Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 45
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AHORA · octubre

A las ocho menos diez Rosa vuelve.

Se ha dejado el bolso encima de la cámara y ha subido y ha bajado los doce escalones de su casa dos veces por culpa de un bolso, y viene resoplando.

—Ay, hija, qué cabeza.

—Siéntese un momento.

—No, que tú te quieres ir.

—Rosa, siéntese.

Se sienta en la silla plegable, la de siempre, y se queda mirando la vitrina vacía con una cara de satisfacción que no le he visto nunca.

—Mil ciento ochenta y seis —dice.

—¿Se lo ha aprendido?

—Yo lo he cobrado, hija. Cómo no me lo voy a aprender.

Estamos cinco minutos hablando de la caja.

De que hay que pedir más monedas de veinticinco, porque hoy me he quedado sin cambio a las diez y media y he tenido que ir a la ferretería a que me cambiaran un billete.

De que el datáfono va lento con la cobertura de esta calle y de que a lo mejor hay que poner un cable.

De que la gente pide bolsa y yo no tengo bolsas, cosa que no se me había ocurrido en siete meses de planificar un negocio.

—Yo mañana te traigo bolsas —dice Rosa.

—Mañana es domingo.

—Yo te traigo bolsas igual.

—Rosa, mañana no abro.

—Ya lo sé que no abres, hija, pero las bolsas hay que tenerlas.

Y entonces dice, con el mismo tono, sin ninguna carga, en mitad de otra frase:

—Y el domingo pasado, en la misa de las nueve, estaba Bill Nickerson.

—¿Quién?

—El de Providence. El de las herramientas. Vino a la misa del aniversario de la madre de Fátima, que era prima suya.

—Ah.

—Y me dio el pésame otra vez, que ya van cuatro, que este hombre me da el pésame cada vez que me ve desde octubre. —Se coloca el bolso en el regazo—. Y me dijo que tiene los formones de Manuel en el escaparate.

Y yo estoy de pie con un paño en la mano.

—¿Los qué?

—Los formones.

—¿Qué formones?

—Los formones de mi marido. Los ocho, en la caja, con el nombre grabado. Me dijo que los ha puesto en el escaparate y que no los va a vender, que los tiene ahí de exposición porque son unos Sorby de los años sesenta y que no se ven.

—Rosa.

—Y yo le dije que qué bien. —Y entonces se para, y se le mueve algo en la cara—. Y me dijo: «Dígale a su hijo que si un día los quiere, aquí están».

Silencio.

—Y yo no sabía nada —dice—. Fíjate. Cuarenta y un años en esa casa y esos formones estaban en el segundo cajón del banco del taller de Manuel desde antes de nacer mi hijo mayor, y yo me entero en la puerta de una iglesia por un hombre de Providence.

—Rosa…

—Y no le digo nada a Leo, ¿eh. Porque ese chico ha tenido que venderlos por algo y yo no soy quién.

—Ya.

—Yo pensé que sería por lo del hospital. Lo de la factura. —Se coloca el bolso—. Ochenta y un mil, hija. Yo esa cifra la digo en voz alta y no la entiendo.

Me pongo a contar, porque contar es lo que hago yo cuando hay una cosa que va a doler y todavía no quiero que duela.

Uno. Los formones. La caja de madera que hizo su padre con el nombre grabado a fuego en la tapa. La caja que él afila y que no le deja tocar a Marcelo, y Marcelo lleva nueve años y le ha dejado la furgoneta, la casa y una vez el perro.

Dos. Cuánto valen unos Sorby de los sesenta con caja de autor. Yo no lo sé. Sé lo que vale un molde de aluminio de los años cincuenta, y sé que la gente paga por las herramientas viejas de la misma manera absurda, y sé que ocho formones no son ochenta dólares.

Tres. La compuerta cortafuegos que llegó de Attleboro en cuatro días en vez de en diez. Mil doscientos ochenta más mil de instalación más cuatrocientos de certificado. La factura que iba a traerme y que no me ha traído.

Y cuatro.

El tejado.

El tejado.

Ocho mil novecientos.

Yo tengo, doblada en cuatro dentro de mi libreta, desde el cinco de septiembre, la hoja del andamio de Kearny. Tres mil doscientos y una firma.

Tengo, en el separador cinco de una carpeta azul que me dio ayer, las fotos del faldón abierto con fecha. Cuatro pares. Cinco hiladas. Un apeo de dos días.

