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AHORA · septiembre
El sábado veintiséis de septiembre, a las nueve de la mañana, Water Street se llena de gente.
Montan doce casetas entre la ferretería y el muelle. Viene un grupo de música que toca tres veces. Baja gente de Fall River y de New Bedford y hasta un autocar de una residencia de Taunton, y el de la ferretería vende en un día lo que vende en tres semanas.
Y mi local está cerrado, con las cortinas del escaparate echadas, y en la puerta hay un papel escrito a mano por mí a las siete de la mañana que pone:
AbrIMOS EL SÁBADO 3 DE OCTUbrE
Pan, bollería y tartas por encargo · Horno de 1921
Las ciento veinte piezas se las doy a la caseta de la asociación de todas formas.
Las he horneado en Fiore’s a las cuatro y media de la mañana con permiso de Denise y con la etiqueta de Fiore’s, porque legalmente no puedo poner la mía, y las he llevado en dos cajas en el maletero.
A las once de la mañana estoy detrás de la caseta de la asociación de comerciantes de Water Street, vendiendo bollos de otra panadería, con un delantal prestado.
Es un día raro y bueno.
Bev me presenta a catorce personas. Duarte Almeida viene a las doce con su sobrina y me compra dos piezas y me dice que le sabe mal que no haya abierto y que su padre tuvo la licencia parada cuatro meses en el sesenta y ocho por una cosa de una chimenea.
La madre del chico de la gasolinera me pregunta por el pan de maíz y le digo que el tres.
Y a las cuatro de la tarde, cuando ya está todo vendido, el de la ferretería se acerca con dos cafés, me da uno y dice:
—El año que viene te pones aquí, en esta esquina, que es la mejor.
Y eso, con dos cafés en un vaso de plástico y una calle llena de gente, es lo más caro que le ha dicho nadie a mi negocio.
El domingo veintisiete hago las cuentas.
Ocho días de retraso son: doscientos cuarenta de alquiler, ciento treinta de género que se ha ido a una caseta que no es mía, y una semana más de turno en Fiore’s, que en realidad es dinero a favor y que anoto en la columna que no es.
Y dos mil seiscientos ochenta de compuerta, instalación y certificado.
Dos mil seiscientos ochenta.
Yo tengo, a día de hoy, cuatrocientos once dólares y el finiquito de vacaciones de Fiore’s cobrado y gastado en agosto.
Cojo el móvil para llamar a Leo y decírselo.
No lo cojo, porque a las nueve y veinte de un domingo por la mañana este hombre está en el primero de encima de la ferretería montándole a su madre una estantería, y porque llevo desde el viernes sabiendo que hay una conversación que hay que tener y que la va a tener que empezar él o la voy a tener que empezar yo, y todavía no sé cuál de las dos cosas prefiero.
La compuerta llega el martes veintinueve a las siete y media de la mañana.
Yo estoy en Fiore’s. Cuando llego a las diez, está puesta.
Puesta, sellada, con el registro hecho, con la placa de características a la vista y con la etiqueta del fabricante todavía pegada en un lado.
Marcelo está subido a la escalera terminando el remate y Leo está en el suelo rellenando un papel apoyado en el mostrador.
—¿Ya está?
—Ya está.
—Leo, esto tardaba diez días.
—Había una en Attleboro.
—¿Había una en Attleboro?
—Iba para otra obra y se cayó.
Y sigue rellenando el papel.
Aquí está la primera vez.
Son las diez y cuatro de un martes y yo estoy de pie a dos metros de un hombre que rellena un impreso, y tengo la pregunta hecha entera y me cabe en cinco palabras.
¿Y esto quién lo paga?
Cinco palabras.
Yo llevo desde marzo apuntando cada dólar de esta obra en una libreta de dos columnas que me enseñó a hacer él. Yo sé lo que cuesta un metro de conducto, un saco de mortero de cal y una hora de Marcelo. Yo tengo la hoja del andamio de Kearny doblada en cuatro dentro de esa libreta.
