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AHORA · septiembre
El miércoles veintitrés hacemos el último viaje de la casa de Chestnut a las once y veinte de la noche.
Somos cuatro: Leo, Marcelo, Bev con el Buick y yo. Tony no, porque tiene un examen. Rosa tampoco, porque a las nueve Leo la ha llevado al primero de encima de la ferretería con dos maletas y una lámpara, y ella ha dicho que se quedaba a hacer la cama.
Y hemos vaciado esa casa en tres días.
Setenta y una cajas. Un sofá que se ha llevado el vecino de enfrente. Una lavadora que no se ha llevado nadie. Cuatro bolsas de ropa a la parroquia, dos contenedores enteros y una vajilla de boda que ya estaba en Marsh desde julio.
Una habitación que hemos hecho el domingo, entre él y yo, en cuatro horas, y de la que no voy a escribir nada porque no me toca.
A las once y veinte queda la última carga.
Marcelo y Bev se van a las once y media, y nos quedamos Leo y yo en el porche de una casa vacía con la puerta abierta y la luz del recibidor encendida.
Él no entra.
Se queda apoyado en la barandilla del porche mirando hacia dentro, y lleva así cuatro o cinco minutos, y yo estoy sentada en el primer escalón sin decir nada.
—Mañana a las once —dice.
—Mañana a las once.
—Hay que quitar la bombilla del recibidor.
—Leo.
—Es que la puse yo en el dieciséis y es de las buenas.
—Deja la bombilla.
—Ya.
Y no se mueve.
En esos tres días yo he estado en esa casa nueve horas.
He envuelto en papel de periódico ciento y pico platos, vasos y figuras. He bajado dos veces al contenedor de Chestnut con bolsas que pesaban lo que no está escrito. He hecho de comer para cuatro personas dos días seguidos en una cocina que se estaba desmontando alrededor.
El domingo por la tarde, cuando quedaba el cuarto de él, Rosa se puso el abrigo y se fue a dar un paseo de dos horas por la punta.
Cuando volvió, la habitación estaba hecha y las cajas etiquetadas, y ella miró las cajas desde la puerta, y contó, y dijo:
—Nueve.
—Nueve.
—Vale.
Se fue a la cocina a poner agua.
Yo llevo tres días con una cosa en la boca.
Tres días, desde el lunes por la noche, cuando me contó lo de la firma y lo del piso de Bev y lo de su madre, y yo estuve toda esa noche despierta encima de una esterilla en un almacén de dos por tres, calculando.
Porque eso es lo que hago yo. Yo calculo.
Y calculé lo siguiente: que si él se queda, la casa se vende igual, porque la casa se vende el jueves y la casa levanta la hipoteca de su madre, y la empresa se vende el uno y la empresa paga el hospital, y ninguna de las dos cosas depende de que él se vaya.
Que su madre ya tiene piso. Que la deuda del hospital se paga con la venta y no con Wilmington.
Que Wilmington son cuatro mil quinientos al mes y aquí son dos mil doscientos de media, y que la diferencia son dos mil trescientos, y que en once meses eso son veinticinco mil, y que veinticinco mil es exactamente una rodilla y dos años de colchón.
Tenía el papel hecho. Lo tuve hecho el martes a las cuatro de la mañana, en la libreta, en la columna de la izquierda.
Y esta tarde lo he roto.
Lo he roto porque a las seis de la tarde me he oído a mí misma pensando cómo se lo iba a presentar para que no pudiera decir que no.
—Leo.
—Dime.
—Quédate.
Se hace un silencio en ese porche que no se parece a ningún otro silencio de este año.
Él sigue de espaldas, con las dos manos en la barandilla.
—Alma…
—No, espera. Déjame decirlo bien, que llevo tres días.
Me levanto del escalón.
—No te voy a decir que te quedes por tu madre, porque tu madre ya tiene piso y no me corresponde.
No te voy a decir que te quedes por el local, porque el local está terminado y me lo has terminado tú.
