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AHORA · septiembre
El jueves diecisiete llaman a la puerta a las nueve y media de la mañana, que es una hora a la que no viene nadie.
Es un señor de ochenta años con una gorra en la mano.
—Buenos días. ¿Es usted la del horno?
—Soy yo.
—Duarte Almeida.
Y se queda ahí, en la puerta, con la gorra, esperando a que yo entienda. Tardo tres segundos.
—Almeida —digo.
—Almeida.
Lo hago pasar y le pongo café en el único vaso limpio y le acerco la silla plegable, y él se sienta despacio y se queda mirando el fondo.
—Ahí está —dice.
—Ahí está.
—Mi padre lo cerró en el setenta y uno. Yo tenía veintiséis.
—¿Y usted trabajó aquí?
—Yo trabajé aquí desde los once hasta los veinticuatro. —Se pone la gorra en la rodilla—. Y luego me fui a la fábrica de hielo, que pagaban el doble y no había que levantarse.
—¿Y no lo echó de menos?
—Todos los días de mi vida.
Lo dice sin ninguna carga. Como quien dice que llueve.
—¿Y usted cómo se ha enterado? —digo.
—Por mi sobrina, que trabaja en la farmacia de Front. Le dijo el de la ferretería que habían encendido el horno de los Almeida.
—Eso fue el uno de agosto.
—Hace mes y medio, sí.
—¿Y ha tardado mes y medio en venir?
Duarte Almeida se mira las manos.
—Yo he pasado por delante siete veces —dice—. Y hoy he entrado.
No explica nada más, y no hace falta.
Me cuenta lo siguiente, en una hora y veinte minutos, sin que yo le pregunte casi nada.
Que ese horno se carga por la derecha y se barre hacia la izquierda porque el tiro está descentrado. Que eso lo sabía su padre y no lo sabía nadie más, y que si lo cargas al revés se te quema el fondo de la primera fila.
Que la piedra tarda cuatro horas en subir y once en bajar, cosa que yo ya sabía y que él me dice con una exactitud que me hace apuntarlo.
Que hacían dos hornadas de pan y una de bizcochos con el calor residual, siempre en ese orden, y que la de bizcochos era la de su madre y era la que daba el dinero.
Que en el treinta y ocho hubo un incendio en el conducto y por eso está la mancha del rincón. Que su abuelo apagó ese incendio con arena.
Y que en la pared de la izquierda, debajo del azulejo, hay una fecha grabada en el revoco.
—¿Una fecha?
—Del veintiuno. La grabó mi abuelo cuando encendieron. Está a la altura de la rodilla, a un metro de la esquina. La taparon en el cincuenta cuando pusieron el azulejo nuevo.
Yo me quedo mirando una pared que llevo cinco meses viendo todos los días.
Se va a las once menos cuarto.
En la puerta se pone la gorra.
—¿Y usted qué va a hacer aquí?
—Repostería. Bollería fina, tartas por encargo, y pan los sábados si el horno me deja.
—Los sábados.
—Los sábados.
Se queda un momento.
—Mi madre hacía los sábados —dice—. Toda la calle olía.
—¿Y qué hacía?
—Bolos de arroz. Y un pan de maíz muy denso, en molde alto, que en casa lo llamábamos el ladrillo. —Se ajusta la gorra—. Con cariño, ¿eh. Le decíamos el ladrillo con cariño.
Yo me quedo con la mano en el picaporte de mi propia puerta.
—¿En molde alto?
—En molde alto.
Se va.
A las once y media hago dos cosas.
La primera es picar el azulejo de la pared izquierda, a la altura de la rodilla, a un metro de la esquina, con un cincel prestado y muchísimo cuidado.
Tardo cuarenta minutos y rompo tres azulejos, y a los cuarenta minutos ahí está: raspado en el revoco con un clavo, con letra de alguien que aprendió a escribir en otro sitio.
1921
Debajo, más pequeño, una A.
