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AHORA · septiembre
La inspectora del condado se llama Roberta Vance, tiene una carpeta con pinza y llega el viernes veinticinco a las nueve y diez de la mañana, veinte minutos antes de la hora.
Eso ya me dice el tipo de mañana que va a ser.
—¿Es usted la titular?
—Soy yo —dice Alma.
—¿Y usted?
—El contratista.
—Vale. Vamos por partes.
Y empieza por el fregadero, por donde empiezan siempre, y a partir de ahí tarda cincuenta minutos en pasar de la puerta al fondo.
Lo que sale bien sale bien.
El cuadro eléctrico, con su certificado y su boletín, sellado por Rui.
La instalación de agua fría y caliente. La trampa de grasas, que está donde tiene que estar, con la arqueta registrable y la tapa a la vista.
El suelo. La ventilación cruzada. Los extintores, que compró ella en agosto y que llevan la revisión al día porque esta mujer no ha dejado de revisar nada en su vida.
Roberta Vance va marcando casillas y diciendo «bien» con un tono que no significa absolutamente nada.
A las diez menos cinco llega al conducto del extractor. Y se para.
—¿Esto cruza el muro medianero?
—Sí.
—¿Y detrás qué hay?
—La ferretería —digo—. Almacén.
—¿Y el elemento cortafuegos?
Silencio.
—El conducto es de acero de doble pared con aislante certificado —digo—. Está la ficha técnica en la carpeta.
—Ya. Le estoy preguntando por la compuerta.
Ahí, de pie en el fondo de un local que llevo cinco meses haciendo, con una linterna en la mano, me doy cuenta de que esta mujer tiene razón y de que yo no la tengo.
Lo explico como se lo explicó ella a Alma, que es mejor que como se lo explicaría yo.
Que un conducto de extracción que atraviesa un muro medianero entre dos actividades distintas tiene que llevar una compuerta cortafuegos, que es una pieza que cierra sola si sube la temperatura. Que eso no es una recomendación. Que está en la ordenanza desde el veintiuno.
Que en una cocina doméstica no hace falta.
Que en una actividad con horno de leña sí.
—¿Y eso cuánto es? —dice Alma.
—El aparato, mil doscientos —dice Roberta Vance—. Y la instalación, que se la diga él.
—Otros mil —digo.
—Y el certificado del instalador, que son cuatrocientos más.
Dos mil seiscientos.
—¿Y cuándo puedo abrir? —dice Alma.
Y aquí es donde se le acaba el día.
—Yo vuelvo cuando esté puesto y certificado —dice la inspectora—. Y yo tengo agenda hasta el treinta.
—¿El treinta?
—El treinta a las once. Es lo primero que tengo.
—¿Y la licencia?
—La licencia la firma el condado en cuarenta y ocho horas si el acta sale limpia. O sea que si yo vengo el treinta y está bien, usted tiene papel el dos.
—El dos es viernes.
—El dos es viernes.
Alma se queda con el cuaderno en la mano.
—Yo abría mañana —dice.
—Ya lo sé, hija. Lo pone en el expediente. —Y Roberta Vance dice lo único humano que dice en toda la mañana, y lo dice sin levantar la vista de la carpeta—. Y lo siento. Pero si le firmo esto y en marzo hay fuego, quien tiene un problema no soy yo.
Se va a las diez y veinte.
Y nos quedamos los dos de pie en ochenta metros de azulejo blanco con un local terminado.
Está terminado. Ese es el asunto. Está el suelo, está el horno, está la vitrina, está el rótulo puesto desde el martes, están las cortinas del escaparate y hay ciento veinte piezas de masa congelada esperando en la cámara para la caseta de la asociación de mañana. Y no se puede abrir.
—El mercado de otoño es mañana —dice.
—Ya.
—Baja gente de fuera. Es el mejor día del año para abrir en esta calle. Me lo dijo Bev en marzo y por eso puse esa fecha en tu contrato.
—Alma.
—Y ahora abro el tres de octubre, un sábado cualquiera de octubre, con la calle vacía y con este pueblo ya en invierno.
Se sienta en el suelo, con la espalda contra el mostrador partido, y hace lo que hace ella, que es empezar a decir números en voz alta.
Y los números son estos: dos mil seiscientos que no tiene, ocho días de alquiler que se pagan igual, ciento treinta dólares de género que hay que tirar o regalar, y una semana más de turno de obrador que ya tenía contada como último.