No te voy a decir que aquí ganarías lo mismo, porque no es verdad, y lo sé porque he hecho los números, y los he roto esta tarde.
—Alma.
—Y no te voy a decir que si te vas se acaba, porque no lo sé y no pienso amenazarte con una cosa que no sé.
Cojo aire.
—Te lo estoy pidiendo yo. Para mí. Sin nada.
Ahí está lo que no había hecho nunca.
Yo he pedido cosas en mi vida. He pedido plazos, he pedido informes, he pedido citas, he pedido presupuestos y he pedido un préstamo al veintiuno coma cuatro. He pedido por mi hermana con una insistencia que le da vergüenza a ella y no a mí.
Pero yo no he pedido nunca nada para mí a nadie, porque para pedir hay que estar dispuesta a que te digan que no, y yo llevo treinta y un años arreglándomelas para que nadie tenga la ocasión.
Se llama pedir. Se dice en dos palabras. Yo la primera vez que lo hago tengo treinta y un años y estoy en el porche de una casa que se vende mañana.
—Quédate —digo otra vez—. Ya está. Eso es todo lo que tengo.
Leo se da la vuelta.
Y me mira desde el otro lado de un porche de tres metros, con la luz del recibidor detrás, y yo le veo la cara entera.
Lo que le pasa por la cara en esos cuatro segundos es una cosa que no me esperaba, y que no es duda, y que no es pena. Es miedo.
—Alma —dice.
—Dime.
Y abre la boca.
Y no dice nada.
Y en esos cuatro segundos yo aprendo una cosa sobre este hombre que no sabía.
Que a Leo Ferreira no le da miedo irse.
Le da miedo que le pidan que se quede. Porque si se lo piden, tiene que decidir, y él lleva once meses organizándose la vida entera —la venta, la casa, el trabajo en Wilmington, la lista de mi obra, el orden de los tajos, la hipoteca de su madre— de manera que ninguna de las decisiones importantes fuera una decisión suya.
Y yo acabo de convertirlo todo en una.
Estamos así once segundos. Los cuento.
Después él baja los ojos, se separa de la barandilla y dice:
—Hay que cerrar el agua.
Y entra en la casa.
Cierra el agua. Cierra el gas. Baja el diferencial. Comprueba las tres ventanas de arriba y la del baño.
Y sale con la bombilla del recibidor en la mano, la de las buenas, la del dieciséis, envuelta en un trapo.
—Vamos —dice.
Y me lleva al local, y son once minutos de coche, y en esos once minutos hablamos del rótulo, del certificado del extractor y de si el sábado va a llover. Me deja en la puerta.
—Mañana a las once —dice.
—Mañana a las once.
—Y trae el termómetro, que quiero ver la curva antes del sábado.
—Leo.
—Es que hay que verla.
—Vale.
Y arranca.
Entro. Enciendo el fluorescente, que tarda cuatro segundos en decidirse, y luego lo apago y enciendo la luz nueva, la de verdad, la que pusimos el jueves pasado y que todavía me sorprende.
Ochenta metros de azulejo blanco. Un horno de mil novecientos veintiuno con la fecha a la vista debajo de la rodilla. Un techo cerrado con cuarenta y nueve tornillos.
Una mujer de pie en medio con las llaves en la mano.
No lloro. Eso también hay que decirlo.
Lo que hago es ir al fondo, sacar el cuaderno del horno, apuntar la temperatura de bóveda de las once y cuarenta —cuarenta y un grados, lo que tiene que marcar dos días después de la última carga—, cerrar el cuaderno y dejarlo donde va.
Luego me siento abajo, en el suelo, y me quedo así hasta que se me duerme la pierna.
No me ha dicho que no.
Esa es la única cosa que tengo, y es de las peores que hay, porque una mujer que ha pedido una vez en treinta y un años puede aguantar un no.
Lo que no sé aguantar es lo otro.
00:14.