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AHORA · septiembre
El lunes veintiuno a las diez y cuarto de la mañana me llama la gestoría.
Estoy en la fábrica de hielo, en el segundo forjado, con el móvil en el bolsillo del pecho y las manos llenas de mortero de cal, y me lo saco con el dorso de la muñeca como se hace todo en una obra.
—¿Leo? Soy Danielle Petrossian, de Harbor Title.
—Dime.
—Los compradores quieren adelantar la firma al veinticuatro.
—El veinticuatro es este jueves.
—Es este jueves.
Me siento en un cajón de herramienta.
Lo que ha pasado es esto, y es completamente normal, y le pasa a mucha gente, y es la clase de cosa que no le importa a nadie salvo a los tres que están dentro.
Los compradores tenían el tipo de interés bloqueado hasta el treinta de septiembre. Han vendido su piso antes de lo previsto. Su banco les cambia las condiciones si firman en octubre, y les cambia en peor, y son cuatrocientos y pico al mes durante treinta años.
O sea que quieren el veinticuatro.
—¿Y si decimos que no? —digo.
—Podéis decir que no. Está firmado el uno.
—Danielle.
—Si decís que no, ellos pueden aguantar y firmar el uno, y probablemente lo hagan. —Pausa—. O pueden decidir que con esas condiciones el precio ya no les sale y volver a negociar.
—O sea que no.
—Yo no he dicho eso.
—Ya lo has dicho.
—Yo lo que te digo es que en septiembre no hay compradores, Leo. Y que si estos se caen, tú tienes una casa en el mercado en octubre, con una lona en el tejado que ya no está pero que sale en las fotos de agosto, y con tu madre dentro.
Cuelgo y me quedo sentado en el cajón once minutos.
Once minutos es lo que tardo en hacer la cuenta entera, y la cuenta es esta.
El veinticuatro es jueves. Entregamos la casa vacía y limpia el veinticuatro a las once de la mañana. Hoy es lunes. Son tres días.
En esa casa hay siete armarios, un desván, un sótano y cuarenta y un años. Y desde el uno de septiembre no se ha hecho una sola caja, porque el uno de septiembre mi madre se puso la bata a las once de la mañana y todavía no se la ha quitado del todo.
El veintiséis es sábado y abre el local, y para el veintiséis quedan: el rótulo, la revisión de la instalación, el certificado del extractor y dos días de limpieza, más lo que salga.
Y mi madre, a partir del veinticuatro a las once de la mañana, no tiene dónde dormir.
Voy a Chestnut a la una.
Se lo cuento de pie en la cocina, deprisa, con los números por delante, como se cuentan las cosas cuando llevas once minutos convenciéndote de que hay que decirlas deprisa.
Ella escucha.
—El jueves —dice.
—El jueves a las once.
—Y hoy es lunes.
—Hoy es lunes.
Se queda mirando la mesa.
—¿Y yo dónde voy?
Y ahí es donde yo tengo la respuesta preparada, porque llevo desde las diez y cuarto preparándola, y es la respuesta que yo siempre tengo.
—Te vienes a Marsh conmigo hasta el uno, y del uno al día que sea, a casa de tu hermana en New Bedford, que tiene el cuarto de arriba vacío. La llamo yo esta tarde.
Mi madre levanta la cabeza.
—¿Tú has llamado ya a mi hermana?
—Todavía no.
—Todavía.
—Mamá.
—Es que has dicho «todavía no», filho. Eso quiere decir que ibas.
Nos pasamos la tarde haciendo cajas, ella y yo, sin hablar del asunto.
Empezamos por el desván, lo peor, y por eso hay que hacerlo el primer día.
En el desván hay: dos maletas de las de antes, con esquinas de metal, llenas de cortinas.
Un árbol de Navidad de plástico de mil novecientos noventa y algo, desmontado, en su caja original.
Cuatro cajas de fotos sin ordenar. Y el uniforme del equipo del colegio de mi hermano, de cuando tenía diez años, doblado dentro de una bolsa de plástico con cierre.
Ese lo bajo yo y no lo enseño.
A las tres y media mi madre encuentra un álbum de fotos de su boda y se sienta en el suelo del desván con él, y yo pienso que ahí se acaba la tarde.
