Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 42
72%

42

AHORA · octubre

Llega al local a las siete y media con la corbata en la mano y una cara que no le he visto nunca.

—¿Ha ido mal?

—No.

—Leo.

—No ha ido mal. Ha ido en once minutos.

Deja la corbata encima del mostrador partido —una corbata, encima de mi mostrador— y se sienta en el suelo con la espalda contra él, que es donde nos sentamos, y se queda mirando el horno. Yo me siento enfrente.

Y espero.

—He comido con mi madre —dice.

—Ya lo sé. Comes con tu madre todos los jueves.

—Hoy no ha sido eso.

Y no lo cuenta entero. Este hombre no cuenta nada entero y yo llevo seis meses y medio aprendiendo a no tirarle de la lengua, porque si le tiras se cierra y si esperas, a veces, a los cuatro minutos, suelta una frase que vale por cuarenta. Tarda tres.

—Yo llevo once meses creyendo que mi madre pensaba que yo maté a mi hermano.

—…

—Y hoy me ha dicho que no. Que nunca. Ni un día.

—Leo, eso es bueno.

—No.

Ahí levanta la cabeza del horno y me mira por primera vez desde que ha entrado.

—Es que no me culpa de eso —dice—. Me culpa de una cosa más pequeña y mucho peor.

—…

—Ella aquel día me pidió una cosa. En un pasillo.

Y yo le contesté con un papel. Le expliqué durante cuatro minutos una cosa con la que ella ya estaba de acuerdo, con las manos, muy bien explicada, con la voz esa.

—Se mira las manos—. Y hoy me ha dicho que ella no quería que yo peleara con nadie. Que quería no estar sola diez minutos.

Se queda otra vez con el horno.

—Once meses, Alma. Once meses cargando con lo otro.

—Y no era verdad.

—No era verdad. —Se pasa la mano por la boca—. Y es peor.

—¿Por qué es peor?

—Porque lo otro no era verdad y esto sí.

Y luego me cuenta la última cosa, y ésta la dice mirando el suelo.

—Hay una nota de voz que no he abierto.

—¿Una nota?

—Del veintiséis de septiembre. Del año pasado. Me la mandó un viernes a las ocho y cuarto de la tarde y yo estaba cerrando en Bell Point y no la abrí ese día, y al día siguiente se me olvidó, y el ocho de octubre le atropellaron.

—Vale.

—Sigue en negrita.

—Vale.

—Cuarenta y un segundos. Eso lo sé porque lo pone debajo. Cuarenta y uno.

—Vale.

—Y llevo un año sabiendo que ahí dentro hay cuarenta y un segundos de mi hermano vivo que yo no he oído nunca, y que el día que le dé al botón se acaban.

—¿Se acaban?

—Se acaban. Ahora mismo esos cuarenta y un segundos están por oír. Cuando los oiga, ya estarán oídos, y no va a haber más. Trescientas treinta y nueve las he oído todas. Esa es la única que queda.

Ahí entiendo una cosa sobre este hombre que no había entendido en seis meses y medio.

—La he tenido delante muchas veces.

—¿Cuántas?

—No lo sé. —Y luego, porque este hombre no sabe mentir cuando ya ha empezado a decir la verdad—: Cuarenta o cincuenta. Y la última fue el martes en la furgoneta.

Y no dice nada más, y yo tampoco, y estamos así en el suelo de mi local a las ocho y veinte de la noche del uno de octubre.

Aquí está lo que me pasa a mí.

Que yo llevo seis meses y medio queriendo a un hombre a trozos.

A este hombre lo he querido a trozos y en el orden en que me lo iba dando: el del andamio, que sabía lo que aguanta un edificio; el que se quemaba el labio con el café en mi cafetería a las siete menos diez; el que se llevó la vajilla de la boda de su madre a un piso donde no come nunca.

Y ninguno de esos hombres era este.

Este es un hombre de treinta y tres años que se pone del lado que tiene razón para no tener que sentarse en la mesa mala.

Que decide por todo el mundo la dosis. Que hoy ha vendido la empresa de su padre en once minutos y ha ido a comer a casa de su madre y se ha comido un segundo plato para no decirle que no.

