Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 44
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AHORA · octubre

El sábado tres de octubre cargo el horno a las cuatro menos veinte de la mañana y a las cuatro y diez ya no estoy sola.

Leo llega con dos cafés de la gasolinera de la salida catorce, lo único abierto a esta hora, y no dice buenos días. Deja los cafés, se lava las manos hasta el codo en el fregadero de acero y coge la pala.

—¿Qué hago?

—Nada. Mira.

—Alma.

—Que mires.

Y mira.

Una bóveda de mil novecientos veintiuno tarda cuatro horas en subir y once en bajar, y eso significa que el pan de las siete de la mañana se empieza a las cuatro menos veinte de la madrugada del mismo día, con leña, a oscuras, en una calle vacía.

Cargo por la derecha. Barro hacia la izquierda. Eso me lo dijo un señor de ochenta años con una gorra en la mano el diecisiete de septiembre y lo tengo escrito en el separador seis de una carpeta azul.

A las seis menos cuarto la bóveda está a doscientos cincuenta y dos.

A las seis menos diez meto la primera hornada de mi vida en mi propio horno.

Son treinta y ocho piezas: veinticuatro panes de maíz en molde alto y catorce hogazas.

A las seis y veinte, cuando abro la boca de hierro para dar la vuelta a la bandeja, pasa la cosa que llevo esperando desde marzo.

Huele.

Huele la calle.

No es una manera de hablar y no es literatura.

A las seis y veinte de la mañana, un sábado de octubre, con la puerta del local cerrada y las ventanas cerradas, el olor sale por el conducto de la compuerta cortafuegos de mil doscientos ochenta dólares y baja por la fachada y se queda en la acera de Water Street, que es lo que hace el olor a pan.

A las seis y media llama alguien a la puerta.

Es la mujer de la limpieza del ayuntamiento, que hace la ruta de esta calle a esta hora y que lleva veintitrés años haciéndola.

—Perdone —dice—. Es que me he parado.

Le doy un pan de maíz caliente sin cobrárselo. El primero que sale de ese horno en cincuenta y cinco años. La mujer se lo lleva debajo del brazo y baja la calle.

A las siete menos veinte saco la primera hornada y hago lo que hay que hacer y que no sabe nadie, que es no tocarla.

Un pan recién salido no se corta, no se mueve y no se apila.

Se pone en rejilla, en horizontal, separado, y se le deja perder el agua veinte minutos, y en esos veinte minutos suena.

Suena de verdad: la corteza cruje al enfriarse, sola, sin que nadie la toque, y en un local vacío con ochenta metros de azulejo se oyen treinta y ocho piezas crujiendo a la vez.

Leo está apoyado en el mostrador con el café en la mano.

—¿Eso qué es?

—Eso es que está bien hecho.

—¿Suena siempre?

—Suena cuando está bien.

Se queda ahí de pie, callado, escuchando un pan enfriarse, durante los veinte minutos enteros.

Abro a las siete.

Lo que pasa entre las siete y las nueve lo voy a contar deprisa porque yo lo viví deprisa.

A las siete en punto quito el pestillo, doy la vuelta al cartel y salgo a la acera a mirar mi propia puerta abierta, que dura cuatro segundos porque hace frío.

A las siete y cinco entra Bev con el Buick en doble fila y compra ocho cosas que no se puede comer.

—Bev, usted no puede comer eso.

—Yo no he dicho que me lo vaya a comer.

—¿Y para qué lo quiere?

—Para llevárselo a gente. —Saca el monedero—. Y no me hagas descuento, que como me hagas descuento no vuelvo.

A las siete y veinte entran tres hombres del muelle.

A las siete y media está Rosa detrás del mostrador conmigo, con un delantal que se ha traído de su casa, porque a las siete y veinticinco ha entrado, ha mirado la cola y se ha puesto sin preguntar. Yo intento decirle algo y me dice «tú al horno, hija», y ya está.

A las ocho menos cuarto entra Duarte Almeida.

Viene con la gorra en la mano, como en septiembre, y con una mujer de su edad que es su cuñada.

No dice nada. Se pone en la cola —nueve personas— y espera su turno.

Cuando le toca, mira el mostrador un rato largo y luego dice:

—Un pan de maíz.

—Marchando.

—En molde alto.

—En molde alto, señor Almeida.

Se lo doy. Lo coge con las dos manos. Como se coge una hogaza cuando se sabe. Le da la vuelta. Le mira la base.

Le da un golpecito con dos dedos.

