Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 48
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AHORA · octubre

El lunes se rompe la junta del todo.

No es que se rompa: es que termina de irse. Llevaba desde el jueves pelada en la esquina de abajo y el lunes, cuando abro la puerta de la cámara a las cuatro y veinte, la goma se descuelga entera y se queda colgando como un labio.

Tengo el butilo en el cajón de arriba. Lo compró él el viernes y lo dejó ahí, encima de la caja de guantes, con el tique doblado debajo del rollo como deja él las cosas.

Tengo el cúter. Tengo el desengrasante, el trapo y cuarenta minutos de horno por delante en los que no tengo absolutamente nada que hacer.

Abro el cajón.

Y me quedo con la mano encima del rollo, y noto una cosa muy tonta y muy física: que si lo cojo, se acaba. Si yo corto esa goma y la meto en ese alojamiento con el canto de una espátula de plástico, mañana la cámara cierra y no queda ni una sola cosa suya en este edificio que no esté ya terminada.

Cierro el cajón.

Me quedo delante de la puerta con la junta colgando en la mano, la suelto, y me voy a pesar.

Del lunes al jueves me levanto a las tres y veinte, enciendo, peso, amaso, formo, cargo, abro a las siete y cierro a las dos. Y todo sale bien.

Esa es la parte que no me esperaba. El martes hago ochocientos veinte dólares, que para un martes de octubre en una calle sin paso es mucho.

El miércoles entra una mujer de Somerset que ha oído hablar del horno por su cuñada y me encarga seis hogazas para el sábado y las paga por adelantado sin que yo se lo pida.

El jueves aparece un chico de veintitantos con las manos coloradas preguntando por trabajo de fin de semana; le digo que en noviembre quizá, y él dice vale, y se va, y vuelve a los diez minutos a dejarme el número escrito en el reverso de un tique del súper porque no se fía de que me acuerde.

Yo estoy de pie catorce horas al día dentro de una cosa que funciona y por dentro no funciona nada, y las dos cosas ocurren a la vez sin molestarse, como el frío y la corriente.

El miércoles pierdo una masa.

No por la cámara. Por mí.

La dejo en bloque a las cuatro y veinte con la idea de plegarla a las cinco menos diez, y a las cinco menos diez estoy limpiando la campana, que no tocaba, y a las cinco y cuarto sigo limpiando la campana, y cuando me acuerdo son las cinco y veinticinco y la masa se ha ido.

Se conoce enseguida. La superficie está brillante y llena de burbujas grandes y flojas, y cuando le metes la mano no vuelve: se queda con la forma del dedo como una cosa muerta. Veintiséis piezas.

Las formo igual, porque a lo mejor. Las meto igual. Salen del horno pálidas por arriba, sin greña, con la miga apelmazada en la base y ese olor agrio de fondo que no engaña a nadie que sepa.

Y las tiro.

Veintiséis piezas a la basura a las siete menos diez de la mañana de un miércoles, y lo que me pasa por dentro mientras las tiro no es pena. Es alivio.

Porque llevo tres días haciéndolo todo bien y necesitaba una prueba.

La cámara pierde.

Se nota en el suelo primero: un charco fino delante de la puerta, que seco con la fregona y que a las dos horas está otra vez.

Después se nota en el compresor, que arranca más veces.

Después se nota en el género: el jueves las bandejas de la parte de abajo tienen la superficie mate y hay que gastarlas ya.

Yo sé exactamente lo que hay que hacer. Lo he hecho veinte veces en cocinas de otros.

Se limpia el alojamiento con desengrasante, se seca, se corta la goma dos centímetros más larga de la cuenta, se empieza por la esquina de arriba y se va metiendo con el canto de una espátula de plástico, nunca de metal, y se deja veinticuatro horas con la puerta cerrada y un peso. Cuarenta minutos de trabajo.

