Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 40
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Aquella noche bajé decidida.

Lo había decidido a las nueve de la mañana, en el obrador, en mitad de una tanda, con las manos en la masa y sin ningún motivo especial: que esa noche se lo contaba.

Once noches son once noches. Y llevábamos dos, desde lo del pasillo, sin norma que valiera nada, y los dos habíamos empezado una frase y los dos la habíamos dejado a la mitad, y yo tenía treinta años y estaba muy cansada de administrar información.

Y también porque el martes había hecho una cuenta.

La hice sin querer, fregando el suelo de casa a las once de la mañana, que es lo que hago cuando no puedo dormir: que si mi hermana salía de esta, y salía con lo que hay que salir, íbamos a estar seis semanas ingresadas más, y luego tres meses de biopsias cada dos semanas, y que en todo ese tiempo yo iba a necesitar una hora al día en la que no fuera la hermana de nadie.

Y que esa hora, a día de hoy, existía, y era a las tres y cuarenta, y estaba montada sobre una mentira por omisión que yo había fabricado y que ya no me cabía.

Bajé a las tres y cuarenta con dos cosas.

Él ya estaba, con los dos vasos, y con una cara que yo conocía porque era la mía.

—Tengo que contarte una cosa —dijimos.

Los dos.

A la vez.

Nos reímos.

Fue una risa mala, de las que salen cuando no hay más remedio, y duró tres segundos, y luego él dijo:

—Tú primero.

—No.

—Alma.

—Que no, que llevo desde las nueve de la mañana y si empiezo yo me da un no sé qué. Empieza tú.

—Vale.

Y cogió aire.

—Mi hermano se llama Daniel Ferreira. Dani. Tiene veintidós años. El ocho de octubre, a las once y veinte de la noche, volvía en bici de mi casa y un coche se saltó un semáforo en Bridge con Cutler.

Yo no dije nada.

—Está en la segunda, en la unidad. Traumatismo craneal grave. Le operaron esa noche y le quitaron un trozo de cráneo para que el cerebro tuviera sitio, y eso es lo que hay. Lleva once días.

—Vale.

—Y el lunes nos sentaron en una sala con una mesa redonda y nos dijeron que la presión no baja y que no hay nada más que hacer y que hay que empezar a hablar de otra cosa.

Y ahí paró.

—Sigue —dije.

—Y le dieron un folleto a mi madre.

—Vale.

—Y ya está. Ya está todo. Eso es lo que no te he contado en once días.

—¿Y tu madre?

—Mi madre no ha cogido el folleto.

—Ya.

—Mi madre lleva once días diciendo que hoy tiene mejor color.

Todos los días. Entra, le mira la cara y dice que hoy tiene mejor color.

—Se pasa la mano por la boca—. Y a mí eso me está matando de una manera que no puedo explicar, porque no es mentira.

Hay días que tiene mejor color. Es que el color no es la cosa.

—Ya.

—Y yo no se lo puedo decir.

—No.

—¿Verdad que no?

—No, Leo. No se lo puedes decir.

Y él soltó el aire como si llevara once días esperando que alguien le contestara eso.

Me tocaba a mí.

—Mi hermana se llama Julia Reyes. Tiene veintitrés años. Miocardiopatía dilatada desde los veintiuno, después de un virus.

—Vale.

—Lleva catorce meses con un aparato conectado a un cable que le sale por debajo de las costillas, y ese cable va a una bolsa que lleva colgada, y eso es lo que la mantiene. Y lleva once meses entrando y saliendo de este edificio y en esta van cinco semanas.

—¿Y qué esperáis?

Lo dijo así, sin ninguna carga, porque era la pregunta que se hace.

—Un corazón —dije.

Y aquí es donde tengo que escribir una cosa que no le he dicho a nadie en mi vida y que no pienso decir nunca.

Durante medio segundo lo pensé.

Medio segundo. Menos. Lo que tarda una cosa en pasarte por la cabeza sin que la llames: un chico de veintidós años, once días, presión que no baja, una mesa redonda, un folleto.

