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AHORA · octubre
El viernes dos de octubre entrego la obra.
Entregar una obra es una cosa que la gente se imagina como un apretón de manos y que en realidad es una carpeta.
La suya la he hecho yo en cuatro noches, en la mesa de Marsh, con una perforadora que compré para esto y que voy a dejar aquí.
La compré el lunes en la papelería de Front, de anillas, azul, de las de tres pulgadas, y la chica me preguntó si era para un trabajo del instituto.
Le dije que era para una entrega de obra.
Me dijo que qué es una entrega de obra.
Le dije que es cuando le das a una persona un edificio.
Se la doy a las siete de la tarde, con el local ya limpio y con las ciento veinte piezas del sábado ya en la cámara.
—¿Qué es esto?
—Ábrela.
Son ciento sesenta y una páginas en once separadores.
Abre por el uno y se queda ahí de pie.
Uno. Certificado de la instalación eléctrica, boletín, esquema del cuadro y qué protege cada magnetotérmico, escrito a mano, porque las etiquetas del fabricante no se entienden.
Pasa hojas. La fontanería con las tres llaves de corte señaladas y qué hay que cerrar en enero si hay hielo.
La trampa de grasas y cada cuánto se vacía.
La compuerta, con su ficha y su revisión anual, que se le olvida a todo el mundo el segundo año.
Los planos a tinta, acotados desde dos puntos fijos: eso no lo hace nadie y se agradece dentro de quince años, cuando hay que picar el suelo.
Las garantías. Los teléfonos, y al lado de cada uno, con mi letra, lo que hay que decirles para que vengan.
El mantenimiento, mes a mes, los doce meses del año.
Y en el cinco se para del todo.
Cinco. Cubierta. Las fotos del faldón abierto, de los cuatro pares nuevos, del zuncho y de las cinco hiladas, con fecha.
Hay una en la que se ve el cuarto par podrido con una cinta métrica al lado. Y otra en la que se ve el hueco del tejado con el cielo detrás, azul, a las once y veinte de la mañana.
—Esa la hice yo con tu móvil —dice—. El veinte de agosto.
—Ya lo sé qué día era.
Sigue. En el seis está lo del horno: lo que contó Duarte Almeida y lo que hemos medido nosotros, cuatro horas para subir y once para bajar, y la curva real de las siete pruebas de agosto en una tabla de siete columnas y cuarenta y una filas, apuntadas por ella en el cuaderno y pasadas a limpio por mí.
—Leo, esto son cuarenta y una filas.
—Cuarenta y dos. La primera es el encabezado.
Al final del todo:
Once. Vacío.
Eso es lo que hay dentro. Fuera, en el lomo, con rotulador y con mi letra, pone:
WATER STREET 14 — BAJO
Y debajo, más pequeño:
Obra 2026. A. Reyes.
Porque una obra se rotula con el nombre del que se queda, no con el del que la hace. Eso me lo enseñó mi padre el primer año y es de las pocas cosas suyas que he entendido a la primera.
—¿Y el once?
—Es para lo que se te ocurra a ti.
—¿Y si no se me ocurre nada?
—Se te va a ocurrir en enero. —Me apoyo en la cámara—.
En enero se te congela algo, o se te va la luz un domingo, o viene un tío del ayuntamiento a preguntarte una cosa que yo no he previsto.
Y entonces coges un folio y lo metes ahí.
Y dentro de diez años el once es el separador más gordo de la carpeta y los otros diez no los abre nadie.
Se queda mirando la hoja en blanco.
—Eso es lo que le pasó a Duarte —dice.
—Eso es lo que le pasa a todo el mundo.
Alma vuelve al principio y lo hace otra vez entero, despacio, como se lee una cosa que ya sabes que te va a doler.
Cuando llega al nueve, al de los teléfonos, se para en una línea que pone «Rui — decirle que vas de mi parte y que es lo del local del horno; no cobra desplazamiento».
Y ahí levanta la cabeza.
—Leo.
—Está todo.
—Ya veo que está todo.
