Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 47
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AHORA · octubre

El domingo hago todas las cosas bien.

Esa es la parte que no voy a poder contar nunca sin que suene a excusa, así que la voy a contar tal cual: el domingo, desde que me levanto hasta que me acuesto, no hago ni una sola cosa mal.

Me levanto a las seis en una casa de Marsh que ya está medio vacía. Recojo la cocina. Bajo dos bolsas al contenedor. Devuelvo la furgoneta de Vinnie con el depósito lleno y las llaves debajo del asiento, como habíamos quedado, y vuelvo andando cuarenta minutos con las manos en los bolsillos.

A las nueve llamo a Rui.

Le digo que a partir de mañana la del local del horno es ella, que no me llame a mí, que la llame a ella, y que si un día se pone tonto el termo del fregadero no cobre desplazamiento porque ya se lo he pagado yo por adelantado en cervezas durante cinco meses.

Rui se ríe. Y luego se calla, porque Rui es de aquí y aquí la gente ata cabos rápido.

—Leo.

—No preguntes.

—No pregunto.

A las diez y media Marcelo aparece en Marsh sin avisar, con la furgoneta de Vinnie, que ya es la furgoneta de Vinnie, y con las dos niñas dormidas atrás.

—Vengo a por la escalera de tijera.

—La escalera de tijera es tuya desde el jueves.

—Ya. —Se queda en la puerta con las llaves en la mano—. Pues eso.

La sacamos entre los dos, y es una escalera que saca uno solo, y la atamos en la baca con dos pulpos, y Marcelo tarda en atarla el triple de lo que tarda siempre.

—Vinnie te sube a jefe de equipo en enero —le digo.

—Vinnie no me sube a nada.

—Vinnie te sube a jefe de equipo en enero porque se lo he dejado escrito y porque en marzo tiene tres casas en Somerset y no sabe hacer una cubierta.

Marcelo tira del pulpo. Lo suelta. Lo vuelve a tirar.

—Nueve años —dice.

—Nueve años y cuatro meses.

—Y te vas un domingo.

—Me voy un lunes.

—Te vas un domingo, Leo. Lo de mañana es coger un coche.

Ahí me quedo con la mano en la baca sin saber qué contestar, que no me pasa nunca con este hombre.

Se sube a la furgoneta. Baja la ventanilla y mira al frente, no a mí.

—Yo no te voy a decir nada. Porque tú lo sabes todo y a ti no se te dice nada. —Mete la marcha—. Pero a esta de aquí atrás, dentro de veinte años, cuando me pregunte de qué trabajaba su padre, le voy a decir una cosa.

—¿El qué?

—Que trabajé nueve años con un tío que arreglaba las casas de todo el mundo.

Y arranca antes de que yo abra la boca.

A las once le escribo al del cuadro y al de la compuerta.

A las doce hago una llamada al ayuntamiento para dejar constancia de que la revisión anual de la extracción cae en septiembre del año que viene y de que la titular es Alma Reyes, con su número de licencia, para que la carta le llegue a ella y no a mí.

Todo lo que se puede dejar atado, lo dejo atado. Y no la llamo.

A la una y media subo a casa de mi madre.

Se sube por fuera, por una escalera de hierro que da a la parte de atrás de la ferretería, y desde el descansillo, si te paras, se oye el extractor del local de abajo cuando está encendido.

Hoy no está encendido. Los domingos no.

Mi madre me abre con las manos mojadas.

—Ya has comido.

—He comido.

—No has comido.

Me pone un plato igual. Me siento igual. Me lo como igual, porque llevo treinta y tres años comiéndome el segundo plato de esta mujer para no tener que decirle que no.

Come conmigo, de pie, apoyada en la encimera, como come ella.

—¿Llevas agua?

—Llevo agua.

—Y paras y duermes. No hagas las catorce de un tirón.

—Paro en Delaware.

—Se para antes de Delaware, filho.

Y recoge, y friega, y hay un momento en el que se seca las manos en el paño y no se gira, y yo sé lo que viene porque en esta familia lo que viene siempre viene por la espalda.

—¿Has bajado?

—No.

—Está abierto. Ha venido a las siete a hacer masa madre y está abajo.

—Ya lo sé que está abajo.

Se gira.