Lo mira cuarenta segundos. Lo cierra. Lo mete en la caja seis.
—Vamos —dice.
Me doy cuenta de una cosa: que esta mujer lleva tres semanas sin poder empezar, y que en cuanto ha tenido una fecha se ha puesto.
A las cinco menos veinte, con el desván a medias y con doce cajas nuevas en el recibidor, suena el teléfono de la casa, un fijo de pared con cable que suena tres veces al año.
Lo coge ella.
Habla cuatro minutos. Dice «sí» seis veces, «ay» dos y «eso ya lo veremos» una.
Y cuando cuelga se queda con la mano en el auricular.
—Era la señora Bev —dice.
—¿Bev?
—La de los edificios de Water Street. La del coche grande.
—Ya sé quién es Bev, mamá. ¿Qué quiere?
—Tiene un primero encima de la ferretería. Dos habitaciones, con ascensor no, pero con doce escalones y descansillo. Lleva vacío desde junio. —Se sienta—. Setecientos.
—¿Y cómo sabe Bev que…?
Y me callo, porque ya lo sé.
—Se lo he dicho yo —dice mi madre.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas. Cuando fui al local a llevarle la cinta de la persiana a Alma.
—¿Tú fuiste al local?
—Yo fui al local el martes ocho y estaba esa señora, y me preguntó qué tal, y yo le dije que vendía la casa y que no sabía dónde iba a ir. —Se coloca la bata—. Y ella me dijo que ya me diría algo.
—Mamá, eso me lo tenías que haber dicho.
—¿Por qué?
Y me quedo de pie en esa cocina con un rollo de cinta de embalar en la mano.
—Porque yo estoy llevando esto —digo.
—Ya lo sé que lo estás llevando, Leo. Lo llevas desde octubre. —Y lo dice sin ninguna dureza. Eso es lo que lo hace—. Pero la que no tiene casa el jueves soy yo.
Le digo que setecientos por un primero encima de una ferretería en Water Street es caro para lo que es.
No le digo que lo he calculado en cuatro segundos y que con el remanente de la venta le salen cuarenta y un meses, ni que eso no llega a la operación de rodilla si le meto los setecientos, ni que llevo desde las diez y cuarto de la mañana buscando la manera de que ella no tenga que decidir nada esta semana.
—Yo lo voy a ver mañana —dice.
—Voy contigo.
—Tú mañana tienes el extractor.
—Mamá.
—Que lo veo yo, filho. Que llevo cuarenta y dos años viendo pisos y este es el primero que veo para mí sola.
Se levanta a poner agua sin esperar respuesta, porque la frase que traía ya la ha soltado.
A las ocho de la tarde estoy en Water Street.
Bev está fuera, cerrando el Buick.
—Bev.
—Ya sé lo que me vas a decir.
—¿Setecientos?
—Setecientos con la comunidad pagada y con el termo nuevo, que lo puse en julio, y sin fianza, porque a tu madre yo no le pido fianza.
—Bev.
—Y no me des las gracias, que me pones nerviosa. —Se guarda las llaves—. Yo llevo cuatro meses viendo entrar a esa mujer en mi local con una fuente tapada con papel de aluminio. Un piso vacío es un piso vacío.
—Bev.
—¿Qué.
—Setecientos por ese piso, con el termo nuevo y sin fianza, es doscientos por debajo de lo que vale.
—Ya lo sé lo que vale mi piso, guapo.
—Solo digo que lo sé.
—Pues que lo sepas y te calles. —Y se para en la puerta—. Y otra cosa. Que a mí esa mujer me cae bien y que en esta calle vive gente, no cuentas. Que llevo cuarenta años oyendo a hombres decirme lo que valen mis pisos.
—Yo no…
—Tú eres el peor de todos, que además tienes razón.
Y entra al local delante de mí.
Lo que no dije: que a las diez y cuarto de esta mañana, sentado en un cajón de herramienta, con tres días por delante para vaciar una casa de cuarenta y un años, lo primero que he pensado no ha sido «dónde va a dormir mi madre». Ha sido «cómo se lo digo para que no se preocupe».