Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 46
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AHORA · octubre

Llego a las ocho y media con dos cervezas y con la idea de que hoy es el mejor día del año.

Y lo es. Objetivamente lo es.

He estado quince horas en ese local llevando bandejas y sacando cajas de la cámara y he visto a un señor de ochenta años darle un golpecito a la base de una hogaza y quedarse sin cara.

He visto a Bev comprar ocho cosas que no puede comer.

He visto a mi madre ponerse un delantal a las siete y veinticinco de la mañana y no quitárselo hasta las siete y media de la tarde, y he visto a mi madre reírse cuatro veces en un día.

Más que en los once meses anteriores juntos.

He visto la vitrina vacía a la una menos cuarto.

Y he estado toda la tarde con una cosa dentro que no había tenido nunca: ver algo terminado que va a seguir funcionando cuando yo no esté delante.

Está de pie en medio del local, con la luz del mostrador encendida y la grande apagada, y con la libreta abierta encima del mostrador partido.

—He traído…

—¿Cuánto costó el tejado?

Y ahí se acaba el mejor día del año.

—Alma.

—Es una pregunta sencilla. ¿Cuánto costó el tejado?

—Ocho novecientos.

—No.

—Alma…

—Que no, Leo. —Gira la libreta hacia mí—.

Andamio, tres mil doscientos, que lo tengo firmado.

Cuatro pares de pino laminado de quince por veinte, tres metros ochenta, a precio de agosto.

Cinco hiladas de ladrillo de recuperación.

Zuncho. Apeo de dos días. Nueve jornadas de dos hombres, y a Marcelo le pagas veinticinco la hora y yo lo sé porque lo pone en el contrato que redacté yo.

—Alma.

—Sale once mil cuatrocientos. Con lo que yo sé y sin lo que no sé.

Dejo las cervezas encima de la cámara.

—Y la compuerta —dice—. Mil doscientos ochenta de aparato, mil de instalación y cuatrocientos de certificado. Y me dijiste que me traías la factura y hace ocho días que me la debes.

—…

—Cinco mil ciento ochenta dólares, Leo.

—Enséñame la mano —dice.

—¿Qué?

—Las manos, Leo. Las dos.

Y no lo entiendo hasta que se las enseño, y entonces sí.

Porque tengo los nudillos de siempre y tengo el corte del martes en el pulgar y no tengo, en ninguno de los diez dedos, la marca de haber afilado ocho formones en una piedra de agua durante dos horas y media.

Eso fue hace ocho días. Eso ya no se ve.

Ella me mira las manos vacías un segundo y luego me mira a mí, y yo entiendo que no las miraba por eso: las miraba porque es lo que hace ella cuando quiere saber algo de alguien, y porque no se le ocurre otra manera de preguntarme si es verdad.

Yo podría decir cuatro cosas.

Podría decir que el precio del andamio se movió. Podría decir que la madera de derribo no se paga. Podría decir que Marcelo hizo horas que no cobró. Es verdad y es una porquería usarlo ahora. Lo que digo es:

—¿Y qué?

—¿Cómo que y qué?

—Que qué más da, Alma. Está hecho. El tejado está hecho, la compuerta está puesta, tú has abierto hoy y has vendido mil ciento ochenta y seis dólares. ¿Qué quieres hacer con eso ahora?

—Devolvértelo.

—No.

—No es una pregunta.

—Ya lo sé que no es una pregunta. Y te digo que no.

Se mete detrás del mostrador, abre la caja, y saca el sobre del día.

Mil ciento ochenta y seis dólares con cuarenta, en billetes, con el papel del arqueo dentro.

Y me lo pone en la mano.

—Toma. Y el resto en veinte meses a doscientos, y lo firmamos ahora mismo en un papel como firmamos el otro.

—Alma, no.

—Cógelo.

—Que no.

—Cógelo, Leo.

Y me lo mete en el pecho, con la mano abierta, empujando, y yo me lo quito y lo dejo encima del mostrador y ella lo vuelve a coger.

—Alma, esto no es una discusión de dinero.

—Ya lo sé que no es una discusión de dinero.

—Entonces suelta el sobre.

—No.

—Suelta el sobre y hablamos.