Y todos los días, a las cuatro y veinte, abro esa puerta y oigo que no cierra, y todos los días no lo arreglo.

El martes por la noche escribo un mensaje.

Lo escribo entero, lo leo, y quito la última frase.

Lo vuelvo a leer y quito la primera. Y así hasta que lo que queda son cuatro palabras que no dicen nada, y entonces las borro también y me quedo con la pantalla en blanco y el cursor parpadeando encima de una conversación cuyo último mensaje es de él, del viernes, y pone: mañana a las 4. llevo café .

El miércoles por la noche lo vuelvo a escribir.

El jueves ya no lo escribo. El jueves dejo el móvil boca abajo encima de la mesa de acero, y a las once y veinte lo giro para mirar la hora, y hay una raya de notificación que es de la compañía de la luz.

Y duermo en el almacén.

El lunes es porque son las once y media y hay que estar aquí a las tres y veinte. El martes es por lo mismo. El miércoles ya no me molesto en explicármelo: subo la manta de mudanza de Bev, la doblo en tres, la pongo detrás de los sacos de harina de fuerza, apago y me tumbo.

Y me duermo en cuatro minutos. Eso es lo que peor llevo.

Aquí dormí desde marzo hasta junio. Aquí me encontró él un jueves de junio, y me lo dijo con una cara que se le puso, y yo le contesté una tontería y él no se rió.

Ahora hay un piso de dos habitaciones a doce minutos andando con mi nombre en el contrato, con una cama de verdad y una lámpara que elegí yo.

Yo duermo detrás de los sacos.

Podría llamar a Julia. No la llamo.

Rosa está doce escalones por encima de mi cabeza y sabe perfectamente lo que pasa, porque me da de comer todos los días y no me pregunta ni una vez, que es su manera de preguntar. No subo a preguntarle nada a ella.

El miércoles a las once de la noche se me ocurre llamar a Marcelo, soltarle una frase suelta y que él se la pase a quien tenga que pasársela, y me da tanta vergüenza que me levanto y friego el suelo otra vez.

Y podría meter cinco mil ciento ochenta dólares en un sobre y mandarlos a una dirección de Carolina del Norte que no tengo y que Rosa me daría en cuatro segundos.

Sé hacer las catorce cosas.

Llevo desde los veintiún años arreglando lo que se rompe el mismo día que se rompe, porque una cosa rota que pasa la noche ya no se arregla igual, y eso es verdad en las juntas y en los techos y en la gente. Y no hago ninguna.

No por dignidad. La dignidad la tengo bastante gastada y a estas alturas la cambio por casi cualquier cosa.

Es que las catorce son la misma cosa: yo poniéndome delante de un hombre con algo en las manos.

El jueves por la noche, a las once y media, bajo a por el cuaderno y me siento en el suelo, en el sitio de siempre.

Delante tengo la puerta de la cámara con la goma colgando y el cubo debajo.

Me quedo mirándola un rato largo.

El verano que se murió mi madre se estropeó el calentador.

Yo tenía veintiún años, Julia tenía catorce, y yo me pasé una tarde entera en el suelo del baño con el manual, un destornillador prestado y un vídeo puesto en el móvil, sudando, con mi hermana sentada en la escalera mirándome sin decir nada, hasta que salió agua caliente.

No hacía falta. Había trescientos y pico dólares en una libreta y un fontanero a dos calles.

Lo que hacía falta era que Julia viera a alguien arreglar una cosa aquella semana.

Y desde entonces no he parado, y no he aprendido a estar de ninguna otra manera, y hoy tengo treinta y un años y un negocio mío y llevo cinco días sin tocar una junta de goma que sé poner con los ojos cerrados.

Porque una casa donde hay algo roto es una casa de la que se puede ir todo el mundo.

Cuento las baldosas del zócalo desde la puerta de la cámara hasta la pata de la mesa de acero. Salen veintiséis y media. Las cuento otra vez y salen las mismas.

23:41.