gusta mucho más de lo que estaría dispuesta a admitir delante de la gente que la conocía antes.
De Priya, que se muda con el novio en enero y le deja el piso, y de que el piso sin Priya son ochocientos noventa al mes y ella cobra lo que cobra.
De la biopsia de noviembre, la del año, y de que si sale limpia le espacian los controles.
—Y entonces ya soy una señora que va al médico dos veces al año —dice—. Como la gente.
—Como la gente.
—Es que no sé si me gusta.
—¿El qué?
—Ir dos veces al año. —Parte un trozo de bizcocho y no se lo come—.
Once meses fui tres veces por semana. Yo sabía el nombre de todo el mundo de aquella planta.
Sabía cuál de las dos máquinas de café estaba buena.
Y ahora voy dos veces al año y no me conoce nadie y me tengo que buscar la vida sola como una imbécil.
Y me río, y ella se ríe, y las dos sabemos perfectamente de qué estamos hablando y ninguna de las dos lo dice todavía.
A las cuatro y cuarto, sin cambiar de tono, dice:
—¿Cuánto llevas sin arreglar esa puerta?
—Cinco días.
—Vale.
Y se levanta y va a lavar las tazas.
Desde el fregadero, de espaldas, con el agua abierta:
—¿Sabes lo que me da miedo a mí de ti?
—Que no te vayas a morir —dice—. Eso ya lo tengo hecho. Yo llevo dos años sabiendo qué hago si te mueres, porque me lo he tenido que aprender.
Cierra el grifo.
—Lo que me da miedo es que un día se te acabe la gente que te necesita.
—Julia.
—No, escúchame, que llevo desde marzo con esto y me lo callo cada vez que vengo.
—Se seca las manos—. Yo tenía catorce años y tú tenías veintiuno.
Y aquel año tú decidiste una cosa, y no la decidiste el día del entierro, la decidiste como en tres meses, poco a poco: que si tú te hacías imprescindible, yo no me podía ir.
—Eso no es…
—Alma. Yo no digo que lo hicieras mal. Yo digo lo que es. —Se apoya en el fregadero—. Y funcionó. Vaya si funcionó. Yo llevo diez años sin poder enfadarme contigo, porque cómo te vas a enfadar con la persona que te hace la comida y te pone las citas y sabe tus números de memoria.
—Yo sé tus números porque hacía falta que alguien los supiera.
—Hacía falta. Y los sabías. Y gracias, ¿eh, que eso lo he dicho ochenta veces y lo voy a decir ochenta más. —Deja el paño—. Pero es que tú no aprendiste mis números para que yo estuviera segura. Tú aprendiste mis números para que yo no pudiera tener a nadie más.
—Julia, eso es muy feo.
—Sí. Es muy feo.
—Yo no…
—Ya sé que tú no. Tú nunca. —Se cruza de brazos—. En febrero Priya se ofreció a llevarme a la consulta del jueves.
—Priya trabaja los jueves.
—Priya había cambiado el turno. Lo cambió ella, sin decírmelo, tres semanas antes. Y llegó a casa contentísima a contármelo, y tú le dijiste que no hacía falta, y ella dijo que ya lo sabía que no hacía falta, y tú le dijiste que es que ella no sabe aparcar allí.
—Es que no sabe aparcar allí.
—Alma.
Y me quedo con la taza en la mano sin decir nada, porque me acuerdo de aquella tarde, y me acuerdo de la cara que se le quedó a Priya en el pasillo, y en su momento aquello me pareció eficiencia. Silencio.
—Y ese es el problema —dice—. Que yo estoy bien. Que llevo desde marzo estando bien. Y desde marzo tú y yo no sabemos de qué hablar cuando vengo. ¿No te has fijado? Hablamos de la biopsia, del piso de Priya y del negocio. Tres cosas. Las tres son cosas que hay que gestionar.
Yo tengo una respuesta.
La tengo desde hace diez años, hecha, montada, con sus tres partes, y me la sé de memoria porque me la he dicho a mí misma en muchas cocinas a las once de la noche.
La respuesta dice: yo dejé el Aldwyn, yo me metí en cuartos fríos de mierda, yo pagué esta casa, yo fui a doscientas consultas, yo dormí en cuarenta y una sillas de hospital.
Hoy, por primera vez en diez años, abro la boca para decirla y me oigo antes de decirla.
Yo dejé el Aldwyn. Yo me metí en cuartos fríos. Yo pagué. Yo fui. Yo dormí. Yo. Yo. Yo.
Y lo que oigo no es una defensa. Es una factura, con sus partidas y sus fechas, emitida a nombre de una chica de catorce años que no la pidió. Y no la digo.
Es la primera vez en mi vida que tengo esa respuesta en la boca y no la suelto, y me cuesta lo que cuesta no rascarse una quemadura.
—Es que yo no sé estar de otra manera —digo.
Eso no me lo esperaba, y me sale con la voz mal, y Julia se queda muy quieta al otro lado de la mesa de acero.
—Ya lo sé —dice.
Y viene y se sienta a mi lado, en el suelo, con la espalda contra el mostrador partido, que es donde nos sentamos aquí.
—Yo nunca te he elegido, Alma.
—…
—Yo te he necesitado. Catorce meses de máquina, y antes tres años, y antes lo de mamá. —Junta las rodillas—. Y a ti eso te va bien, porque necesitar no se retira. Elegir sí. Elegir puede salir que no.
—Julia.
—Y yo hoy te elijo, ¿eh. Que conste. —Me da con el hombro—. Pero es la primera vez que puedo, y me ha costado cinco meses, y he tenido que estar bien para poder.
Ahí es donde lo entiendo, y lo entiendo por el lado tonto, por el lado del negocio, porque es como entiendo yo las cosas.
Que llevo seis meses y medio haciéndole a un hombre exactamente lo mismo.
Le he dado de comer. Le he aprendido los silencios como me aprendí los números de ella. Le he montado una obra compartida con fecha de entrega para tenerlo cinco meses dentro de un edificio conmigo. Le he hecho falta.
Y cuando en agosto se le puso cara de irse, ¿qué hice yo? Le pedí más obra.
—Julia.
—Dime.
—Yo a él nunca le he preguntado nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada, Julia. En seis meses y medio. Le he dado de comer trescientas veces y le he preguntado una vez si se quedaba, hace más de dos semanas, y lo hice en el porche de una casa vacía, de pie, con las llaves de esa casa en la mano, y cuando no me contestó me di media vuelta y me puse a hacer masa.
Julia no dice nada.
—Y el sábado, cuando vi que se iba igual, cogí lo único que tenía a mano que le hacía daño de verdad y se lo tiré.
Julia se va a las siete y media. En la puerta se gira.
—He cogido el cúter del cajón de arriba para el bizcocho —dice—. Te lo he dejado ahí encima.
—Vale.
—Ahí encima, Alma.
Se va.
Y yo me quedo de pie en medio de mi local, delante de una puerta que no cierra, sin arreglarla todavía, y sin ninguna idea de lo que voy a hacer el lunes.