Y llevo seis meses y medio apuntando en dos columnas cada saco de mortero de esta obra.

Yo sé lo que cuestan las cosas.

Yo he sabido siempre lo que cuestan las cosas.

—Alma.

—Dígame.

—¿Tú estás bien?

—Sí.

—Hija, que te has quedado con el paño.

—Estoy cansada, Rosa. Llevo desde las cuatro menos veinte.

—Ay, claro. Claro que sí.

Y se levanta, y coge su bolso, y en la puerta se para.

—¿Le digo algo yo? —dice—. A él. De lo de los formones.

—No.

—Es que a lo mejor le hace ilusión saber que están ahí.

—No le diga nada, Rosa.

Esa mujer, que lleva cuarenta y dos años leyendo caras en casas ajenas, me mira dos segundos y medio y dice:

—Vale.

Y se va.

Me quedo de pie en medio de mi local sabiendo perfectamente lo que acabo de hacer.

Le acabo de quitar a un hombre la oportunidad de contármelo él. Podía coger el teléfono ahora mismo. Podía decirle: Leo, tu madre ha estado aquí, sé lo de los formones, ven y me lo explicas.

No lo voy a hacer, y sé por qué no lo voy a hacer, y no me gusta: porque si se lo pregunto él lo va a quitar importancia en catorce segundos, como quita importancia a todo, y esta vez no se la va a quitar.

Esta vez lo quiero delante de la cuenta.

Y hago lo que hago yo, que es coger la libreta.

Ocho mil novecientos. Lo que él me dijo el diecinueve de agosto delante del horno con un termómetro de sonda en mi mano.

Once y trece. Lo que me dijo en mayo con el peor escenario.

Cuatro pares en vez de dos. Cinco hiladas en vez de tres. Un apeo. Madera al precio de agosto.

Sumo por partidas, con lo que sé, que no es poco. El andamio lo tengo en un papel firmado. Los materiales los he pagado yo casi todos y los tengo apuntados uno a uno con fecha. Lo que no tengo es la mano de obra ni la madera del derribo ni el zuncho.

Me sale entre once mil y once mil seiscientos.

Me sale dos mil quinientos.

Y luego la compuerta.

Mil doscientos ochenta el aparato, que lo sé porque llamé yo al de Warwick el viernes veinticinco a las once para preguntar el precio, antes de que llamara él.

Mil de instalación, que no ha cobrado y que es material y horas.

Cuatrocientos de certificado del instalador; ese sí se paga a un tercero y ese sí existe en algún sitio con un número de factura. Cinco mil ciento ochenta dólares.

Y me siento en el suelo con la libreta en las rodillas y hago una cosa que no había hecho nunca, que es mirar las dos columnas a la vez.

La de la izquierda, la de lo que cuestan las cosas.

Y la de la derecha, la de cuándo hay que pagarlas.

Las inventó él. Me las enseñó el veintiuno de abril, de pie, en este local, con el techo abierto, cuando yo llevaba tres semanas haciendo una lista sola y creyéndome que eso era llevar una obra.

«Una es lo que cuesta y la otra es cuándo hay que pagarlo. No es lo mismo, y la gente se hunde por la segunda.» Eso me dijo.

Y llevo seis meses y medio apuntando en las dos con una disciplina de la que estoy orgullosa, y no se me ha ocurrido en seis meses y medio que había una tercera columna. Quién lo paga.

Y hay una última cosa, y es la que me pone de pie.

Que llevo seis meses y medio orgullosa de haber montado esto sola.

Sola. Con un contrato que redacté yo, con un préstamo que rechacé yo, con cuatro mil dólares de Yolanda que no cogí, con doscientos y pico madrugadas, con un anillo que no vendí y con una tía en Lawrence a la que no le pedí nada.

Esa es la frase que llevo diciéndome desde abril y con la que me duermo en un almacén de dos por tres.

Ahora resulta que hay cinco mil ciento ochenta dólares dentro de este edificio que no son míos, y que llevan aquí desde agosto, y que yo he estado apuntando en dos columnas todos los días de mi vida sin ver el agujero.

Y me quedo sentada en el suelo de mi negocio, el día que he abierto, con quince horas y media de pie y mil ciento ochenta y seis dólares en la caja, haciendo la única cuenta que no quería hacer.

Cinco mil ciento ochenta dólares.

Tres mil cuatrocientos de una caja de formones en un escaparate de Providence.

Y el resto no sé de dónde.

20:26.