Y mi hermana en la cuarta planta con un cable saliéndole del costado. Medio segundo.

Y después lo que vino fue una cosa física, en el estómago y en la garganta, tan rápida y tan grande que tuve que apoyar las dos manos en la mesa y mirar el vaso.

Porque eso lo había pensado yo. Nadie más. Yo. Con mi cabeza, delante de un hombre que me estaba contando que se le muere el hermano.

—¿Estás bien? —dijo.

—Sí.

—Alma, te has puesto…

—Estoy bien. Es que llevo desde las tres y media de la mañana de ayer despierta.

Me creyó.

Esa es la primera cosa verdaderamente sucia que he hecho en mi vida.

—¿Y cuánta gente hay delante? —dijo.

—Eso no funciona así. No hay una fila.

—¿Y cómo funciona?

—Funciona por lo malo que estés, y por el tamaño, y por el grupo sanguíneo, y por la distancia. Y por cuánto llevas.

—O sea que hay una fila.

—Hay una fila que se recoloca cada día.

—Ya. —Se quedó un momento—. ¿Y ella dónde está en esa fila?

—Arriba.

—¿Mucho?

—Bastante. —Y me oí decirlo, y me oí decirlo con orgullo, que es la cosa más monstruosa que hay—. Desde el sangrado del jueves pasado, bastante.

Estuvimos hablando hasta las cinco y veinte.

Y fue, y esto es lo raro, una conversación buena.

Le conté lo de la alarma del aparato, que suena distinta según lo que pase, y que yo la distingo dormida. Me contó lo del ruido del respirador, que tiene un tono cuando el paciente va con la máquina y otro cuando la máquina va sola.

Le conté que a Julia le da rabia que yo sepa sus números de memoria.

Me contó que a él lo que le pone malo no es la unidad, es el pasillo de fuera, porque en la unidad hay gente trabajando y en el pasillo no hay nada.

Le conté que mi madre murió en el tercero de este mismo edificio hace diez años y que yo llevo once meses subiendo y bajando por delante de esa planta y no había podido decírselo a nadie. Y él me dijo:

—¿Y por eso coges siempre el ascensor B?

Yo dije que sí, y me eché a llorar en una cafetería a las cinco menos veinte de la mañana, y él no me tocó y no me dijo nada, y me dejó llorar cuatro minutos delante de dos vasos de plástico.

A las cinco menos diez él dijo:

—Yo mañana no sé si voy a poder bajar.

—Vale.

—No es por nada. Es que igual hay cosas.

—Leo, no me tienes que dar explicaciones para no bajar a una cafetería.

—Ya lo sé.

—Baja si puedes. Y si no, no.

—Vale. —Dio la vuelta al vaso—. Y si un día tú no bajas yo tampoco me voy a pensar nada raro.

—Vale.

—Es que quiero que eso esté dicho.

—Está dicho.

Y se quedó mirando el vaso, y yo pensé que a esa mesa le faltaban dos frases y que ninguno de los dos las iba a decir esa noche, y que no pasaba nada, porque teníamos las noches que hicieran falta.

A las cinco y veinte subimos los dos juntos.

Cogimos el ascensor B, que es el que tiene espejo, y no dijimos nada en cuatro pisos porque en un ascensor con espejo no se dice nada.

Él se bajó en la segunda.

Yo seguí hasta la cuarta.

En la puerta, antes de que se cerrara, puso la mano en la goma para pararla.

—Alma.

—Qué.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por lo de antes. Por lo de que no se lo puedo decir a mi madre.

—Yo no he hecho nada.

—Has dicho que no. —Sacó la mano—. Llevo once días preguntándoselo a gente que me contesta que haga lo que sienta.

Y las puertas se cerraron con él dentro, y yo subí dos pisos más sola, y a las cinco y veinticinco entré en la cuatro doce y mi hermana estaba despierta.

—¿Dónde estabas?

—Abajo.

—Ya.

No dije nada más, porque tenía las dos frases que faltaban dentro de la boca y ninguna de las dos era para ella.