—Entonces sube ella o bajas tú, pero eso hoy se hace.

Yo le digo que no hay nada que hacer.

Le digo lo que pasó el sábado. Se lo digo entero, sin quitarme nada y sin ponerle nada a ella, porque a mi madre le puedo mentir en muchas cosas pero no en esta.

Le digo que Alma dijo lo de Dani. Le digo lo que dijo. Le digo que yo cogí la chaqueta y me fui.

Mi madre escucha con el paño en la mano.

—¿Y?

—¿Cómo que y?

—Que si eso es todo.

—Mamá, dijo que…

—Ya sé lo que dijo. —Deja el paño—. Yo el año pasado le dije a un médico que si mi hijo se moría era porque a nadie de este hospital le importaba um português de vinte e dois anos. Se lo dije en la cara. A un hombre que llevaba desde las siete de la mañana con él.

—Eso es distinto.

—No es distinto. Es lo mismo. Es que la gente aterrorizada dice la cosa que más rompe, porque es la única que tiene a mano.

Se sienta enfrente. Y me mira con la cara con la que mira las casas ajenas.

—¿Y si te lo pide?

—No me lo va a pedir.

—¿Y si te lo pide?

—Mamá, que no me lo va a pedir. Ya me lo pidió hace once días y yo no le contesté, y desde entonces han pasado un montón de cosas y ninguna de esas cosas fue yo contestándole.

Mi madre asiente despacio.

—Yo tampoco te lo pedí.

—Sí me lo pediste.

—Una vez —dice—. En un pasillo. Y me lo explicaste cuatro minutos.

Se levanta y coge los dos platos.

—Una vez, Leonardo.

Salgo de allí a las cuatro menos veinte.

Bajo la escalera de hierro despacio, agarrado al pasamanos, que lo pinté yo el domingo antes de la mudanza y quedó mal.

Y en el descansillo de abajo, a través del cristal de la puerta de atrás del local, se ve el fondo: la cámara, la mesa de acero, y una parte de un brazo con harina hasta el codo moviéndose delante de un bombo.

Está de espaldas.

Y hay un cubo debajo de la puerta de la cámara, porque desde el jueves la junta está pelada y gotea condensación, y el viernes compré el rollo de goma butílica para arreglarla el lunes.

Levanta el bombo con las dos manos y lo vuelca sobre la mesa de un golpe seco, y la masa sale entera y se queda temblando, y ella se limpia el antebrazo con el dorso de la muñeca sin mirarse.

Después coge la rasqueta y empieza a cortar.

Corta rápido. Pesa. Corrige. Vuelve a pesar.

Y a la cuarta pieza para, con la rasqueta en la mano, y se queda mirando la báscula sin hacer nada durante unos segundos que yo cuento desde el otro lado de un cristal como un idiota, y luego sigue.

Ahí es donde tenía que abrir la puerta.

Está a metro y medio. La puerta de atrás no tiene llave por dentro los domingos porque la cerradura está tomada y llevo tres semanas diciendo que la cambio. Se empuja con la cadera. Yo lo sé porque la empujo yo.

Y me quedo el tiempo que dura una canción que no está sonando. Y me voy.

Salgo el lunes a las seis menos veinte, no a las seis, porque no he dormido.

A las seis menos cuarto, en vez de coger la ciento noventa y cinco por Bridge, bajo por Water.

Y el local está encendido.

Se ve desde la esquina: la luz del fondo, la de la mesa, y el rectángulo naranja de la boca del horno cuando alguien la abre y la vuelve a cerrar.

Paro el coche de mi padre delante de mi propia obra a las seis menos cuarto de la mañana con el intermitente puesto.

Hay una fila de pan enfriándose en el escaparate. Doce piezas. Las está poniendo bien, con la costura hacia arriba, como le enseñó un señor de ochenta años el sábado sin abrir la boca.

Y me quedo mirando eso.

Y luego meto la marcha y me voy a mil doscientos kilómetros de aquí a decirle a la gente cómo se hacen las cosas.

Lo que no dije: que el rollo de goma butílica de veinticinco milímetros que compré el viernes se ha quedado en el cajón de arriba del local, encima de la caja de guantes, con el tique doblado debajo. Y que eso no fue un olvido.