—Es que si suelto el sobre no hablamos. —Lo aprieta con las dos manos—.

Si suelto el sobre te vas el lunes y esto queda así, y dentro de tres años yo tengo un negocio que funciona y una deuda de cinco mil ciento ochenta dólares con un tío que vive a mil doscientos kilómetros, y todos los días que entre por esa puerta voy a saber que este techo lo pagó otro.

Ahí es cuando lo dice.

—Es que tú no puedes.

—¿Qué?

—Que tú no puedes cogerlo. —Tiene el sobre en la mano—. Si yo te devuelvo ese dinero, tú ya no me has hecho nada. Y si tú no me has hecho nada, tú te vas el lunes siendo un tío que se va, y eso no lo aguantas.

—Alma.

—Tú necesitas dejarme una deuda. Igual que se la dejaste a tu madre con la casa.

Igual que se la dejaste a Marcelo metiéndole la antigüedad en el contrato de Vinnie sin decírselo.

—Da un paso—. Tú vas por el mundo pagando cosas de la gente sin preguntar, y luego te vas, y así nadie te tiene que elegir. Porque si te eligen puede ser que no.

Aquí es donde yo tendría que decir algo.

—Puede ser —digo.

No digo nada más, porque no tengo nada más, porque lleva razón y porque llevo desde la una y media del jueves sabiéndolo, desde que mi madre me dijo en una cocina de cuarenta metros que lo que hice mal no fue decidir sino no estar. Ella espera.

La veo esperar. Cinco segundos. Seis. Con el sobre en la mano y la boca abierta un poco, esperando la frase que va detrás de «puede ser».

Y a mí no me sale, porque a mí eso no me ha salido nunca.

—Di algo más —dice.

—…

—Leo. Di algo más.

Un hombre que dice «puede ser» y se calla es un hombre que ya está en la puerta. Y ella eso lo ha visto antes, de pie, con nueve años, en una cocina de Fall River.

—Y por eso no la abres.

—¿Qué?

—La nota. La del veintiséis de septiembre.

—Alma.

—Cuarenta y un segundos, Leo. Llevas un año. La has tenido delante cuarenta o cincuenta veces y no le das, y me lo contaste el jueves en el suelo, ahí, y me dijiste que mientras no la oigas todavía queda algo por oír.

—Alma, para.

—Y no es eso. Es que si la oyes ya no puedes hacer nada más por él. Y entonces te tienes que quedar quieto delante de una cosa que no se arregla, y tú eso no lo sabes hacer, y prefieres pasarte la vida pagándole el tejado a la gente.

—Alma.

—Ábrela. —Y lo dice más alto—. Ábrela ahora mismo, delante de mí, y así ya sabemos los dos de qué va todo esto.

Se hace un silencio en ese local que yo voy a poder describir dentro de veinte años.

Ochenta metros de azulejo blanco. La luz del mostrador. Un horno de mil novecientos veintiuno a ciento cuarenta grados de bóveda. Una vitrina vacía. Un sobre con mil ciento ochenta y seis dólares en la mano de una mujer que lleva quince horas y media de pie. Y ella se oye.

Le veo oírse. Le veo la cara en el momento exacto en que le llega lo que acaba de decir y de dónde lo ha sacado, que es de una cosa que yo le di el jueves por la noche, tumbado en el suelo, sin que nadie me lo pidiera, y que no le he dado a nadie más en un año.

—Leo —dice.

Y ya no le sale la voz igual.

—Leo, no…

Yo cojo la chaqueta del respaldo de la silla plegable.

Hago las tres cosas que hago siempre antes de salir de una obra, porque llevo dieciséis años haciéndolas y porque las manos no se enteran de nada: miro el registro del horno, compruebo que la llave del agua del fregadero está cerrada y apago la luz del fondo.

—Enhorabuena por hoy —digo—. Ha sido un día muy bueno.

Y lo digo en serio, que es lo peor.

Lo que no dije: que a las nueve y veinte, parado en el semáforo de Pleasant con Second, con el intermitente puesto y sin nadie detrás, saqué el móvil y le di al botón.

Y que a los tres segundos lo paré. Antes de la primera palabra. Solo se oye una puerta de furgoneta, un mechero y a mi hermano coger aire.

Y que no lo borré.