Y que lleva un año con un archivo de audio de cuarenta y un segundos que no se atreve a abrir.

Yo, sentada en el suelo de mi propio negocio, con la corbata de este hombre encima de mi mostrador, decido una cosa.

Decido que no quiero los trozos.

Lo decido con los ojos abiertos. Eso hay que decirlo aquí.

No es que me dé igual. Es que llevo treinta y un años queriendo a la gente por lo bueno y aguantando lo otro en silencio, con mi madre, con mi padre cuando aparecía, con mi hermana, y esta noche, en el suelo de mi local, me doy cuenta de que eso no es querer a nadie: eso es administrar.

A este hombre le he visto la avería entera y sigue aquí sentado.

Yo le quiero con la avería puesta, que es distinto, y es la primera vez que lo hago en mi vida.

—Ven —digo.

Hay dos mantas de mudanza de Bev, dobladas al lado del horno desde agosto, que ya no van a servir para mudar nada.

Hay un local con las cortinas del escaparate echadas y la licencia pegada junto a la puerta.

Y hay un suelo de hormigón fratasado que en octubre, a las nueve de la noche, todavía está tibio por abajo, porque un horno de mil novecientos veintiuno tarda once horas en bajar y lleva ocho.

Le quito la camisa yo. Tarda, porque le tiemblan las manos a él y no a mí, y eso también es nuevo.

Tiene el cuerpo de un hombre que ha subido peso por una escalera durante dieciséis años: el hombro derecho más alto que el izquierdo, una cicatriz vieja debajo de la clavícula que no me ha contado nunca, los antebrazos de un color y el resto de otro.

Y en las manos, la piedra: la palma dura hasta la mitad y blanda después, como el borde de una hogaza que se ha enfriado mal.

Yo tengo las manos de otra cosa. Tengo las yemas quemadas de bandeja y no siento el calor por debajo de sesenta grados, y a él eso le pasa por la espalda y no dice nada y se le cierran los ojos.

Le miro la cara todo el rato. Esto es lo que no había hecho nunca con nadie.

Y voy despacio a propósito, porque llevo seis meses y medio con este hombre midiendo lo que le doy y lo que me guardo, y esta noche no mido. Le busco lo que le gusta como se busca un punto de fermentación: apretando con dos dedos y esperando, sin prisa, hasta que la cosa devuelve. Devuelve.

Y en algún momento, cuando ya no puedo con nada, digo su nombre entero, el que le puso su padre.

Y él se para.

Se para del todo, con la frente en mi hombro. Tarda cuatro o cinco segundos en volver. Y cuando vuelve, viene de otro sitio: más despacio y con la mano abierta en mi cara, y a partir de ahí ya no es él haciéndome algo a mí, sino los dos en el mismo sitio. Eso yo lo había leído y no me lo creía.

Termino con la boca en su cuello y con las dos rodillas temblando, y no digo ninguna tontería.

Eso es lo difícil. Lo otro no.

Después nos quedamos encima de las mantas de Bev, sin decir nada.

Yo llevo seis meses y medio matando cada cosa bonita que digo con una tontería dicha medio segundo después. Es lo que hago desde los doce años y lo hago bien. Esta noche no lo hago, y me cuesta más que todo lo anterior.

Las otras veces, al final, alguno de los dos preguntaba algo. Esta vez ninguno de los dos pregunta nada, y no es porque no haya qué preguntar: es porque ya está preguntado.

Él tiene un brazo debajo de mi cuello. Yo tengo la mano izquierda en su esternón, abierta, sin ninguna intención, notando lo que se nota cuando pones la mano ahí. Una cosa que hago desde hace once meses con todo el mundo sin darme cuenta y que hoy hago a propósito y sin ningún miedo.

A las once menos veinte se duerme.

Se duerme de golpe, como se duerme él, boca arriba, con una mano encima del esternón y la otra colgando fuera de la manta.

Yo no.

Yo me quedo despierta hasta las doce y media, tapada con una manta de mudanza, mirando el techo de mi negocio y haciendo una lista de lo que hay que hacer el sábado.

Y en toda la lista —veintitrés cosas— no hay ni una sola que no sepa hacer.

00:31.