Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 35
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La décima noche fue la única en la que no hubo norma.

Se rompió sola la noche anterior, en un pasillo de la cuarta planta, cuando ella me dijo un número de habitación y yo le pedí que no me lo dijera y ya era tarde. Y a la noche siguiente bajamos los dos a las tres y treinta y ocho sabiendo que se podía hablar de todo.

Y no hablamos de nada.

Ella bajó con dos cosas y esta vez me comí la mía sin discutir, que era mi manera de decir lo que no había dicho aún del todo.

—¿Qué es?

—Brioche del jueves.

—Está bueno.

—Está de anteayer.

—Está bueno igual.

Estuvimos veinte minutos con el asunto de la máquina de la izquierda, que aquella semana había pasado de estar rota a estar rota con un cartel, lo cual ella consideraba un empeoramiento moral.

—Es que el cartel es peor —decía—. Sin cartel, es una máquina estropeada. Con cartel, es una máquina que alguien ha visto y ha decidido no arreglar.

—Puede que la arreglen.

—Llevo once meses, Leo.

—Puede que este mes.

—Tú es que eres nuevo.

El cartel decía «FUERA DE SERVICIO» en un folio, con celo en las cuatro esquinas. Y debajo, a boli, alguien había escrito «ya era hora».

—Eso no lo he escrito yo.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando que la letra se parece.

—Esa letra es de imprenta.

—Y la tuya.

—La mía es de repostera. Escribimos así porque escribimos en etiquetas. —Se colocó el vaso—. Y no lo he escrito yo.

—Vale.

—Lo pensé.

A las cuatro y cuarto le dije que tenía que contarle una cosa.

Lo dije así, exactamente así, «tengo que contarte una cosa», la frase con la que empieza todo lo que no se dice de otra manera. Ella dejó el vaso.

—Vale.

Me miró y esperó, con las dos manos en la mesa, sin ayudarme absolutamente nada, que era una de las cuatro o cinco cosas que yo más agradecía de esa mujer.

Yo tenía la frase entera hecha.

La tenía desde el martes. La había construido en la furgoneta, y la había repasado en la ducha, y la había vuelto a repasar a las siete de la tarde en el aparcamiento antes de subir, y era una frase de veintidós palabras que decía lo que había pasado en la sala de la mesa redonda y lo que nos habían pedido que pensáramos.

—Es sobre mi hermano —dije.

—Vale.

—Es sobre lo que…

Y paré.

Paré porque me oí.

Porque llegué a la mitad de la segunda frase y me oí decirla en voz alta en una cafetería, a las cuatro y cuarto de la mañana, delante de una mujer con una sudadera de una panadería, y en el momento en que la oí supe una cosa con toda la claridad del mundo:

que si la decía aquí, ya estaba dicha.

Que mientras estuviera solo en la sala con la mesa redonda y en el pasillo y en la furgoneta, era una cosa que nos habían pedido que pensáramos.

Y que en el momento en que saliera de mi boca en un sitio donde alguien la pudiera oír, iba a ser una cosa que estaba pasando.

Así que no la dije.

Y me quedé cuatro o cinco segundos con la boca abierta como un imbécil, con la frase entera detrás de los dientes, y ella esperando.

Cuatro o cinco segundos son muchos segundos cuando alguien te está mirando.

Así que hice lo que hace la gente en esos cuatro o cinco segundos, que es coger la frase, quitarle lo que pesa y dar lo que queda.

—Es sobre lo que le gustaba —dije.

—…

—A mi hermano. Le gustaba una cosa que no te he contado.

Y le conté una cosa que sí podía contar.

Le conté que a Dani, a los quince, le dio por los sellos.

Que fue un año entero. Que se compró un álbum en una tienda de Front Street con dinero de cortar césped, y que se lo tomó tan en serio que aprendió a decir «filatelia» y lo decía en las comidas.

Que mi padre le pagaba las series a diez dólares para que no dejara de hacerlo.