Y sé perfectamente que una compuerta cortafuegos de mil doscientos ochenta dólares no aparece un martes por la mañana en un local cuya titular tiene cuatrocientos once dólares en el banco.
—Voy a por el termómetro —digo.
Me voy al fondo.
La segunda vez es el miércoles treinta a las once y media, cuando se va Roberta Vance con el acta firmada y limpia.
Nos quedamos los tres —Leo, Marcelo y yo— y Marcelo dice «bueno» y se va a la furgoneta a por algo, y Leo se queda con el acta en la mano mirándola como si fuera una cosa que se puede romper.
—Enséñame la factura —digo.
—¿Qué factura?
—La de la compuerta.
—Está con las otras.
—No está con las otras. He mirado la carpeta esta mañana.
—Pues la tendré yo en la furgoneta.
Me mira.
Y en ese medio segundo pasa una cosa entre los dos que no se puede describir sin mentir, y es que él sabe que yo sé que esa factura no existe en ninguna carpeta y en ninguna furgoneta.
—Vale —digo—. Tráemela cuando puedas.
—Te la traigo.
—Vale.
Y me doy la vuelta y me voy al horno a cargar leña que no hace falta cargar.
Y aquí está lo que hago yo, y lo escribo entero porque si no lo escribo entero luego me lo voy a contar de otra manera. Yo no pregunto.
No pregunto el martes y no pregunto el miércoles y no pregunto el jueves uno de octubre, que es el día que él firma la venta de su empresa a Vinnie Cordeiro y viene a las siete de la tarde a montarme las baldas de la cámara con la corbata todavía en el asiento del coche.
No pregunto porque tengo miedo.
Y el miedo es este, y es muy concreto y no es noble: que si pregunto, me lo va a decir.
Y si me lo dice, yo voy a tener que devolvérselo.
Y si se lo devuelvo, no hay compuerta, y si no hay compuerta no hay licencia, y si no hay licencia no abro el tres de octubre, y si no abro el tres de octubre no abro hasta enero, y en enero en esta calle no hay nadie.
Hay otra cosa debajo, más pequeña y más fea.
Que si le pregunto de dónde ha salido ese dinero, esta cosa que estamos teniendo se convierte en otra cosa. Y a mí me quedan cuatro días.
El viernes dos de octubre a las once y veinte de la mañana el condado emite la licencia de actividad.
Me la mandan por correo electrónico y la imprimo en la biblioteca, y la chica que me ayudó en abril con el contrato me la da caliente de la impresora y me dice enhorabuena.
Vuelvo al local andando por Water Street con un folio en la mano.
En el escaparate, detrás del cristal, está el papel escrito a mano del sábado pasado, el que pone AbrIMOS EL SÁBADO 3 DE OCTUbrE, y ahora ya es verdad.
Lo quito. Pego la licencia en su sitio: al lado de la puerta y a la altura de los ojos, porque eso también lo dice la ordenanza.
Y luego me quedo en la acera un rato mirando mi propio escaparate desde fuera, que es una cosa que no había hecho nunca.
Leo llega a las seis.
Trae dos cajas de servilletas, un rollo de papel de horno industrial y una caja de fruta con doce servicios de vajilla envueltos en papel de periódico.
—¿Y eso?
—Es para el fondo. Para la mesa de atrás. Para cuando venga gente.
—Leo, eso es la vajilla de la boda de tu madre.
—Ya lo sé lo que es.
La deja en el suelo y se va a por el destornillador.
—Son doce servicios —digo.
—Ya.
—Leo, son doce servicios de mil novecientos ochenta y cuatro.
—Es del ochenta y tres. —Vuelve con el destornillador—. Y en un armario de Marsh no los usa nadie.
Y yo no le pregunto por qué me está dejando aquí la vajilla de la boda de su madre tres días antes de irse a mil doscientos kilómetros. Esa es la tercera vez.
18:47.