La segunda cosa que hago es coger el móvil para llamar a mi hermana. Y no la llamo.
Llamo a Rosa.
Se lo cuento todo: el señor, la gorra, el tiro descentrado, la fecha en el revoco. Y ella me escucha entera y al final dice:
—Duarte Almeida está viudo.
—Rosa.
—Es un dato.
—Rosa, tiene ochenta años.
—Y yo sesenta y uno, hija, no te confundas, que yo lo decía por decir.
Y se ríe, y es la primera vez que la oigo reírse desde el treinta de agosto.
Por la tarde hay reunión de la calle.
Eso también es nuevo. Water Street tiene once locales abiertos y una asociación que se reúne cuatro veces al año en la trastienda de la ferretería, y a mí me han metido en el grupo de mensajes en agosto y no había ido nunca.
Voy.
Somos nueve. Está Bev, que no es comerciante pero es propietaria de cuatro edificios y por lo tanto habla más que nadie.
Está el de la ferretería. Está una mujer que tiene una tienda de material náutico y que resulta ser la madre del chico de la gasolinera de la salida catorce, cosa que descubro por casualidad y que me hace mucha gracia por motivos que no puedo explicar a nadie de esa habitación.
Se discute lo siguiente: el mercado de otoño del veintiséis, los conos de la obra del ayuntamiento, y si se pone luz o no se pone luz.
Yo digo dos cosas en dos horas.
La primera es que yo abro ese sábado.
Ocho personas se giran y una dice «¿el veintiséis?», y yo digo que sí, y el de la ferretería dice «pues ya era hora, que ese local lleva dos años cerrado», y Bev dice «tres», y se ponen a discutir.
Y nadie me pregunta nada más.
La segunda cosa que digo es a las siete y media, cuando ya se está acabando, y es que si alguien necesita algo del horno para el mercado que me lo diga esta semana.
Y a las nueve de la noche tengo tres encargos.
Tres encargos es una cosa que hay que entender bien. No es dinero. Ciento veinte piezas para la caseta de la asociación son ciento treinta dólares de género y dos horas y media de trabajo, y la tarta de la nieta son cuarenta y cinco.
Lo que son tres encargos es que hay tres personas de esta calle que han decidido, un jueves de septiembre, que van a contar conmigo antes de haberme probado nada.
Ciento veinte piezas para la caseta de la asociación. Una tarta de cumpleaños para la nieta del de la ferretería, que es el cuatro de octubre. Y la madre del chico de la gasolinera me pregunta si hago pan de maíz, y yo le digo que sí.
Y digo que sí sin pensarlo.
A los diez segundos me doy cuenta de dos cosas a la vez.
La primera es que acabo de decir que sí al bizcocho de la suegra de Rosa Ferreira convertido en producto, y que eso hay que hablarlo con ella antes, y que no es una formalidad: es que esa receta la tuvo once años una mujer que se murió en el noventa y ocho y luego once años más una mujer que sigue viva.
La segunda es que Duarte Almeida me ha dicho esta mañana que su madre hacía un pan de maíz denso en molde alto que en su casa llamaban el ladrillo.
Y que esta calle es muy corta.
Lo apunto todo.
Vuelvo al local a las nueve y media y no hay nadie, porque los jueves Leo está en Chestnut haciendo cajas.
Me siento en el suelo, en mi sitio de siempre, con el hormigón frío por debajo.
Once locales. Nueve personas en una trastienda. Un señor de ochenta años con una gorra. Una fecha de mil novecientos veintiuno debajo de un azulejo. Tres encargos.
Y cojo el móvil por tercera vez hoy para llamar a mi hermana y decírselo, porque llevo diez años contándole a mi hermana absolutamente todo lo que me pasa a la hora que me pasa.
Son las nueve y treinta y ocho de un jueves.
Julia estará cenando o estará en clase o estará con Fen, que no sé quién es.
No la llamo.
Le mando una foto de la fecha en el revoco y escribo: «1921.»
Y me guardo el resto para el domingo.
21:38.