Y que al año siguiente lo dejó de golpe, sin decir nada, y que el álbum sigue en el segundo cajón de su cuarto con cuarenta y ocho sellos dentro y ciento y pico huecos vacíos.

Le conté que se aprendió los nombres de doce países que ya no existen y que los decía en las comidas para molestar.

Que un día se plantó en la cocina y anunció que iba a especializarse en «África oriental», con esas dos palabras, con quince años, delante de mi madre, que le dijo que muy bien y que si iba a comer.

Le conté que le vendí yo el álbum. Que lo tenía él fichado en el escaparate de Front Street y que costaba treinta y cuatro dólares, y que yo se lo compré con lo mío y le dije que me lo pagara cuando pudiera, y que es la primera vez que ese chaval me debió dinero. Alma me escuchó entero.

Y cuando terminé se quedó un momento callada, y luego dijo:

—Vale.

—Vale.

—¿Eso era lo que me tenías que contar?

—Sí.

—Vale.

No era, y ella lo sabía, y las dos cosas cabían encima de esa mesa sin tocarse.

Y entonces le tocó a ella.

—Yo también tengo una —dijo.

—Dila.

—Es que es larga.

—Tenemos hasta las cinco menos cuarto.

Y ella cogió aire, y se colocó el vaso, y empezó:

—Hace once meses, en noviembre del año pasado, a mi hermana le…

Y paró.

Exactamente en el mismo sitio. En la mitad de la segunda frase.

Yo la vi pararse y vi por qué se paraba, porque acababa de pasarme a mí veinte minutos antes, y entendí que las dos personas que estaban sentadas en aquella mesa habían bajado esa noche con la misma intención y se habían encontrado con la misma puerta.

—Da igual —dijo.

—Alma.

—Que da igual, de verdad. Otro día.

—Vale.

—Es que hoy no.

—Vale.

Nos quedamos hasta las cinco menos cuarto hablando de una serie que ella había vuelto a empezar por la tercera temporada solo para poder decirme que tenía razón.

—Voy por el cuatro.

—¿Y?

—Y no pasa nada.

—Ya te lo dije.

—No, es que no pasa nada de verdad. Llevo cuatro capítulos y lo único que ha pasado es que una señora ha vendido una casa.

—Espera al siete.

—Es que no quiero esperar al siete, Leo. Yo duermo cinco horas.

—Pues no lo veas.

—Es que lo estoy viendo por ti.

Lo dijo así, sin darle ninguna importancia, mirando el vaso, y a mí se me quedó esa frase encima toda la noche.

A las cinco menos veinte, cuando ya estaba recogiendo el cuaderno, dijo:

—Leo.

—Dime.

—Mañana no bajes a las tres y treinta y ocho.

—¿Por qué?

—Porque llevo dos noches viéndote esperar cuarenta minutos y me pone nerviosa. Baja a las tres y cuarenta como la gente.

—Vale.

—Y mañana bajo yo con dos cosas y tú no traes nada.

—Yo nunca traigo nada.

—Ya lo sé, era una broma.

—Ah.

—Ha sido una broma malísima.

—Ha sido regular.

—«Regular» dice el hombre que lleva diez noches sin traer nada.

—Yo traigo el café.

—Tú das un golpe a una máquina.

—Es un golpe muy técnico.

Se colgó la bolsa, y se fue hacia los ascensores, y a mitad de camino se giró.

—Oye.

—Qué.

—Lo que me ibas a decir y no me has dicho.

—…

—No hace falta que me lo digas nunca. Pero si algún día lo dices, dilo entero. Que la mitad es lo peor que hay.

Se metió en el ascensor.

Yo me quedé abajo hasta las cinco y diez.

Y en esos veinticinco minutos hice una cosa que no le he contado a nadie: saqué el móvil, abrí las notas de voz y me quedé mirando la última, la del veintiséis de septiembre, la que estaba en negrita. La tuve delante veinticinco minutos.

No le di.

Subí a las cinco y diez y a las cinco y veinte estaba dormido en la butaca. Es la primera vez en diez días que me dormí sin proponérmelo.