Entonces este hombre de ochenta años se queda de pie en medio de mi negocio con un pan en la mano y se le pone una cara que no le voy a describir a nadie.

—Ochenta y dos dólares con cuarenta —dice la cuñada, mirando el escaparate—. Nos llevamos también seis de esos.

Y Duarte Almeida sale por esa puerta sin mirarme y sin decir gracias, y las dos cosas están perfectamente bien.

A la una menos cuarto se acaba todo.

Todo. Ciento veinte piezas de la cámara, treinta y ocho de horno, dos tartas y las cuatro bandejas de bollería que hice el jueves. La vitrina vacía a la una menos cuarto de un sábado.

Hay que decir lo que eso significa, porque no es lo que parece: significa que he calculado mal, que he hecho poco, que he perdido las ventas de la tarde y que hay catorce personas que se han ido sin nada.

Lo apunto en la columna de la izquierda mientras Rosa limpia el mostrador.

3-X. Vendido todo a las 12:45. Hacer un 40 % más. Los sábados el pan a las 6 y otra hornada a las 10.

Cierro a la una y media.

Antes de eso, a la una y veinte, con el cartel de cerrado ya puesto y Rosa fregando, llega Leo con la última bandeja de la cámara vacía y la deja en el fregadero.

Y nos quedamos los tres.

—Se ha acabado todo —dice Rosa.

—A la una menos cuarto.

Leo mira la vitrina vacía y luego mira el reloj de pared, como si la cifra fuera a seguir estando ahí.

Rosa deja la bayeta.

—Manuel abrió una vez una nave en Fall River. En el noventa y uno. —Se coloca el delantal—. Y aquel día vinieron cuatro personas y se fue a casa y no habló en toda la noche.

Y sigue fregando.

Leo, detrás de mí, no dice absolutamente nada, y yo no me giro a mirarle porque hay cosas que no se pueden hacer un sábado a la una y veinte delante de una madre.

Y a las dos menos veinte llega mi hermana.

Aparca en doble fila el coche de la otra Priya, entra sin llamar, se para en medio de ochenta metros de azulejo blanco con la vitrina vacía y dice:

—Diablo.

—Julia.

—No, es que diablo, Alma. —Da una vuelta entera con las manos en la cabeza—. Esto es una tienda.

—Es una tienda.

—Esto es una tienda de verdad. Con luces. Y con un mostrador. Y hay un cartel fuera con tu apellido.

—Es el tuyo también.

—Ya lo sé cuál es mi apellido.

Y se echa a llorar en mitad de mi negocio, de pie, con las llaves todavía en la mano, y a mí me da tiempo a pensar que llevo esperando esto desde marzo antes de ponerme yo.

Julia se queda hasta las siete.

Come lo que ha sobrado, que no ha sobrado nada, o sea que come un pan de maíz partido con las manos encima del mostrador. Conoce a Bev. Conoce a Marcelo, que viene a las cuatro con las niñas y ya no trabaja conmigo pero viene igual.

Y a las cinco, en un momento en el que estamos solas en el fondo, dice:

—Le he visto.

—¿A quién?

—A Leo. Ha estado toda la mañana llevando bandejas.

—Ya.

—Alma.

—Dime.

—Ese hombre se va el lunes.

—Se va el lunes.

—¿Y?

Y yo me quedo con un cepillo en la mano delante de un horno de mil novecientos veintiuno.

—Y no lo sé —digo.

—Vale.

—Es que no lo sé, Julia. Se lo pedí hace diez días y no me contestó, y desde entonces no hemos vuelto a hablarlo, y hoy he abierto.

—Esa vaina no se queda así.

—Hoy sí.

Mi hermana me mira un rato.

—Vale —dice—. Hoy has abierto.

Se van todos a las siete y media.

Rosa la última, con el delantal doblado debajo del brazo, después de fregar un suelo que ya estaba fregado.

Me quedo sola en mi local por primera vez desde las cuatro menos veinte de la mañana.

Quince horas y diez minutos de pie.

Hago lo siguiente: apago la luz grande, dejo la del mostrador, me siento abajo con la espalda apoyada y saco la libreta.

Ventas del día: mil ciento ochenta y seis dólares con cuarenta.

Género: trescientos diez.

Y no apunto la leña, ni la luz, ni el agua, ni las quince horas, porque si las apunto hoy no me levanto de este suelo.

Y ya está. Eso es todo lo que apunto, porque no tengo fuerzas para más y porque la columna de la derecha, la de cuándo hay que pagar las cosas, hoy no la voy a mirar.

19:52.