—Es que quiero que esté todo. —Y me oigo y sigo igual—. Un edificio no se entrega con una llave. Se entrega con esto. Si esto no está, dentro de cuatro años tú tienes una humedad y no sabes por dónde viene y llamas a cualquiera y te pica el suelo bueno.
—Ya.
—Y con esto no.
Cierra la carpeta y la deja encima del mostrador con las dos manos.
—Gracias —dice.
Y no dice nada más, y yo prefiero eso a lo que fuera que iba a decir.
Después cargo la furgoneta.
La furgoneta ya no es mía, pero Vinnie me la deja hasta el lunes, que es una cosa decente que ha hecho un hombre que no es decente.
Y lo que cargo es esto: dos cajas de ropa, una de papeles, la de los libros que abrí en agosto, la de la cocina, la del baño y una caja de fruta con siete herramientas que no son de mi padre y que compré yo.
La cocina la hago en catorce minutos. Es lo que se tarda en recoger una cocina en la que solo funcionan la nevera y el hervidor.
El baño en seis.
La ropa en veinte, y en la ropa hay tres camisetas de trabajo que son de mi hermano, de las que se llevaba de mi casa y no devolvía, y que están en el segundo cajón desde enero porque nunca supe dónde ponerlas. Las meto.
Seis cajas y una bolsa.
Treinta y tres años.
La caja siete, la del cuarto de Dani, la que llevo desde agosto teniendo delante en el salón para tropezarme con ella, la subo la última y la pongo pegada a la cabina, donde no se mueve.
A las nueve y media pasa Marcelo.
Viene con las hijas en el coche, aparcado en doble fila, con el motor encendido.
—Toma.
Me da una cosa envuelta en un trapo.
Es un formón. Uno solo. Un veinticinco milímetros, viejo, con el mango de boj y la contera picada, que no es de mi padre y que no es de los Sorby y que vale ochenta dólares en un buen día.
—Marcelo.
—Era de mi suegro. Yo tengo dos.
—Marcelo, yo no…
—Tú no tienes ninguno. —Se sube al coche—. Y un tío que va a Wilmington a decirle a la gente cómo se hacen las cosas no puede llegar sin un formón.
Y arranca antes de que yo diga nada. Exactamente lo que yo habría hecho.
Me quedo en la acera con el trapo en la mano un rato.
Water Street a las nueve y media de un viernes de octubre: la ferretería cerrada, la luz del primero encendida, dos coches, y al fondo la fábrica de hielo con el andamio ya desmontado desde el martes.
Yo he trabajado en esta calle seis meses y medio. Antes de eso no había puesto un pie aquí en dieciséis años de oficio, porque en Water Street no hay casas de las que yo hago: hay bajos, y almacenes, y una fábrica muerta.
Y me voy el lunes.
Vuelvo dentro.
Ella está en el fondo, cargando el horno para la noche, con el cuaderno en el bolsillo del delantal.
—¿Era Marcelo?
—Era Marcelo.
—¿Y qué quería?
—Nada.
—¿Nada nada?
—Nada, Alma.
—Vale. —Cierra la boca del horno con el pie, que es una cosa que ha aprendido de mí y que hace fatal—. ¿Y mañana a qué hora vienes?
—¿A qué hora abres?
—A las siete. Pero el horno hay que cargarlo a las cuatro menos veinte.
—Ya lo sé a qué hora hay que cargar el horno, Alma. Lo he escrito yo en el separador seis.
—Pues eso.
—¿Y a qué hora empiezas?
—A las cuatro.
—Pues a las cuatro.
Me guardo el trapo con el formón dentro en el bolsillo de atrás, y me voy a barrer un suelo que está barrido, porque son las nueve y media del viernes y mañana esta mujer abre su negocio y yo tengo dos días.
Lo que no dije: que en el separador once, el vacío, había puesto una hoja y la quité el miércoles. Ponía una fecha y un número de teléfono que no es el mío, y era el del taller de Bill Nickerson en Providence, por si algún día quería recuperarlos y le sobraban tres mil cuatrocientos dólares.