Cuando termina, levanta la cabeza.
—¿Se puede pedir prórroga?
—No.
—¿Se puede poner otra cosa que no sea esa compuerta?
—No.
—¿Y si abro sin el horno? Solo vitrina, solo cosas hechas en Fiore’s.
Y esa es la primera vez en cinco meses que le oigo a esta mujer proponer una cosa que sabe que está mal.
—Alma.
—Ya lo sé. Era por decirlo en voz alta.
Se va a las once a Fiore’s a avisar de que necesita una semana más.
Yo me quedo solo en el local.
Hago lo siguiente, en este orden, en cincuenta y cinco minutos.
Llamo al de la compuerta. Está en Warwick. La pieza no la tiene, la pide, y tarda diez días laborables.
Le digo que la necesito el lunes.
Me dice que no.
Le digo que llevo comprándole material desde el dos mil quince, que le he mandado cuatro obras y que le voy a mandar cero a partir de octubre porque me voy, y que esta es la última cosa que le voy a pedir en mi vida.
Me dice que hay una en un almacén de Attleboro que iba para otro sitio y que a ver qué puede hacer.
A las doce menos veinte me llama y me dice que el martes.
Le digo que vale, y le digo el número de tarjeta por teléfono, y son mil doscientos ochenta con el porte.
Después llamo a Bill Nickerson.
Bill Nickerson tiene una tienda en Providence que se llama Nickerson & Son, aunque el hijo se dedica a otra cosa, y compra y restaura herramienta antigua de carpintería. Lleva desde el dos mil diecisiete preguntándome por los formones.
Me pregunta por los formones cada vez que me ve, que son dos o tres veces al año, y siempre igual: «¿Y esos Sorby de tu padre?». Y yo siempre le contesto lo mismo, que son de mi padre.
Le llamo a las doce y cuarto.
—Bill.
—Leo Ferreira.
—Los formones.
Se hace un silencio al otro lado de tres segundos, porque este hombre lleva ocho años preguntando y sabe perfectamente lo que significa que llame yo.
—¿Los ocho?
—Los ocho. Y la caja.
—¿La caja también?
—La caja también.
Otro silencio.
—Leo, la caja tiene el nombre grabado.
—Ya lo sé, Bill. Estaba yo delante cuando lo grabó.
Vienen a por ellos el sábado por la mañana.
Los afilo el viernes por la noche, los ocho, uno por uno, en la piedra de agua, en la mesa de la cocina de Marsh, con la caja abierta delante.
Los afilo porque no se vende herramienta sin filo. Eso es lo que me digo mientras lo hago y es verdad, y es también una manera de estar dos horas y media con las manos ocupadas.
El del veinticinco milímetros tiene una mella de hace catorce años que le hice yo a los diecinueve, sacando una tabla con el formón porque no tenía la pata de cabra a mano. Mi padre lo vio, lo cogió, lo miró a contraluz y lo dejó otra vez en la caja sin decir nada.
Eso fue peor que si me hubiera dicho algo.
Esa mella sigue ahí. La he afilado alrededor durante catorce años y no se puede quitar sin comerse tres milímetros de acero, y no se los voy a comer yo.
Bill paga tres mil cuatrocientos. Es un precio justo y los dos lo sabemos.
Y esa misma tarde llamo a Vinnie Cordeiro, el que me compra la empresa —el nombre, la cartera, la furgoneta y a Marcelo, si Marcelo quiere—, y le digo que acepto los treinta y ocho en vez de los cuarenta y dos si firmamos el jueves uno en vez de a mediados de octubre.
Vinnie dice que sí en once segundos.
Cuatro mil dólares por dos semanas.
Con eso: mil doscientos ochenta de compuerta, mil de instalación —que la hago yo y no la cobro, pero el material sí—, cuatrocientos de certificado.
Lo que sobra va donde tiene que ir, que es a la cuenta de la que salió el sobrecoste del tejado.
Nadie va a preguntar de dónde ha salido nada, porque nadie sabe que falta nada, porque el número que hay escrito en la hoja que tiene ella en su libreta es ocho mil novecientos.
Lo que no dije: que cuando Bill Nickerson metió la caja en su furgoneta el sábado a las nueve y media, le dio la vuelta para leer la tapa.
Y que leyó «M. FERREIRA» en voz alta, despacio, como se lee el nombre de alguien a quien conociste.
Y que yo le dije que se diera prisa porque tenía que estar en Water Street a las diez.